Reflexiones después del Bicentenario

Es lo que hay

Norberto M. Velasco

En el año del Bicentenario de la Revolución de Mayo nos sentimos tentados a hacer reflexiones con contenido histórico cualitativo y cuantitativo, comparativas, apegados como estamos a las estadísticas y sus índices. Está bien que se hagan porque de los hechos históricos se aprende cuanto menos a no repetir los errores y sería de gran utilidad comparar valores de institucionalidad, datos económicos, el panorama de las relaciones internacionales, deuda interna y externa y muchos otros ítems que hacen a establecer los parámetros de partida en un país naciente. Pero estas líneas no proponen resaltar lo que fuera toda una gesta llena de audacia, más allá de desprolijidades y traiciones que conllevan los confusos hechos tumultuosos y que se dio entre nosotros en forma parecida a otras tantas revoluciones de la época. La propuesta es un ejercicio de imaginación preguntándonos si los diálogos de los habitantes de aquellos días con noticias, rumores y seguramente chismes, incluían alguna frase hecha, representativa de las modas de la época o con alguna connotación social o política. No lo sabemos al menos por los datos disponibles. Nosotros, en cambio, a doscientos años vista, tenemos una que, preferida y escuchada como muletilla en toda conversación, merece nuestra consideración: “es lo que hay”.

La expresión pareciera precisar los límites de lo disponible en términos de recursos humanos y también una salida para aceptar sin objeciones importantes la primer oferta, que no es necesariamente la mejor.

Particularmente me resulta una afirmación hueca, inconsistente, que pretende eludir la búsqueda de lo calificado justificando en cambio la ausencia de valores éticos, capacidades intelectuales, científicas o artísticas, compromiso con la realidad u otra virtud que haga que las personas sean apreciadas y merezcan algún afecto o aún mejor, el reconocimiento del resto de la sociedad en que nos hallamos inmersos.

Resulta entonces que con cuatro palabras se pasa el rasero con el objeto de igualarnos en ese modo que daría plena razón al texto de Discépolo “todo es igual nada es mejor”. Ahora bien, además de una frase hecha, es una confesión de parte, de meridiana mediocridad, que desalienta todo intento de mejora o aumento de calidad y nos suma a la actualmente difundida tendencia a igualar hacia abajo. “Es lo que hay”, no puede empujarnos a una aceptación, cuando lo que hay es pobre y descolorido o tan limitado que solo sirve para hacer bulto o número, inútil para salir de la coyuntura cualquiera sea ésta, que no es ejemplo de nada para nadie.

“Es lo que hay” es la expresión de la resignación, del conformismo, de la falta de metas, el camino seguro para alejarnos de la excelencia. Es una sentencia que inmoviliza, que retrasa y nos lleva a esterilizar las mejores intenciones.

Podríamos seguramente emparentar la frase con aquellas de “hacer la plancha” o “no te metás” o “mejor mirar para otro lado” y tantas otras que usamos y actuamos, que seguramente tranquilizan pero simultáneamente suspenden todo intento de mejorar, superarse, luchar por ideales o embarcarse en utopías.

“Es lo que hay”, simboliza una instantánea de la sociedad argentina actual, donde hay muchas faltas y pocas sobras, muchas ausencias y pocas presencias en todos los ámbitos, ya que salvo la excepción, no hay liderazgos creíbles en la clase dirigente, sea éste del campo que se elija: de la política o de la educación o de la Iglesia o de la Justicia o del quehacer económico y para abarcar un poco más, ni siquiera en el deporte.

Por lo tanto, si la mejor cura para todo tipo de enfermedad es la voluntad del enfermo de curarse, casi tan efectivo como el remedio mismo, terminemos con esto de que “es lo que hay”. Si lo que hay es regular o malo, digámosle que no nos sirve. Si cualquier representante de la política, la religión o la empresa es corrupto, debemos rechazarlo y reemplazarlo por buenos y mejores, que afirmamos, están entre nosotros. Hay que buscarlos y esforzarnos por encontrarlos y convencerlo que hay que arremangarse y poner el hombro. La tarea es renovar los actuales productos del mercado de “es lo que hay”. Llevará su tiempo. Si empezamos ya mismo es de esperar que rápidamente empiecen a cambiar y con ellas la salud de la sociedad.

Comencemos los que estamos convencidos que así se empieza.

Además, porque “es lo que hay”.