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Opinión
Edición del Viernes 28 de mayo de 2010

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“Breviario de los vencidos”

El pesimismo y amargura apocalíptica de Emil Cioran (Rumania, 1911- París, 1995) suele ser objeto de ironías, desde la idiotez de retrucarle: “si tan mal la pasaba en la vida, ¿por qué no se mató, y en cambio siguió vivito y coleando hasta una buena vejez, y famoso además, en París?”, hasta la malignidad de definirlo “cortesano del vacío”.

Su obra nihilista es tan radical y honda que no pocas veces roza el sarcasmo. Él mismo, por otro lado, parece haber sido una persona que apreciaba la alegría. En algún reportaje confesaba que ocultaba sus estados de ánimo tras un comportamiento histriónico, disimulando ser un esclavo de los nervios e “ir a cenar en un estado de desesperación absoluta y contar historias frívolas sin interrupción”. Como Kierkegaard, que contaba que al regresar a su casa después de haber hecho reír a todo el mundo en una fiesta, sentía ganas de suicidarse.

Escrito entre 1940 y 1946 en París, y último de los libros que Cioran escribió en rumano, “Breviario de los vencidos” es una síntesis de su desesperada filosofía. “El yo es un promontorio en la nada que sueña con un espectáculo de realidad... Ninguna llave te abrirá las puertas del paraíso. La infelicidad es la vestal que vigila el fuego inextinguible de tu desgracia. Entiérrate vivo en él, cava tu fosa en su llama más profunda porque ninguna ilusión bajo el cielo te volverá igual a tu destino. El amor te hundirá más en él, el amor, desastre supremo de la predestinación”

Para Cioran, la religión no alcanza a rescatarnos de la pesadumbre: “Demasiado hemos tendido las manos suplicantes a un cielo ausente”. En nuestro valle de lágrimas, ni siquiera la solidaridad puede constituir un bastión: “Imposible asistir más de un cuarto de hora sin impaciencia a la desesperación de alguien”. Tampoco ninguna suerte de hedonismo puede ser un ancla de salvación: “El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida”. Sólo el arte y el esteticismo parecen otorgar una caricia en el tormento de vivir: “La crueldad es inmoral para los contemporáneos; como pasado, se transforma en espectáculo, al igual que el dolor encerrado en un soneto. Sólo el instante es divino, infinito, irremediable. El instante que uno está viviendo... Si no hubiese tenido a mi alcance el largo del Concierto para dos violines de Bach, ¿cuántas veces no habría terminado? A él le debo el ser todavía”. Publicó Tusquets.

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