Retornaron a su escuela los casi 500 chicos de la primaria Nº 95 de Alto Verde

Los alumnos costeros y la

alegría de volver a empezar

Luego de una larga y traumática relocalización en otras instituciones urbanas, ya se concretó la mudanza del mobiliario y los chicos volvieron a ocupar sus bancos. Expresiones de felicidad en toda la comunidad educativa.

Los alumnos costeros y la alegría de volver a empezar

Juegos y sonrisas. Los chicos de la Escuela Nº 95 de Alto Verde retornaron finalmente a su escuela, luego de haber estado relocalizados desde marzo en otras instituciones de la ciudad.

Foto: Guillermo Di Salvatore

 

De la redacción de El Litoral

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La neblina de esta mañana hacía parecer a la Setúbal el estanque tenebroso de alguna película gótica. Hubo que cruzar el Puente Colgante a velocidad lenta, pues la densa cortina gris dejaba ver apenas unos pocos metros hacia adelante. Ya bordeando el canal por Alto Verde, los minibasurales y las siluetas borrosas de las ranchadas tamizaban la realidad del distrito costero: ni siquiera semejante neblina puede disimular tanta pobreza. Un perro se cruza delante del automóvil; el chofer se queja, pero no desatiende a la radio que dispara sin cesar noticias mundialistas.

Un poco más allá, al final de un estrecho camino de tierra, se alcanza a ver la Escuela Primaria Nº 95 Simón de Iriondo. El sentimiento de alegría había desbordado a toda la comunidad educativa. Hoy allí no importaba ni el frío, ni la neblina, ni esa finísima y molesta llovizna que empezaba a caer, ni siquiera la pobreza: los alumnos retornaron finalmente a su escuela de procedencia, luego de haber estado “exiliados” desde marzo en otras escuelas urbanas que los alojaron provisoriamente.

La relocalización había sido determinada como medida “preventiva” desde principios de año: informes técnicos e hidrológicos indicaban un peligro latente de socavones en esa área, y el edificio escolar, que se encuentra al borde de las defensas, estaba dentro de la zona el riesgo. Los chicos eran trasladados en colectivos todos los días, algunos hacia la Escuela Nº 884 Ignacio Rodríguez, y otros a la Escuela Avellaneda, ambas ubicadas en el ejido urbano.

Pero lo complejo de la situación convirtió al traslado en una suerte de destierro: los chicos padecieron el desarraigo, y su idiosincrasia costera se vio afectada al llegar a las escuelas urbanas que los recibían a diario. Después del reiterado reclamo de los padres y de un estudio que despejó riesgos latentes, el viernes pasado se conoció la resolución interministerial que dispuso que los chicos podían volver.

De regreso

Hoy no faltó casi nadie a la escuela. Las aulas estaban colmadas de niños, los docentes con una sonrisa de oreja a oreja, y la directora (que había preferido el silencio a los medios durante todo el proceso de relocalización) hoy quiso hablar: “Estamos muy contentos. Gracias a Dios la situación se normalizó”, dijo a El Litoral Silvia Suárez.

La mudanza del mobiliario se concluyó y hoy los escolares ya estaban acomodados en sus aulas: “¿Están contentos de volver?”, preguntó a viva voz Viviana, una maestra del 2º grado. “¡Sí!”, gritaron al unísono los niños. “Nos recibieron bien en la otras escuelas pero todo lo que necesitábamos era retornar. Hoy somos felices”, añadió Nieves Mirco, otra docente del 3º grado.

Para la directora, el traslado “fue traumático para todos, no sólo para los chicos, sino también para los docentes. El hecho de no estar en nuestro espacio propio era difícil, si bien fue muy bueno el trato que recibimos en las otras”, afirmó. Los chicos expresaron con sus palabras en los cuadernitos escolares la alegría del regreso final. Ese testimonio de borrones y manuscritas desprolijas era el reflejo más cabal, sincero y emotivo de la alegría de volver. Y de volver a empezar.