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Opinión
Edición del Miércoles 23 de junio de 2010

Opinión / La masacre de Ezeiza

La masacre de Ezeiza

Rogelio Alaniz

En los tiempos de la lucha por el retorno de Perón, los adversarios del movimiento decían que Perón nunca se animaría a volver porque no sabría qué hacer con las fuerzas que él mismo había desatado. Lanusse fue quien expresó con más dureza esta posición, cuando dijo en un discurso público que Perón no volvía porque no le daba el cuero. En realidad, Perón trabajó por su retorno. Lo hizo con talento, picardía y una dosis importante de inescrupulosidad. Si en 1945 llegó al poder apoyándose en las estructuras del Estado, en 1973 lo reconquistó movilizando a la sociedad y muy en particular a la juventud. Su teoría del movimiento nacional le permitía alentar el socialismo y la lucha armada sin que ello le significara entrar en conflicto con conservadores, fascistas y moderados, todos convocados bajo la consigna de la conducción estratégica y el liderazgo infalible.

Perón practicaba la ambigüedad deliberada. Justificaba con un toque de humor y cinismo las relaciones políticas más contradictorias y dejaba los problemas de fondo para más adelante. Sus habilidades magistrales de táctico funcionaron en relación inversa a sus condiciones de estratega. Perón demostró un talento excepcional para conquistar el poder, pero sus aptitudes de estratega fueron modestas, no sólo porque no supo muy bien qué hacer con las fuerzas que había desatado, sino porque la Argentina que encontró en 1973 tenía poco y nada que ver con la que había abandonado en 1955.

Algunos suponían que Perón nunca regresaría, que la biología haría su tarea antes del ansiado retorno. Esta especulación la alentaban los antiperonistas, pero también muchos dirigentes peronistas que ya habían conquistado posiciones con el jefe en el exilio y a los que su retorno sólo podía ocasionarles problemas.

Alguna vez habrá que estudiar con más detenimiento qué pensaban los peronistas sobre Perón, porque sería una ingenuidad suponer que sus dirigentes eran una manada de ingenuos, incapaces de pensar por cuenta propia . En principio, sabemos lo que Perón pensaba del peronismo y el lugar que le correspondía a él. Se dice que Perón manipulaba a sus seguidores, que a cada uno le decía lo que quería escuchar, que guiñaba a la izquierda y doblaba a la derecha; se habla de su táctica pendular, de sus dotes de artista para construir el poder. Hasta se hacían chistes acerca de sus contradicciones, porque mientras estaba en el exilio los peronistas suponían que bajo la sombra benefactora del líder había lugar para todos.

Hoy se sabe que esto era así, pero no tanto. Vandor, el dirigente que llegó a inventar el peronismo sin Perón, no fue el único que se valía de la popularidad del jefe para construir su propio poder político. En diferentes condiciones otros dirigentes jugaban su propio juego en nombre de Perón. ¿Eran traidores, infiltrados? No, no lo eran. Hacían en su espacio de poder exactamente como les había enseñado su jefe. Las tácticas tortuosas, la manipulación, decir una cosa y hacer otra, son gajes del oficio político en todas las circunstancias, pero que en la Argentina de aquellos años, Perón y los peronistas lo practicaron de manera descarnada.

En los movimientos populistas con liderazgos carismáticos, los dirigentes suelen hacer su propio juego valiéndose de las deliberadas ambigüedades del caudillo y de las contradicciones inevitables de esos movimientos de masas. Sinceros o no, cada uno cree interpretar al “conductor”, cada uno le asigna posiciones que coinciden con sus intereses locales o sectoriales. Para los dirigentes de la Juventud Peronista, el peronismo era una revolución socialista inconclusa y Perón el jefe popular de esa experiencia. Según su punto de vista, Perón siempre haría lo que el pueblo le impusiera. Ellos por supuesto se consideraban la encarnación de ese pueblo. Él mismo les había hablado del socialismo nacional como objetivo y de la guerra revolucionaria como método para conquistarlo. No ignoraban las “agachadas” del jefe; los más despiertos suponían que podían llegar a condicionarlo e imponerle sus propios puntos de vista; especulaban también con su edad y con la posibilidad cierta de heredarlo. Seguramente lo querían, lo respetaban, pero políticamente pretendían valerse de su influencia en las masas para construir su propio proyecto de poder

¿Quién era el Perón verdadero? ¿El que hablaba de Mao Tsé Tung y decía que si fuera joven también sería guerrillero? ¿El que sostenía a dirigentes sindicales millonarios y corruptos? ¿El que conversaba con Balbín y sostenía que para un argentino no había nada mejor que otro argentino? ¿El que le otorgaba posiciones decisivas de poder a López Rega? ¿El jefe de las Tres A? ¿El burgués nacional que respaldaba a Gelbard en un proyecto conectado con los negocios con la URSS y Cuba? ¿El que mantenía relaciones secretas con la logia P2 y las letrinas del capitalismo mafioso? ¿El que decía que su heredero era el pueblo, pero su sucesor verdadero era una mujer sometida a la voluntad de López Rega?

Imposible responder a estos interrogantes. Como dirían los existencialistas: Perón es un misterio porque toda existencia en definitiva lo es. Lo seguro es que nunca fue marxista y mucho menos socialista. Que expresó a su manera una versión del capitalismo nacional sostenido por un formidable movimiento de masas y una voraz vocación de poder. ¿Perón creía en lo que decía? Perón creía en él mismo y en una manera de concebir la política. Básicamente creía en el poder y -como él mismo lo dijera- su modelo político se inspiró en aquello que vio en Italia cuando la visitó en tiempos de Mussolini. Entonces, ¿era fascista? Más o menos. Perón crea el peronismo atendiendo experiencias nacionales propias. El peronismo abreva en las tradiciones conservadoras, yrigoyenistas, sindicalistas y militares. No es una copia, es una creación, pero esa creación tiene un marco cultural fascista del que el propio Perón nunca renegó.

Todas estas ambigüedades, comenzaron a resolverse el 20 de junio de 1973 en Ezeiza, el mismo día que Perón retornaba a la Argentina para quedarse. Cámpora había llegado al poder veinticinco días antes. Por entonces, las movilizaciones de masas eran encuadradas por FAR y Montoneros. El 25 de Mayo Allende y Dorticós habían sido los invitados de honor a la fiesta, mientras que el dictador Bordaberry y el enviado norteamericano quedaron afuera.

Enseguida se hicieron visibles las contradicciones con los dirigentes sindicales y los peronistas ortodoxos. En algunos casos se resolvieron ocupando edificios públicos para ganar posiciones dentro del Estado; en otros casos, a tiros. Como dijera un teórico de izquierda en la revista Pasado y presente, la lucha de clases se trasladó al interior del peronismo. Fue la antesala de la tragedia.

Las consignas prometiendo el exterminio a los traidores o a los infiltrados fueron haciéndose cada vez más duras. Después de haberse preparado en un clima donde las armas eran el criterio de verdad, sus portadores creyeron que había llegado el momento de usarlas. FAR y Montoneros movilizaban multitudes, pero los sindicalistas y los ortodoxos movilizaban “fierros”.

El 20 de junio de 1973 todas estas contradicciones estallaron públicamente. La brutalidad del desenlace sorprendió a muchos, pero los primeros sorprendidos curiosamente fueron los Montoneros. Cada sector asistió a la cita con lo que consideraba lo más valioso. Los “zurdos” con las multitudes, los “ fachos” con las armas. ¿Esto quiere decir que Montoneros eran chicos idealistas y vegetarianos? Nada de eso. Pero paradójicamente, el día que -atendiendo a su lógica- deberían haber ido preparados con las armas, no lo hicieron; cuando quisieron recurrir a ellas ya era tarde. Ni los fachos ni Perón les perdonaron haber dado tantas ventajas.

Se dice que el número de muertos nunca pudo conocerse. Se habla de un mínimo de trece y de un máximo de cien. Lo seguro es que en Ezeiza se terminó de incubar el huevo de la serpiente. Allí nacieron las Tres A y los grupos de tareas. También la decisión de matar al disidente. Osinde, Norma Kennedy y Brito Lima anticipaban a Astiz, Camps y Etchecolatz. Firmenich se anticipaba a sí mismo

Los peronistas de izquierda atribuyen a la derecha y al imperialismo la masacre. Una vez más se equivocan. Los masacradores eran peronistas. Lo habían sido antes y lo fueron después. Almirón y Morales, los futuros jefes de las Tres A , eran mercenarios, asesinos, pero también peronistas, y al parecer no encontraban demasiadas contradicciones entre una tarea y la otra.

La masacre de Ezeiza

La gente festejaba la llegada del viejo caudillo. La pelea por el poder entre facciones peronistas convirtió al acto en un baño de sangre.

Foto: DyN



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