“Estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia”
Con la angustia a flor de piel
“Estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia”
Con la angustia a flor de piel

Cinco mujeres en la dolorosa espera de un hermano que vuelve para morir. Se puede apreciar los viernes en la Sala Marechal. Foto: Flavio Raina
Roberto Schneider
Cinco mujeres, integrantes de una misma familia, esperan la llegada de un hermano que debe volver. Se dicen cosas, se cuchichean palabras de consuelo, de dolor y de esperanza. Cada una expresa un monólogo y por momentos se interrelacionan, en un espacio vacío. Así transcurren los primeros minutos de “Estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia”, la obra de Jean Luc Lagarce estrenada por Teatro Taller en la Sala Marechal del Teatro Municipal. A poco de iniciado el espectáculo, el lugar de encuentro refuerza su ambigüedad, al punto de que el mismo espacio podría funcionar como la sala de una casa de campo o un departamento. En esa primera escena no hay ningún subrayado que anticipe que la situación irá, poco después, a desmadrarse hacia el dolor: habrá discusiones (nunca elevadas de tono), antiguos resquemores, alianzas estratégicas y hasta declaraciones inesperadas.
La pieza de Lagarce permite acercarse a un mundo en el que están presentes los más variados cambios de estados de ánimo a partir de una circunstancia signada por el dolor. Estas mujeres no tienen nombre -son La Mayor, La Madre, La Más Vieja, La Segunda y La Más Joven- y así adquieren una potencia singular. En la mirada del autor son una representación hecha mujer de un mal que la sociedad contemporánea alimenta sobre la base del consumismo y de una insatisfacción material que facilita la involución de la especie. Se articula un fuerte paisaje de la frustración, la muerte y el paso del tiempo; una parábola singular sobre esas realidades indefinibles que el ser humano puede descubrir a través del negro y el blanco, de la tristeza o la alegría o una ineludible desesperación.
La dirección de Julio Beltzer es contundente, descarnada, golpea con fuerza y hace que la angustia y la incoherente realidad que transitan esas mujeres encuentren en la palabra un elocuente grado de expresividad, porque además plantea el comportamiento de esas mujeres frente a una rutina diaria que no lleva a ningún lado, mientras esperan la llegada de ese hermano que viene a morir. Como en un círculo, los personajes desarrollan una serie de actos muy cotidianos que son realizados con apatía y desinterés y, por momentos, con rigurosa minuciosidad. El resultado es similar porque giran hacia el punto de partida. Es un levantarse y acostarse entre un lapso de vacío existencial y la repetición, con la palabra como protagonista, adquiere vuelo. El espectáculo, de un marcado y bienvenido tono ascético, es asfixiante. Porque aparece con nitidez la idea del ser humano condicionado por la fuerza de un dolor irreversible. Cada una de esas mujeres se enfrenta a interrogantes que no pueden resolver aunque la solución parece estar ahí nomás, al alcance de la mano. De tal modo, la espera se torna paso a paso dramática y lo que le sucede resulta patético.
Beltzer destaca cómo el otro tema es el paso del tiempo y las consecuencias que le acarrea a estas mujeres con el deterioro físico, la pérdida de las ilusiones, la proximidad de la muerte. Dirige a sus actrices con la necesaria mesura y obtiene excelentes resultados. Marcela Cataldo, Adriana Rodríguez, Martha Ottolina, Marcela Scarafía y Patricia Leguizamón aciertan en la composición de sus personajes. Cada una de ellas se luce entregando cuerpo y voz a una propuesta que se basa esencialmente en las actuaciones. El diseño de luces de Mario Pascullo y el vestuario y maquillaje de Soledad Maglier acentúan los caracteres de esas criaturas de algún modo detenidas en el tiempo, asustadas por el riesgo y el miedo. Los polos opuestos que habitan en todo ser humano. Pero que pueden juntarse y el primero desterrar al otro. O no. La totalidad es una mirada crítica e irónica sobre las relaciones humanas y los valores de conducta de la sociedad actual, tan demoledora. El texto eleva a principios la inseguridad, los filos y las aristas con las que el ser humano puede golpearse y abrir viejas pústulas de las que también brota, de algún modo, lo reprimido. Insistimos, teatro de texto, con la palabra como protagonista, con situaciones donde lo no dicho tiene tanto peso como aquello que se hace explícito.