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“Historias de inmigración”

Ante el espectáculo de la emigración de nuestros jóvenes que desde hace ya muchas décadas persiste, recurre la pregunta de “¿por qué pasamos, con menos de un siglo de diferencia, de ser un país de inmigrantes a ser un país de emigrantes?... ¿Dónde están la libertad, la justicia, el trabajo, la solidaridad, las oportunidades, el respeto que nuestro país brindó a la inmigración?... ¿Qué pasó con este maravilloso país? ¿Por qué se perdieron los valores de la Argentina criolla y de la Argentina inmigrante?”. También Lucía Gálvez se hace estas preguntas al terminar sus “Historias de inmigración”, una serie de testimonios de pasión, amor y arraigo de extranjeros en tierra argentina.

“La demagogia presente desde hace muchos años en nuestro país hizo creer al pueblo que éramos ricos y que todos los argentinos tenían derecho a “su parte’, aun con poco esfuerzo. Con el tiempo y el mal ejemplo de algunos dirigentes, muchos llegaron a la cínica conclusión de que “la plata no se hace trabajando’”.

Gálvez nos recuerda que en 1914 más de la mitad de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires no eran argentinos, haciendo la salvedad de que nueve de cada diez extranjeros se radicaron en la región pampeana, y el sesenta y dos por ciento de éstos, en la capital federal o en la provincia de Buenos Aires. “La influencia de la inmigración se dejó ver a través de colectividades, algunas de ellas muy numerosas y prósperas, como las de los piamonteses y suizos en Santa Fe, o las de los judíos, saboyanos y alemanes del Volga en Entre Ríos, los galeses establecidos en Chubut, los estancieros ingleses y escoceses en Santa Cruz, los viñateros italianos en Mendoza, los ganaderos vascos e irlandeses en la provincia de Buenos Aires, los colonos alemanes e italianos en el Chaco, los suizos, polacos y alemanes en Misiones y, más adelante, los intelectuales españoles en la capital federal”.

En su libro, ahora en edición corregida y aumentada, Lucía Gálvez reúne una serie de historias narradas por los propios protagonistas, sus hijos o sus nietos, que ilustran aquel fenómeno que determinó el devenir, el progreso y el carácter de nuestro país. A través de historias particulares (familias como los Di Tella, Massuh, Clementi, Bessone, y tantas otras) recorremos la temprana y próspera inmigración irlandesa; los galeses en busca de la Tierra Prometida; el pionero escocés que estuvo en Malvinas y Santa Cruz; los “gauchos judíos”; los pioneros de la Patagonia... Historias conmovedoras, ejemplares, dramáticas, increíbles.

“Algo tendremos que cambiar si deseamos una Argentina semejante a la que tuvimos hace cien años, pero con más equidad. Ya Echeverría, en El dogma socialista, veía la necesidad de lograr una reforma radical en nuestras costumbres, pensando que “tal será la obra de la educación y de las leyes”.

Pero esta educación, como bien lo decía Alberdi en Las bases, debía tener en cuenta a la familia, primera célula de la sociedad: “Pensar en educación sin proteger la formación de familias, es esperar ricas cosechas de un suelo sin abono ni preparación”. Comencemos ya a preparar el suelo por medio de la educación y la justicia. Lo demás vendrá por añadidura”. Publicó Aguilar.

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