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El Centenario de la patria fue más sentido, más fervoroso, más elocuente y más constructivo que este Bicentenario que nos involucra en este 2010. Tal es la primera apreciación que podemos inferir de la lectura de “Biografía no autorizada de 1910”, de Daniel Balmaceda.
Se renovaron las aceras porteñas y la iluminación le valió al intendente Manuel Güiraldes el mote de “intendente de las luces” dado el despliegue de foquitos con que se celebraron las fiestas, tanto que un viajero europeo sentenció: “Buenos Aires es sin duda la ciudad más derrochadora de luz”.
Celosos de que los festejos se centraran en Buenos Aires, que recibiría además los magníficos monumentos costeados por los inmigrantes de cada nación extranjera (el Monumento a Colón, que obsequió la comunidad italiana; la Torre de los Ingleses, ofrecida por los residentes británicos; el monumento “Francia a la Argentina”; el de O’Higgins, regalo de Chile; la fuente “La riqueza agrícola argentina”, de Alemania; el de los españoles, “Monumento a la Carta Magna y las cuatro regiones argentinas”, entre otros), el interior también se abocó a crear sus propuestas. En Rosario, por ejemplo, se unieron vecinos y decidieron donar un hospital a la ciudad.
Edificios públicos, transformaciones de las ciudades, creaciones de universidades, la lista de novedades que trajo aparejada la celebración del Centenario es enorme. Balmaceda nos lleva a aquel 1910 para contarnos cómo fue el nacimiento de los taxímetros, las ambulancias, los molinetes y hasta de un aparato para establecer si un determinado amor sería correspondido. Publicó Sudamericana.
“Biografía no autorizada de 1910”