Artes Visuales

“Bestezuelas: fauna fantástica de pequeño origen”

Domingo Sahda

Una inhabitual proposición plástico-artística se dio a la luz cuando fue abierta a consideración del público la exposición que el título designa en el Centro Experimental del Color, Rivadavia 2898, ciudad de Santa Fe.

Se trata en este caso de un emprendimiento desarrollado en dos instancias diferenciadas, que contó con la curaduría de las profesoras Silvia Debona y Carina Budassi, que nació y se desarrolló en y desde el Departamento de Expresión Estética Infantil del Liceo Municipal, vinculando trabajos plásticos de niños de este espacio con artistas visuales del medio santafesino.

Las pinturas realizadas por alumnos del departamento citado fueron tomadas por artistas plásticos santafesinos, quienes reinterpretaron y desarrollaron las imágenes originales, aportándoles el ángulo subjetivo y operacional de cada quien que se sintió movilizado por este emprendimiento.

A primer recorrido emerge una cuestión esencial que nos remite hacia una inicial duda movilizadora: ¿Quién es en este caso el creador? ¿Es la reinterpretación de una obra original o, por el contrario, aparece en principio de subsidiariedad de la imagen tenida como dato inicial. La cuestión así planteada conlleva los riesgos y comporta desafíos que pueden holgadamente centrarse en la idea de usar en propio beneficio el trabajo de terceros para montar un discurso propio o, por el contrario, tomar como idea matriz un texto visual ajeno recreándolo desde una óptica de subjetiva particularidad.

En esta proposición el camino nos conduce a imaginar la creación de un vínculo de correspondencia que pone, sesgadamente a prueba, la calidad perceptiva y creativa de cada quien que tome y a partir de ello rehaga... También vale la pena tener en cuenta que durante mucho tiempo flotó en el espacio conceptual del arte visual el concepto de la libertad creadora de carácter impoluto, de la no sujeción alternativa a esquemas alternos, el principio de individualidad exacerbada de la expresión artística, que tantas veces condujo a delirios visuales autojustificados e insostenibles en el tiempo. El rechazo al llamado “trabajo por encargo” siempre ha sido y consiste hoy en un desafío mayor, en tanto requiere un atinado sentido de percepción y alcance del cometido impuesto del que debe surgir una obra original y de valor plástico incuestionable.

Los niveles de creación transportados desde una imagen inicial, la del creador prístino no autoasumido en tal condición, sino tan sólo productor de un hecho plástico que le produce gratificación y felicidad en su momento de concretización, y que deviene en manos de otro creador en obra repensada, construida y posteriormente expuesta en ámbito propicio, produce un circuito de ponderaciones y realizaciones diversas, es proclive a discusiones conceptuales que nos remiten a discusiones referidas al lenguaje artístico, su validación y su presencia en el entramado social.

Se produce al mirar los trabajos expuestos un cotejo que difícilmente puede soslayarse, en tanto pone en juego la tensión poética de cada autor adulto al mediar su capacidad de traslación, interpretación y reelaboración de una obra pensada como imagen plena y definitiva, para más luego convertirla en alternativa que une dos personas en similar cometido plástico.

En esta conjugación se presentan distintos niveles cualitativos de los cuales son responsables los expositores que muestran en resultado de su lectura su captación del imaginario propuesto por los niños.

El impacto visual inicial lo provocan las telas estampadas realizadas por Juan Berron, que se enseñorean del lugar con su presencia. Se constituyen en muy buenas resoluciones que admiten con holgura la vinculación entre arte visual y funcionalidad automática lleno de proteicas posibilidades. Respetándose las imágenes infantiles producidas con antelación se operan la traducción, superposición y deslizamiento hacia otro soporte sin pérdida de calidad genuina.

El chancho volador, interpretado en una pintura plana por Gabriela Pertovt, sujeta la imagen a su particularizado tratamiento pictórico de bandas cromatizadas, que repiten en exceso la suposición de que son referencia estilística, se define como pieza cromática pintada directamente, en contraposición a la presencia del mismo “personaje” llamado ahora “Chanvaguacil”, objeto de volumen pleno suspendido, de muy buena resolución técnica, cargado de humor, casi un juguete ornamental.

Gabriel Cimaomo participa del emprendimiento con una instalación en la que ordena múltiples elementos aglutinados en un espacio pensado titulado “rincón recreativo...”.

Alejandra Bonfanti presenta, a su vez, un ensamble elaborado con materiales diversos conjugados en una pieza pequeña cargada de intencionalidad irónica. El sobrerrelieve titulado “Rulo”, clase de gato muy particular que asoma una y otra vez en distintas obras expuestas, pues aparentemente esta imagen ha cautivado a varios expositores, cobra particular presencia de volumen en el buen trabajo de Fernanda Catalano, como lo son también las piezas que expone Sebastián Mercau.

La pequeña obra que firma José Luis Roces, “S/T”, elaborada como volumen, impone con sutil levedad su presencia no menguada por el tamaño reducido de la misma. El hieratismo expectante de la pieza deviene en una suerte de testigo inanimado en el contexto.

El humor de Nydia Andino, especie de “marca de fábrica” de la artista, se contrapesa con el formal y elaborado dibujo que pertenece a Abel Monasterolo, quien, en el aquelarre de imágenes que propone, indica que todo puede suceder, hasta su presencia como astronauta que se mezcla con la fauna flotante en el espacio irreal. El óleo sobre tela titulado “Fauves”, juego de interpretación elíptica que se vincula con el título de la muestra, aparece como instancia límite del juego libre propuesto y expuesto. La pintura que firma Silvana Colli se muestra como pintura pensada con perfiles de práctica pictórica en sí misma, ingresando en otro espacio de validaciones.

“Bestezuelas: fauna fantástica de pequeño origen”

“Infancias”, de Guillermo Vezzosi.

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“Alas rayadas”, de Susana Ocampo.

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“Bestezuelas”, de Abel Monasterolo.