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“Los encubridores”

Una noche de 1974, el séptimo conde Lucan, tras una batalla legal perdida con su esposa, decide asesinarla. En la casa de la mujer han quitado la lamparita del sótano. Una mujer baja las escaleras. El asesino actúa. Ha elegido el día en que la niñera tenía descanso, pero a último momento la pobre muchacha había cambiado su día franco, y la asesinada, pues, resulta ser ella. Lucan, el asesino, desaparece, ayudado por sus amigos pudientes. Pasan veinticinco años, y un paciente consulta a la famosa psiquiatra Hildegard Wolf, la más famosa de París. Este paciente le confiesa ser el prófugo Lucan. Pero la doctora tiene el problema de que ya otro paciente la ha consultado bajo la misma identidad. Y, para colmo, parecen saber todo de ella y tener como fin último chantajearla. Porque la doctora Wolf no es otra que la Bendita Beate Pappenheim, ella misma prófuga de la Justicia. Esa tal Beate era una muchacha de Munich que, de un día para el otro, comenzó a utilizar sus impetuosos ciclos menstruales para fingir estigmas y heridas de Cristo, realizar curaciones y, sobre todo, recibir suculentas limosnas y donaciones. Tal la base atrapante de “Los encubridores”, la novela de Muriel Spark, publicada por La Bestia Equilátera.

Muriel Spark nació en Escocia, en 1918, de madre anglicana y padre judío. En 1954 se convirtió al catolicismo, y alguna vez confesaría que, si bien estaba lejos de escribir libros proselitistas “de cierta divertida manera, mis libros sólo pueden haber sido escritos por una persona de fe católica”, y en favor de su conversión, aseguró -como de manera parecida preconizaban ingleses conversos como Chesterton, Graham Greene o Evelyn Waugh- que el catolicismo era “la única religión racional, en la que existe una belleza de la ética”.

Vivió una vida aventurosa, y después de trabajar durante la guerra contra el nazismo, pasó una época de miseria absoluta. Graham Green la asistió (“con la condición de que nunca le diera las gracias ni rezara por él “). Comenzó su carrera literaria escribiendo biografías. Pero serían sus novelas, cargadas de ironía y situaciones inquietantes, las que la llevarían a ser una autora de culto, y de amplio reconocimiento internacional. En sus últimos años vivió en Italia, en la Toscana, donde murió, en 2006.

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