Artes visuales
Desde “Silogismos” a “El gesto del color”

La muestra de Abel Monasterolo se presenta en el Centro Cultural La Ribera. Foto: Flavio Raina
Domingo Sahda
El Centro Cultural La Ribera alberga una exposición inaugurada recientemente, constituida por trabajos del artista plástico Abel Monasterolo. La muestra carga con la denominación de “Silogismos”, ambigua rotulación ésta que recorta una colección de dibujos inscriptos directamente en los muros y columnas del salón, reformulando con ello una cuestión en estado de discusión en tiempos presentes. La misma hace centro en redefinir el arte plástico como un acontecer fugaz o permanente. ¿La idea o la obra definitiva? En tiempos en que la velocidad y la fugacidad parecieran convertirse en los valores de mayor trascendencia social, la pregunta hace epicentro en la cuestión: ¿tiempo o espacio? ¿Es acaso el arte visual un hecho contingente o una resolución permanente?
El expositor cita en la tarjeta que anoticia de la exposición que lo suyo... “no es pensar un cuadro, es pensar el espacio”. A despecho de lo explicitado, el tal espacio se registra como soporte del dibujo y por tanto se constituye en un plano por sobre el cual los vericuetos de la línea hacen su presencia al configurar imágenes diversas, otorgando sentido particularmente artístico a las paredes y columnas del entorno acondicionado a tales efectos.
A modo de “Graffitis” perecederos, Monasterolo crea un microcosmos en el cual la imagen dibujada directamente reposa en la expresividad del trazo definitorio de límites; sólo muy ocasionalmente utilizada como textura visual de grises por superposición del trazo. En este microcosmos que se supone abstracción en tanto se considera a la línea como recorrido imaginario de límites o bordes que existen en el pensamiento del hombre y no en el contexto material en que se habita, hay un personaje que transita por casi todos los fragmentos y paneles, historiando el accionar del autor-expositor que de este modo deviene en refracción de sí mismo, engarzado en diversas contingencias. Monasterolo explora el espacio y se escudriña a sí mismo, sea situado y en acción, ora acompañado, convocando a los fantasmas que nutren su imaginario.

Con manifiesta soltura en el trazo, fragmentándolo ocasionalmente, hace una ocupación plena de las paredes en un lugar de muy complejo recorrido y difícil integración visual. En un interjuego de blancos omnipresentes, los trazos responden a un “Tour de Force” que se mensura como inusual experiencia que admite ser entendida como intencionalidad de desacralización del Dibujo en tanto registro permanente e intemporal de acontecer humano.
Monasterolo se prueba a sí mismo en este particular desafío en tanto nos dice que... “se trata de una provocación a mí mismo... donde se rompe un molde y el dibujo se expande infinitamente”. Toda hipótesis experimental es bienvenida en tanto determine un sacudón a la modorra creativa frecuente en el territorio de la producción artística.
Ello no significa, automáticamente, que los resultados que se obtienen aquilaten tal emprendimiento per se. Se supone que “lo bueno” vale por tal y no por lo “nuevo”.
Pinturas de Mónica Rodríguez
Con el rótulo de “El Gesto del color”, la artista Mónica Rodríguez ha abierto a consideración del público una exposición de pinturas de reciente data en el Salón de Exposiciones del 7º Distrito de la Dirección Nacional de Vialidad -27 de Febrero y Salta, Santa Fe-.
La colección de pinturas expuestas, de tamaño medio mayor define al color como eje en torno al cual se organiza el discurso visual del expositor. La sensualidad lumínica del tinte saturado o no, siempre se ajusta a escenas y situaciones de la vida cotidiana. En cada caso, se narran historias, y en ellas el color en sí mismo es agente diferenciador de planos y volúmenes, de gestos y espacios acotados. Con manifiesto énfasis expresivo, Rodríguez construye imágenes sin ambages, y las cargas de color saturado, superponiendo tintes para lograr otros alternos, arrastrando el gesto para fundir unos tonos en otros. En estas esplendentes pinturas, el color, protagonista se refuerza al constituirse en definitorio de la arquitectura pictórica, de precisos contornos. Cada una de las instancias compositivas, de contigüidad o contraste lo están en función de la forma, que nunca se deslíe en fugaces trazos. Así, el dibujo subyacente marca y señala contornos de modo deliberado, frenando cualquier posibilidad de expansión indeterminada de la materia-color.
El temperamento visceral de la autora se proyecta con energía en cada trazo, y siempre es controlado, provocando una tensión plástica constante.
Con la intención de hacer visible lo imaginado, Rodríguez yuxtapone tintes y materia; ocasionalmente, resbala al intentar anudar tensiones de volumen y color, multiplicando acentos de luz en diversos puntos antagónicos. De este modo, la situación única multiplica sus hipótesis de construcción plástica restando pasajes y “descansos” visuales. Todo aparece enfervorizado por el torbellino cromático adoptado.
Fuera de toda duda, el “Gesto del Color” señala y recorta todo el acontecer pictórico a la vista, sin desmadrarse ni diluirse complacientemente.




