La crisis de la escuela pública
Es insólito que la presidente de la Nación apoye una huelga de estudiantes secundarios en la ciudad de Buenos Aires. Si alguna duda quedaba acerca del grado de implicación del Poder Ejecutivo en esta escalada contra al gobierno de la ciudad de Buenos Aires, las palabras de la máxima autoridad política de la Nación acaban de disiparla.
Como es de público conocimiento, los estudiantes de numerosos colegios secundarios han tomado establecimientos reclamando reformas edilicias. Las acciones van acompañadas de movilizaciones callejeras, concentraciones frente a edificios públicos y una amplia divulgación mediática. Pero tan sorprendente como la movilización de los estudiantes por cuestiones nimias fue la adhesión brindada por dirigentes del sindicalismo docente y padres de alumnos.
Lo cierto es que, como consecuencia de este movimiento -que amenaza con proyectarse a otros puntos del país-, se han perdido muchos días de clases y, por ende, de formación y aprendizaje. Entre tanto, las alternativas que se proponen para salvar el “bache” son, en todos los casos, perjudiciales para los alumnos y la educación pública. Los que proponen darles por aprobado el curso sin haber asistido a un mínimo reglamentario de clases no ignoran que están promocionando a estudiantes que no están en condiciones de pasar; y quienes sostienen que hay que hacerles perder el año escolar tampoco desconocen el perjuicio que provocan.
Las recientes negociaciones han fracasado y los estudiantes han insistido en continuar con sus medidas de lucha Está claro que, si no contaran con el apoyo de los mayores -y, ahora, de la presidente de la Nación-, esta medida sería inviable. Por lo tanto, a la responsabilidad principal de lo que ocurre no la tienen los chicos -jurídicamente irresponsables-, sino los mayores, ya sean sindicalistas, maestros, políticos o padres de familia.
Lo sucedido revela, además de una crisis coyuntural, una crisis profunda del sistema de valores y creencias hasta ahora compartidas. Es grave que una presidente avale una huelga estudiantil desorbitada sólo porque el titular del gobierno de la ciudad de Buenos Aires es un eventual presidenciable, pero también es grave que los padres de los alumnos consientan irresponsablemente que sus chicos pierdan el año o sean promocionados sin mérito, en nombre de una solidaridad mal entendida. El mismo reproche les cabe a docentes y directivos, quienes en función de refriegas menores no vacilan en azuzar a los adolescentes.
Por otra parte, los reclamos estudiantiles son dudosos. Tomar un colegio o suspender las clases porque hay goteras o porque la calefacción no es la adecuada -sobre todo cuando ya estamos en el mes de la primavera- es, en el más suave de los casos, desopilante, y constituye una falta de respeto a la memoria de quienes lucharon por defender principios más trascendentes. Por último, ¿son conscientes los padres, docentes, directivos de que por este camino se acentúa la crisis de la escuela pública?




