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Opinión
Edición del Miércoles 06 de octubre de 2010

Opinión / Antonio Luis Berutti

Crónicas de la historia

Antonio Luis Berutti

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De armas llevar. Berutti fue un hombre de convicciones y de acción. Duro como el pedernal, se sintió humillado cuando se le perdonó la vida después de la derrota unitaria de Rodeo del Medio.

foto: archivo el litoral

Rogelio Alaniz

Su nombre está inevitablemente ligado al de Domingo French. Según las crónicas escolares, se trataba de dos muchachos alegres y simpáticos que repartían cintas celestes y blancas con la misma inocencia con la que dos adolescentes de hoy convocan a un recital de los Ratones Paranoicos en la cancha de River. No está mal que la historia contada a los niños de siete años tenga esas cándidas variaciones, lo que está mal es que personas mayores sigan creyendo al pie de la letra en esas fábulas.

En principio, hay que saber que French y Berutti no eran inocentes muchachitos, entre otras cosas porque para 1810 tenían más de treinta años y, en el caso de Berutti, ya estaba cerca de los cuarenta, una edad que en aquellos años era la de una venerable persona mayor. En segundo lugar, los mozos no estaban en la plaza protagonizando travesuras adolescentes sino militando a favor de la revolución y, en el caso que nos ocupa, esa militancia era la de grupos de choque, es decir, algo así como milicias civiles encargadas de promover los ideales revolucionarios. Por último, tampoco es verdad lo de las cintas celestes y blancas, por lo menos no está probado que hayan tenido ese color que, dicho sea de paso, para esa fecha tenían más que ver con los colores de la monarquía borbónica o los del manto de la virgen, que con un anticipo de la bandera que dos o tres años después creará Manuel Belgrano.

Contrariando toda versión relacionada con inspirados y bucólicos actos escolares, las cintas que se repartían cumplían la tarea de santo y seña para distinguir a los patriotas de quienes no lo eran. Por lo tanto, la presencia de French y Berutti en la plaza de la Victoria respondía a objetivos muy claros. No sólo garantizaban la convocatoria al Cabildo Abierto del 22 de mayo sino que aseguraban que asistieran aquellos que respondían a la causa revolucionaria y lo aseguraban con métodos que estaban muy lejos de ser pacíficos. Es probable que se deba a esta acción “persuasiva” que, de los 450 invitados a la sesión del 22 de mayo, sólo hayan asistido 250 vecinos.

Antonio Luis Berutti nació en Buenos Aires en 1772. Según sus biógrafos estudió en el Real Colegio de San Carlos y luego en el Colegio de Nobles de Madrid. De regreso a Buenos Aires se incorporó a las conspiraciones revolucionarias y se hizo masón y carlotista en la misma movida. Con un puñado de amigos fundó la Legión Infernal y se dedicó a militar a favor de la revolución a tiempo completo. El 22 de mayo fue uno de los vecinos que votó por la destitución del virrey Cisneros. También fue uno de los primeros en oponerse a la maniobra realista de constituir una Junta presidida por Cisneros.

La historia recuerda en particular su irrupción en las sesiones del 25 de mayo, donde hizo uso de la palabra para responder a la pregunta irónica y burlona de un funcionario colonial acerca de la ausencia del pueblo en la jornada. “¿Dónde está el pueblo del que hablan tanto?”, dicen que preguntó el español mirando desde la sala del Cabildo hacia la plaza. La respuesta de Berutti quedó registrada le las páginas de la historia : “Esto ya pasa de ser juguete. No estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces. Si hasta ahora hemos procedido con prudencia fue para evitar desastres y efusiones de sangre. El pueblo, en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles. ¿Quieren ustedes verlo? Toquen la campana, y si no nosotros tocaremos generala y verán ustedes la cara de ese pueblo cuya presencia echan de menos. ¡Sí o no! Pronto señores, decirlo ahora mismo, porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños; pero si volvemos con las armas en la mano no respondemos de nada”.

Ese fue el tono de Berutti, pero ese fue el tono de aquellas jornadas que estuvieron muy lejos de parecerse a amables tertulias entre amigos. Los españoles terminaron aceptando la imposición de la Primera Junta, no porque los convencieran los buenos argumentos de los patriotas, sino porque, como lo diera a entender de manera inequívoca Berutti, las armas estaban en manos de los patriotas, y son esos patriotas los que se califican a sí mismos como la encarnación del pueblo.

Berutti no integra la Primera Junta, pero es uno de sus principales animadores. Su militancia en la causa morenista le hace ganar amigos y enemigos. La lucha facciosa en los primeros años de la revolución es intensa y sus protagonistas no reparan en medios para hacer valer sus certezas. En las movilizaciones del 5 y el 6 de abril, los morenistas cuyo centro de reunión era el café de Marcos, son derrotados. Sus principales dirigentes pierden los cargos públicos y en algunos casos su libertad o su derecho a seguir viviendo en Buenos Aires. Entre esos dirigentes está Berutti, quien durante dos años padecerá los rigores del exilio.

Al regresar en 1814 ocupa diferentes cargo políticos y uno de ellos es el de teniente gobernador de Santa Fe, función que también desempeñará en Tucumán. Para 1816 está en Mendoza trabajando al lado de San Martín. Participa en la organización del Ejército de los Andes y en algún momento es segundo jefe del estado mayor del general. Su participación en la batalla de Chacabuco debe de haber sido importante porque el general San Martín lo distinguió con una medalla de oro.

Después de Chacabuco, Berutti regresa a Mendoza. Sus biógrafos dicen que Bernardo O’ Higgins gestionó ese retorno atendiendo las particulares y genuinas exigencias del corazón. El prócer está enamorado de Mercedes Tadea Ortiz, hija de una de las familias más distinguidas de Cuyo. Según reza la leyenda, Mercedes junto con Remedios de Escalada fueron las damas patricias que iniciaron la colecta de joyas y otros enseres para financiar al Ejército de los Andes. Es probable que haya sido cierto, pero prudentemente opto por decir lo que corresponde en estos casos: no me consta.

Del matrimonio con Mercedes Ortiz nació un niño que fue bautizado con el nombre del padre: Antonio Luis. El futuro lo reconocerá como un músico notable, del mismo modo que serán reconocidos como eximios cantantes de ópera los nietos del prócer: Arturo y Pablo, cuyas dotes artísticas fueron reconocidas por las plateas europeas y el público del teatro Colón.

Retornando a la pareja que se casó en Mendoza, se sabe que vivieron en Buenos Aires pocos años. Berutti siempre estuvo identificado con la causa unitaria y fue uno de los tantos patriotas que se enredó en las guerras civiles. Las refriegas de la lucha política de entonces lo arrastraron nuevamente a Mendoza. Su pasión política no había declinado y en esos años fue diputado, presidente de la Legislatura y ministro del gobernador Juan de Dios Correa.

En 1841, el general Lamadrid invadió Mendoza y Berutti se sumó a su estado mayor. A mediados de septiembre de ese año se libró la famosa batalla de Rodeo del Medio, aquella en la que según Mariquita Sánchez “tío Goyo (Lamadrid) se peleó con tío Angel (Pacheco). La victoria es federal y los principales jefes unitarios huyen o caen prisioneros. Entre los que logran escapar están Lamadrid y un jovencísimo Sarmiento. Y entre los que son tomados prisioneros está Berutti.

Pacheco, en reconocimiento a la trayectoria de uno de los testigos y actores de la revolución de Mayo, le perdona la vida y le otorga la libertad. La leyenda asegura que Berutti nunca se pudo recuperar anímicamente de aquella derrota y de la humillación de ser perdonado. Deprimido y avejentado, muere en la primera semana de octubre de 1841 en Mendoza. Otros historiadores, por el contrario, aseguran que murió en el campo de batalla. Las opiniones en este punto son contradictorias, como también lo es la afirmación de que sus restos nunca fueron hallados.




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