La industria del cuco

No está bien, no es progre, acusa y denuncia carencias paternas indisimulables, pero parece que los progenitores del mundo requieren generar -ya que no ellos mismos- autoridades más solventes y creíbles que la mera y estructural responsabilidad de haberte engendrado. El problema de este mundo es que está lleno de padres y madres...

TEXTO. NÉSTOR FENOGLIO. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI.

La industria del cuco

Los ya clásicos Les Luthiers recomendaban no utilizar con los chicos los habituales asustadores, sino más bien una araña, una buena víbora. Parece que los padres hemos requerido desde siempre ayudantes para imponer autoridad, respeto o el logro de determinadas conductas. Antes, bastaba la mirada paterna -no hablemos del cinto- o la emblemática chancleta de mamá, que hasta Quino recrea en Mafalda como argumento de irrefutable poder y sabia fuente súbita de aceptación...

Desde el fondo de la historia, documentado en textos literarios y canciones de cuna, viene el inefable cuco o coco, que tiene las jodidas misiones de sacudir la ropa al rebelde por las noches, o comerlo -acaso uno de los más espantosos castigos en el infierno de Dante- o llevarlo a otra parte, lejos.

El hombre de la bolsa comparte cartel en la niñez en eso de tratar de domar a los desacatados y allí el Inadi podría intervenir decididamente, por cuanto la alusión es para indigentes o linyeras, gente que anda por el mundo con una bolsa al hombro con sus pocas pertenencias.

La amenaza consiste en que ese desconocido, además barbado y seguramente maloliente (ay papis, papis...), cargará a los niños desobedientes, los meterá en su bolsa y se los llevará igualmente lejos, con lo que no sabemos si la advertencia opera como castigo para los pequeños o expresión de deseos para los padres, cansados de tener a esos energúmenos todo el tiempo en casa, sin la distracción calificada de la escuela...

Otro clásico, jodido, es la alusión al policía para sofrenar revoltosos. Mirá que el policía te está mirando es en este caso la frase de cabecera que le atribuye al pobre servidor público el estigma de, lejos de ser amigo y aliado, constituirse en el malo de la película, el que va a hacer de una lo que los padres evidentemente no pueden en varias. Nace así, desde la más tierna infancia, una relación negativa con la autoridad pública que luego muchos agentes -no todos, no la mayoría, desde luego- se encargan de reforzar participando activamente en los delitos que deben prevenir o reprimir.

En la delgada línea de la negociación, el acuerdo, la transa con los chicos para que logren determinadas cosas deseables (por los padres: ninguna seguridad respecto de su corrección), de golpe entramos en el terreno extorsivo y estamos del otro lado.

Por estos días, por ejemplo, digamos desde fines de noviembre hasta la Navidad misma, opera con éxito, al menos con los niños más pequeños y no enterados, la fórmula del portate bien porque si no Papá Noel o el Niño Dios no te van a traer nada. Ya sé: no hay nada más burdo que un padre que busca ayuda externa para imponer autoridad (ni otro que no necesita ninguna ayuda para hacerlo), y ahí tenés a los pobres pibes sumando o restando puntos, viendo alejarse o acercarse el regalo de sus sueños conforme agregue (o no) travesuras.

En esta línea de pensamiento, el objetor de conciencia no es malo (¡es Papá Noel!), pero lo ve todo en todo momento, una especie de Gran Hermano (como para darle a los pibes una referencia cotidiana y actual) que percibe al instante que te estás portando mal, te estás portando mal...

Ni hablemos de religión, que tiene por definición un programa completo de objetores de conciencia. Nos referimos nomás, así, de pasada, a los no alineados, a ese grupo entre esotérico y concreto, fantástico o mítico en algunos casos, capaz de infundirle miedo o siquiera un stop and go a esa criaturita de Dios que responde a la función de “hijo”. Se las voy a hacer cortita, Chiara y Valentina.

Si de verdad quieren regalos para estas fiestas, se me portan bien carajo porque papi no es ningún gil y va a llamar al cuco, al hombre de la bolsa, a los gitanos, al señor policía, al mismísimo Papá Noel y al Indec (mirá nena que viene la inflación y no te regala nada), a los señores piqueteros, a los fantasmas, los vampiros y a todo al que al menos nominalmente ayude a que estos cretinos se porten bien. Estoy decidido y, de verdad, no me asusta lo que piensen de mí.