Edición del Sábado 26 de marzo de 2011

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Gemas de llamas con llamados - Artes y Letras

 

Gemas de llamas con llamados

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Pastel de Luis de Luna.

Por Raúl Fedele

Este nuevo poemario de Pablo Ingberg (Dolores, 1960) se cierra con un manifiesto de principios que apenas proclama -ni clama ni exclama-, en el cual una sabia ironía sabe bajar los decibeles a sus llamados y pedidos de atención en el desierto (de la poesía argentina actual, por lo menos) y a las encendidas certezas que ostenta toda “arte poética”. El poema, en efecto, se titula “Arte patética” y reza:

Seguir viviendo siempre largo tiempo

pero que las palabras que se digan

pesen como las últimas palabras

Palabras, pues, con el corazón en la boca; sin aliento para redundancias y florilegios; sin vanidad deseosa de postrer premio; sin adulación ni cuidado por ojo u oído de popes, críticos, capillas de moda, polícías secretas. Los poemas de este libro de Ingberg pesan así.

Me complace el arrullo del arroyo

más que las cataratas del Neruda

o el ripio donde un Girri arrastra el carro

Sí, lejos de la cantilena atronadora (basta escucharlo recitar en las grabaciones, a Neruda, aunque, noblesse oblige, las cataratas tengan sus bemoles, según desborden melaza, piedras del Machu Picchu o loas alfombradas). Y lejos del afónico avanzar de Alberto Girri (basta escucharlo también a él, apurándose, atrancándose, a los tropiezos, aunque, justicia obliga, al parecer eso es lo que quería y buscaba lograr, ya que expresamente declaraba desestimar el vuelo y ansiar una “ascesis poética” de a trancos, de levísimos desplazamientos, sin “superar sus escollos apelando a abordajes, a asaltos”).

La música de Nadie atiende los llamados es consecuente con ese principio de arrullo de arroyo. La carencia de signos de puntuación en los versos es elocuente del devenir fluido con que se despliegan los poemas, en una corriente suave y bien delimitada.

Que cada verso tenga su espesor

en la expresión y en la sonoridad

ni flacucho ni hinchado de aire o lastre

Pablo Ingberg es un traductor eximio, atento a la reglas de la métrica y la escansión de los originales, y de la buena tradición que educa los oídos y el entendimiento. Los versos de Nadie atiende los llamados, en los que prevalecen los endecasílabos, tienen una firme presencia (una afirmación del presente en que se pronuncian), bien definida y bien marcada, sin que sin embargo nada en cada uno de ellos interrumpa (ni con grandilocuencia ni con trastabilleo en lo trillado) la resonancia de los versos que anteceden ni el pasaje al despliegue de los que suceden. Música que es también del sentido.

La poesía no es verso únicamente

pero el verso sólo es de la poesía

¿por qué perder esa oportunidad?

Como decía Eliot, hasta el peor verso puede medirse; sólo hay versos buenos, versos malos y el caos. Y Pound aconsejaba no frenar el final de cada verso en seco para empezar el siguiente después de tomar aliento, sino que el principio del siguiente verso cabalgue el final de la ola rítmica. Así recita Ingberg.

La epopeya la lírica y el drama

narrar plantear escenas y cantar

son opciones que están desde el principio

Opciones que Ingberg aprovecha de la mejor manera que la patética y fatídica posibilidad de “ilusión de eternidad” nos ofrece a los poetas de nuestro tiempo. Cuenta historias, da voz a Dios, sentencia, levanta ocultos himnos triunfales y monumentos, como el del poema que en breve transcribiremos.

Centrarse en los objetos es asunto

de los que creen en la realidad

entre el sujeto y el objeto hay verbo

El monumento prometido se titula “Monumento al olvido”, y reza: Al albañil que puso un dieciséis por ciento/ (en promedio a lo largo de su vida o su carrera hasta la muerte)/ de los ladrillos de setenta y nueve casas y edificios/ (ladrillos que vestidos de uniforme argamasa/ pintada con pintura igual a la de todos/ sus vecinos esconden allí dentro/ la escritura al descuido con ellos pergeñada/ en paredes después en blanco a nuestra vista)/ a ese albañil acaso lo recuerden/ (poeta a su manera inadvertida)/ tan poquito como al escritorzuelo/ que en un cuartucho de una de esas construcciones/ una noche inspirada erigió un monumental/ epinicio al sudor del albañil/ evaporado

Las palabritas bailan en la mente

aparecen dan brincos y se fugan

y en esa irrealidad nos crean mundo

Mundo el verso, mundo el poema y mundo el poemario. Hay, en efecto, una clara línea de continuidad y sucesión en Nadie atiende los llamados, en el sentido que la tienen por ejemplo los sonetos de Shakespeare, de los cuales Ingberg realizó una traducción memorable, completando los tantos que no había trabajado Manuel Mujica Láinez. Así, los primeros tres poemas del libro que nos ocupa versan sobre el tema de la luz y la oscuridad; los dos siguientes sobre el vacío y la caída en llamas; los dos siguientes sobre las vueltas de la vida; los dos siguientes sobre la construcción de monumentos en el aire, y así, todo bajo la organización del conjunto en dos partes que componen el título general: “Nadie” y “Atiende los llamados”.

Predicar es asunto de profetas

de sacerdotes y de iluminados

prefiero la vereda de la sombra

No hay otra opción, seguramente, no por lo menos para el poeta honesto de nuestro tiempo. Que haya público, reverencias y muchos premios para poetas profetas, sacerdotes e iluminados no es sino otro signo de la demagogia, falsa conciencia y el brutal gusto artístico imperante.

Y la estrofa final de “Arte patética”:

La poesía a su modo hace el amor

cuando habla de sí misma se masturba

palabras que se aplican a estos versos

Y que se aplican a esta reseña. A menos que siendo dos el acto solitario cambie, como en el poema de Emily Dickinson: “Soy nadie. ¿Tú quién eres?/ ¿Eres tú también nadie?/ Ya somos dos entonces. No lo digas...”.

(*) Ediciones Cada Tanto, de poesía, ha presentado contemporáneamente al volumen de Ingberg: “Claridad del saltimbanqui”, de Hugo Savino; “Intimidad de la siesta”, de Daniel Riquelme y “Nanook”, de Mariano Dupont. http://edicionescadatanto.blogspot.com.

“Nadie atiende los llamados”, de Pablo Ingberg. Ediciones cada tanto, Buenos Aires, 2010 (*).


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Pablo Ingberg. Foto: Enrique Butti



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