Vargas Llosa y la intolerancia
La presencia de Mario Vargas Llosa en la Argentina ha despertado más expectativas políticas que literarias. Políticos de diversas extracciones se han referido a la obra literaria del flamante Premio Nobel demostrando, en más de un caso, que nunca lo han leído, omisión que podría disculparse si al mismo tiempo no pretendieran hacer exhibición -como el caso de la señora Diana Conti- de haber frecuentado esa literatura para luego confundir “Conversación en la catedral” con “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, situado en las antípodas ideológicas del escritor peruano.
En realidad, la polémica abierta por la presencia de Vargas Llosa en nuestro país se debe a la actitud intemperante y poco democrática de los intelectuales del núcleo oficialista de “Carta abierta”, quienes intentaron impedir que Vargas Llosa hiciera uso de la palabra en el acto de inauguración de la Feria del Libro. Como suele ocurrir con estas maniobras autoritarias, el efecto provocado fue exactamente el inverso, al punto que la propia presidente de la Nación se vio obligada a zanjar el conflicto haciendo una correcta defensa de la libertad de expresión y dejando sin argumentos a sus seguidores.
No obstante ello, la presencia física del escritor en la Argentina generó expectativas de diversa índole. Al respecto habría que decir que Vargas Llosa es una de las personalidades intelectuales más reconocidas del mundo contemporáneo. Su visita a cualquier país del mundo es siempre noticia. Toda una vida dedicada a la literatura y a la reflexión literaria avala ese prestigio.
Vargas Llosa -qué duda cabe- es un excelente escritor, pero en el caso que nos ocupa es también un hombre de definidas convicciones políticas. En ese punto su perfil se identifica con el clásico intelectual del siglo veinte, es decir, el hombre de ideas que desde su lugar creativo específico, opina sobre las cuestiones públicas. En ese sentido, siempre se ha identificado con intelectuales clásicos como fueron Paul Sartre, Andre Malraux o Albert Camus, con quienes, más allá de sus diferencias políticas, comparte el rol que el escritor se asigna en la sociedad.
Políticamente Vargas Llosa es liberal y nunca lo ha negado. Su liberalismo se enriquece en este caso con un humanismo clásico que potencia su perspectiva intelectual. Así se explica su crítica acerada e implacable a todas las dictaduras, su defensa a los derechos humanos y a las libertades en general. Vargas Llosa es un liberal en el sentido pleno de la palabra y jamás caería en el error de justificar a una dictadura porque defiende la economía de mercado.
Ese liberalismo humanista y lúcido es el que genera inquietudes y temores en el rebaño intelectual del actual gobierno. La polémica entre populismo y liberalismo en este caso se manifiesta en toda su dimensión. Los intelectuales de Carta Abierta están en su derecho a defender sus puntos de vista, pero lo que ha constituido una falta imperdonable ha sido su intento de zanjar la polémica por la vía de la censura o la prohibición.




