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La mujer que valía un trono - Revista Nosotros Nosotros

La mujer que valía un trono

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Bessie Wallis Warfield (WALLIS SIMPSON) CON EL DUQUE DE WINDSOR, QUE YA HABÍA ABDICADO COMO REY EDUARDO OCTAVO.

Un hombre que renunció a ser rey de Inglaterra; una mujer rechazada por la corona; una historia de amor, la de Eduardo VIII y Wallis Simpson, que se actualiza con la flamante boda real.

TEXTOS. ANA MARÍA ZANCADA.

Nuevamente la casa real inglesa celebró el matrimonio de un joven integrante de la familia. El príncipe Williams eligió a una hermosa plebeya para compartir su vida. Es de esperar que el futuro de Kate Midleton sea diferente al de la melancólica princesa Diana.

Muy diferentes también fueron las circunstancias que rodearon la historia de amor vivida por su antepasado, el famoso Duque de Windsor, el rey que renunció al trono por amor. Una de las más fascinantes historias románticas del siglo XX.

UN INCIERTO PASADO

El 24 de abril de 1986, una mujer senil y consumida, acompañada sólo de sus perros falderos y de un mínimo número de personal de servicio expiraba en su residencia de las afueras de País. Tenía 90 años. Nadie que no la conociese podía pensar que en sus días de juventud había hecho tambalear un trono.

Se llamaba Bessie Wallis Warfield y si bien su familia pertenecía al patriarcado de Baltimore, se decía que su nacimiento se produjo antes del casamiento de sus padres. Lo que para la época y el lugar, junio de 1895, era un escándalo. Sin embargo la niña demostró desde el vamos un fuerte carácter. Era obstinada y competitiva y no cejaba en su empeño de ser la primera en todo. Por cierto desde muy joven llamaba la atención por su porte distinguido y, sin ser una belleza, destacaban sus ojos azules que de algún modo suavizaban una expresión que denotaba un fuerte carácter. Su primer matrimonio fue con un apuesto piloto vividor y mujeriego, además de alcohólico, y duró apenas cinco años. Pero Wallis no era mujer de encerrarse a llorar derrotas.

Tenía 25 años; elegante y coqueta, sabía como seducir a los hombres. Luego de siete años en que su vida dio pábulo a todo tipo de comentarios, incluido un viaje a China donde se decía que había frecuentado los lujosos prostíbulos de Hong-Kong, sorteado un embarazo de un joven italiano llamado Galeazzo Ciano, que acababa de casarse con la hija de Mussolini, contrajo nuevamente matrimonio con Ernest Aldrich Simpson con el que finalmente parecía haber alcanzado la estabilidad económica que tanto ambicionaba. El matrimonio se estableció en un elegante departamento en Londres y Wallis se convirtió en una de las grandes anfitrionas de la selecta sociedad londinense.

EL PRÍNCIPE FELIZ

Eduardo VIII, rey de Inglaterra por tan sólo trescientos veinticinco días, nació en 1894, cuando aún reinaba su bisabuela Victoria. Tenía gran afinidad con la cultura alemana y como todo joven de la realeza no podía decidir mucho sobre su vida. Su padre ascendió al trono en 1910 y Eduardo, con 16 años, pasó a ser el Príncipe de Gales. Por imposición paterna tuvo que seguir la carrera naval, aunque no era de su agrado y fue educado para ser rey, lo que tampoco lo entusiasmaba demasiado.

Durante la década de 1920 y por encargo de su padre, Eduardo recorrió Canadá, Estados Unidos, El Caribe, India y Australia, convirtiéndose en uno de los solteros más codiciados. Le gustaba bailar y divertirse y se lo veía con frecuencia en los principales clubes nocturnos londinenses. Se comentaba su preferencia por las mujeres casadas, lo que no dejaba de preocupar a la casa real, así como un rumor sobre su supuesta bisexualidad.

Pero el destino del joven príncipe le tenía reservado otro camino. En 1931 su vida se cruza con la de Mrs. Simpson y cambia la historia. Dicen que ella lo tuvo en la mira desde el primer momento y que hábilmente manejó la situación. Lo cierto es que los comentarios dejaron de ser susurros y las crónicas sociales muy pronto tuvieron a la pareja como protagonista. Él con su rostro ingenuo, casi aburrido, dueño de una sonrisa casi tímida. Ella segura de lo que quería, mujer madura y para colmo norteamericana y divorciada. Se convirtieron en la comidilla del mundo entero. Se los veía juntos en las boites de moda, en las carreras de Ascot y hasta en el palacio de Buckingham donde él se atrevió a llevarla. Mientras, la cubría de costosos regalos. La famosa casa Cartier recibió numerosos encargos destinados a Wallis, como un collar con hilos de oro, turquesas en cabujón, brillantes y veintinueve amatistas o la famosa pantera recamada en diamantes de la casa, elaborada en forma exclusiva para la dama, sobre un broche de zafiro azul.

EL ESCÁNDALO

En realidad cuando comenzaron sus relaciones Wallis todavía era Mrs. Simpson, lo que no impidió que iniciaran una idílica vida juntos. Él parecía deslumbrado por la mujer segura y decidida, ella disfrutaba la vida placentera y regalada.

Pero pronto comenzaron a sentir los efectos de una realidad que no alcanzaban o no querían ver.

Cuando el hermano menor de Eduardo se casó con la princesa Marina de Grecia, el nombre de Wallis fue tachado de la lista de invitados. Su presencia no era grata en el Palacio. Comenzaba una guerra que no terminaría nunca.

En el otoño de 1935, el viejo rey cayó enfermo y su preocupación era dejar la corona en manos de un hijo de poco carácter, dominado por una ambiciosa mujer. Pero el hilo de su vida se cortó y el Príncipe de Gales subió al trono convertido en Eduardo VIII. La coronación fue el 12 de mayo de 1937. Wallis había terminado los trámites de divorcio el año anterior. Eduardo soñaba con la posibilidad de compartir con ella el trono. Pero la situación se volvió insostenible ante la oposición de la casa real y de toda una nación que veía a la “extranjera” como una intrusa y extravagante divorciada, una ambiciosa advenediza que manejaba el rey a su antojo. Los servicios secretos hicieron su trabajo y presentaban al rey informes sobre una sospechosa afinidad de Mrs. Simpson con el gobierno nazi así como una relación con un ex piloto de la fuerza aérea británica. Pero el rey estaba enamorado y no entendía razones. Disfrutaba de los pocos momentos que podía compartir con la mujer que su corazón había elegido.

El 11 de diciembre de 1936, Eduardo VIII anunciaba su abdicación a través de la BBC: ”(..) .me resulta imposible soportar la pesada carga de desempeñar mis deberes de rey sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo (...)”. Dicen que la furia de Wallis al enterarse fue mayúscula. Ella estaba entonces en una espléndida mansión en Cannes y en una arrebato de ira estrelló varios jarrones contra las paredes. Su sueño de ser reina terminaba, su libertad para vagabundear por el mundo, disfrutando de la compañía de amantes adinerados, también.

El 12 de mayo de 1937, el duque de York, hermano de Eduardo, fue coronado como Jorge VI en la abadía de Westminster. Un mes después Eduardo y Wallis se casaban en Francia, iniciando un dorado exilio que no acabaría. Ella nunca pudo ser tratada como Alteza Real. Él trató de compensarla con costosos regalos. El día de la boda le regaló un ancho brazalete de cuarenta y cinco zafiros y diamantes de Van Cleef and Arpels. Ella hizo célebre la frase “Nunca se es lo bastante rica, ni lo bastante delgada”. Se convirtió en el símbolo de la elegancia y trató de darle a él la seguridad que la vida real le negó.

Fiestas, viajes y obsequios fueron los aditamentos de un matrimonio que parecía perfecto.

EL OCASO

En 1952, los Windsor se instalaron en la casa que sería su destino final. Situada en el Bois de Boulogne, en París, era un pequeño palacio del siglo XVIII, rodeado de un cuidado jardín. Wallis se encargó de poner el toque chic y extravagante. Excéntrica y ostentosa, rodeada de un séquito de treinta empleados que tenían que complacer sus mínimos caprichos.

Pero los años fueron deteriorando la salud del duque. En 1964, con setenta años de edad, sufrió un desprendimiento de retina y tuvo que ser operado. Fue en esa ocasión que recibió la visita de la reina Isabel. Wallis y ella no se habían visto en treinta años.

Fue en esa ocasión en que él le pidió a su sobrina permiso para ser sepultado en el cementerio real de Frogmore. También expresó su deseo de que su esposa descansase a su lado, a lo que accedió la reina.

El 29 de mayo de 1972 moría Eduardo de Windsor. Su viuda, desconsolada, quedó como ausente. Siguió la ceremonia de los funerales por TV, ya que temía no soportar la exhibición pública. Vestía un sencillo vestido de seda negra, diseñado por Givenchy. “Él era toda mi vida”, repetía sin cesar.

Lo sobrevivió catorce años, sin problemas económicos, encerrándose con sus recuerdos. Tal vez su amor en algún momento fue sincero.

Sus restos fueron repatriados a Inglaterra donde la reina Isabel II hizo oficiar una sencilla ceremonia a la que no asistió la Reina Madre, incapaz de disimular su rechazo, ni siquiera en el momento del último adiós.

Wallis Simpson, la plebeya que se robó el corazón de un rey, que nunca fue aceptada en palacio, descansaba finalmente en el Panteón de la familia Real, junto al hombre que resignó un trono por amor.

+ OBRAS CONSULTADAS

“Divas rebeldes”, Cristina Morató, Plaza y Janés (2000).

El Cronista Comercial, junio 1995.

Historia y vida, febrero 2010.

La Nación, diciembre 1996 y junio 1980.

Atlántida, julio 1937.

El País, 10 de junio 2001.



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