Juan Mannarino... beato y difunto

Obras de Juan Mannarino. Fotos: Archivo El Litoral
Juan Mannarino... beato y difunto

Obras de Juan Mannarino. Fotos: Archivo El Litoral
Stella Arber
Una máscara oscura cubría su rostro y su cuerpo yacía envuelto en telas inmaculadamente blancas, convertido por primera vez en un hombre quieto, inmóvil. Ese “yo” nuevo, ahora extraviado en un camino desconocido y sin recursos para erguirse con esa inmensa capacidad que tenía para purificar y restaurar su equilibrio en forma natural.
Ni una sola mueca de las tantas a las que nos tenía acostumbrados pudo verse en su cara, ni siquiera como una apelación o último recurso para ese futuro ineludible y sombrío que se le abalanzó encima sin demasiado aviso.
No hay manera de despedir a Juan, por lo menos yo no puedo hacerlo, sólo siento que ha muerto para la realidad dominada por los sentidos, los que estuvimos cerca de él sabemos del privilegio de ingresar aunque sea por momentos, en ese otro nivel de conciencia que siempre proponía y que marcaba la diferencia de su andar por este mundo.
En algún lugar, muy dentro de nosotros, cada uno sabe que las reglas por las cuales la vida se mantiene, son provisorias y que una brisa puede decidir que se destruyan. Esto parecía que no se aplicaba a Juan, su arraigo a la existencia tenía la fuerza de una sólida y consolidada burbuja propia que parecía indestructible.
Centrado sólo en la reflexión profunda, en el juego iluminado de frases para el recuerdo, imaginando, creando, produciendo, clamando por la perfección de ese sentimiento estético que punzaba intensamente por salir. Quedaba fascinado por un acorde, por un ángulo en el espacio escénico, por un campo de visión posible o por el movimiento de una línea sinuosa en un grafismo. Se contemplaba a sí mismo como parte de cada una de sus creaciones.

Sus dichos casuales o deliberados, tirados a la mesa de la reflexión sobre algún tema de su interés, lo ponían al acecho, atento en una breve pausa silenciosa, dándole tiempo para la respuesta. Allí había que estar a la altura, había que sostener lo que él demandaba y hacer la devolución; seguramente más de una vez uno caía en el vacío y no decía lo esperado, pero si uno arremetía con lo justo, soltaba una carcajada interminable de satisfacción que se hacía sentir desde lejos.
Agradecido hasta la emoción, no dudaba en transmitir sus sentimientos y en dejarse llevar por un estampido de ideas para dejarlo claro. De una lucidez que dejaba atónito al que escuchaba, a veces una ironía corrosiva traía a la luz viejos rencores, resentimientos extremos que se disolvían en cuanto los había mencionado.
Juan nunca parecía necesitar nada, las cosas que hoy tenía, mañana ya estaban en manos de otros, pasaban nada más que un rato con él y sólo podíamos observarlo y aceptarlo como era; sin condiciones ni consejos de preservación, él buscaba otras cosas que no eran las mundanas y siempre las conseguía y a ésas las atesoraba. Por eso ese día, cuando vi la máscara oscura que invadía su rostro pensé en que sólo la tendría por un momento, enseguida me di cuenta de que la fuerte presión que ejerció la sangre al detonar su corazón fue lo que tiñó de morado su cara o tal vez me equivoqué y ése fue su último maquillaje para salir a escena.