“Inversa tango”

Mujeres entre los deseos y el amor

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El talento de Andamio Contiguo se certifica en un montaje teatral que suma aciertos, no apto para mentes insensibles.

Foto: Gentileza producción

Roberto Schneider

En el Foro Cultural Universitario se estrenó “Inversa tango”, la última producción del Grupo Andamio Contiguo, inspirada en la novela “Las relaciones peligrosas”, de Pierre Choderlos de Laclos, anunciada como una “historia de teatro de cámara, culebrón contemporáneo; una historia de amor entre mujeres, algo tan antiguo como la humanidad y sin embargo tan poco visible, tan silenciado. Juega varios juegos simultáneos con el sólo propósito de sensibilizar, ni más, ni menos”, según sostuvieron sus hacedoras.

El texto es como un enhiesto faro de penurias, aislada península del sufrimiento. Se bebe hasta el fondo el nada metafórico cáliz de la amargura. Puede haber -señal de que los tiempos no cambian tanto ni tan profundamente como debería- quienes quieran aplicar el rótulo, cómodo para ellos, de diferente. Si conocer los padecimientos del alma hasta la raíz misma es ser diferente o en todo caso serlo, ahí está Andamio Contiguo. Si saber de la soledad como de un anillo de hierro que se cierra más y más a cada infernal vuelta de tuerca para caracterizar la diferencia, las bases intelectuales de este grupo están a flor de piel -desde “Fávila Sordes, mujer para amar” hasta nuestros días han pasado más de veinte maravillosos años de creación hablando siempre del amor-. Si estar en el mundo sin poder dar testimonio de él, o si ese testimonio es el de las llagas abiertas por la incomprensión, la maldad de los demás o su dureza es, insistimos, símbolo de diferencia, estas mujeres la han experimentado muchas veces sobre sus desvelos.

“Inversa tango” remonta el vuelo. Es un espectáculo jinete de un fogoso caballo dotado de las alas del águila más intrépida, en el que, en apariencia, los sexos dejan de tener importancia en cuanto división o delimitamiento y sus protagonistas, todas, son las criaturas en todo su esplendor y en toda su miseria, las que después se inscriben en uno mismo entre ráfagas de luz y de tormenta. Habría que tener en cuenta que la dramaturgia de Andamio Contiguo -recordamos “Plato fuerte” o “House, variaciones sobre lo mismo”, por citar sólo algunos ejemplos- no es más que una máscara de la ternura, del amor al prójimo. Por momentos, este montaje discurre por cauces dolorosos en los que fluye el deseo, a veces entremezclándose pero siempre guiado desde el fondo de las tinieblas para llegar a la luz, por el amor a las criaturas protagonistas de la historia.

Como en toda su trayectoria, en el último trabajo de este inteligente grupo teatral santafesino, se mezclan la vida y la muerte, lo real (¿y qué es, al fin de cuentas, lo real?) y lo imaginario, el consciente y el inconsciente, el mundo de los sentidos tradicionales con el de otros que no lo son tanto, la alucinación y el delirio, el tormento y una extraña y corrosiva paz. Las mujeres de esta historia son solitarias, dolientes y transitan el mundo en busca de sí mismas. Realizan un ácido viaje de introspección, no poco escarpado, de la vida misma. Hay fantasmas que las rodean, jóvenes algunos de ellos, por momentos tan espectrales como el ámbito en el que se desplazan, un lugar que es un mundo entre los mundos, reacio al amor y al deseo pero buscándolos, donde todo se perpetúa entre ilusorios personajes que tal vez no hayan pertenecido nunca a la vida y donde pasado y futuro conjuran sus hebras en un manto resbaladizo y fuertemente bello.

Desde la dirección general del espectáculo, Norma Cabrera articula un trabajo en el que se va entretejiendo la malla de los deseos y el amor. Con el talento que la caracteriza, con su imaginación que corre, con su capacidad creadora, transforma el espacio del Foro Cultural y mediante recursos técnicos de vanguardia permite que nosotros, desde nuestra cómoda ubicación, seamos testigos de todo lo que pasa. En escena y por todos los rincones, a partir de la utilización de cámaras que registran las situaciones de todas estas mujeres y sus conflictos de relación, Cabrera crea un nuevo espacio escénico, en varias dimensiones, para enriquecer su propuesta.

Andamio Contiguo deslumbra con una magia interior que crepita largamente y que se exterioriza en una totalidad enriquecida por un juego de luces secretas y atroces y también fulgurantes. El texto constantemente chisporrotea, entre muecas de dolor y este grupo vuelve a dar testimonio de que el teatro es también una hoguera donde el fuego consume, sin extinguirse o menguar nunca en su fuerza. El exquisito vestuario de Cecilia Mazetti remite a tiempos pasados, con altas dosis de buen gusto en el diseño y la realización, del mismo modo que sus intensas coreografías. La inteligente escenografía y la iluminación de Silvia Debona apuntalan una propuesta en la que el trabajo actoral es eje de indiscutible protagonismo. Ahí están Daniela Arnaudo, Carolina Cano, Claudia Correa, Silvia Debona y Cecilia Mazzetti con gestos, actitudes, rictus de extrañeza o miradas de desconsuelo que surgen de sus rostros y de sus cuerpos, que también hablan y dicen. De sus dolores, de sus miedos, de su sensibilidad no ajena a la ternura, mudables en sus estados de ánimo.

Las referencias de las mujeres emancipadas de los años 20, las primeras en fumar y cortarse el pelo a la garçon están allí para incorporar al espectáculo el tema de los cambios registrados en la figura de la mujer y, especialmente, en su inteligencia. La minuciosa recreación de la estética de aquella época es perfecta y aporta mezcla de tonalidades y atmósferas. Es asimismo un hallazgo de estética invalorable la cuidada música, integrada por los tangos “A little yearning” (Un poco de ansias), cantado por Ute Lemper y el cantado en ruso “Govori mne o liubvi” (Háblame de amor); “Bachelorette” (Soltera), interpretado por Björk; “The part you throw away” (La parte que desperdicias), a cargo de Ute Lemper, entre otras. Aquí no hay cartas, como en el material que da origen al trabajo, sino cámaras de seguridad. Y el palacio es una academia de danza en la que, si el espectador tiene la cabeza abierta, hasta se pueden tomar clases.