Edición del Sábado 02 de julio de 2011

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Aquellos carnavales   - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

Aquellos carnavales

Manuel Adet

El carnaval fue la gran fiesta popular de los argentinos durante décadas. La fiesta se celebraba en todos lados: en las grandes ciudades y en los pueblos más pequeños, en los barrios populares y en los de las clases altas, en los modestos clubes y en los más selectos. Los niños y los grandes, las mujeres y los hombres se sumaban al jolgorio. La ceremonia tenía sus ritos y exigencias. Empezaba a la tarde con los juegos con agua, continuaba a la nochecita con los corsos y concluía a la noche con los grandes bailes que se extendían hasta la madrugada. Eran días y noches de fiesta y de alegría colectiva. Entonces nadie podía excluirse, quedarse afuera. El carnaval se imponía para todos. Eran los famosos cuatro días locos que nos recordará Alberto Castillo en una divulgada marcha escrita por Rodolfo Sciammarella, el autor de “Besos brujos”, “Llevátelo todo” y “De igual a igual”.

Semejante manifestación popular no podía ser ignorada por la literatura y la música. Mucho menos por el tango. El carnaval fue una fuente de inspiración de los poetas y también -hay que decirlo- una fuente de trabajo para las orquestas de tango que esas noches no se daban abasto para atender los compromisos artísticos. Las grandes formaciones musicales de esos años trabajaban todos los fines de semanas, pero la gran temporada era la del carnaval, cuando los requerimientos se multiplicaban y una misma orquesta podía tocar en tres o cuatro clubes distintos la misma noche.

Los corsos entonces se realizaban en todos los barrios y en todas las calles importantes de cualquier ciudad de la Argentina. Las carrozas, las comparsas - luego las murgas- y las mascaritas animaban la noche. Se jugaba con agua durante el día, pero a la noche lo que predominaba eran las serpentinas y el papel picado.

La fiesta continuaba luego en los bailes, en los grandes bailes del carnaval de antaño. En Pompeya, en Villa Lugano, en Caballito o en Flores, pero también en Palermo, Olivos, Belgrano, San Isidro y San Fernando. Los bailes del carnaval del Tigre Hotel fueron famosos, como famosas fueron las orquestas que los animaban y las historias de amor que allí se tejieron a orillas del río. También fueron célebres las fiestas que Alfredo Demarchi brindaba en su palacio de San Fernando. Jorge Luis Borges recuerda los bailes del Hotel “Las Delicias” de Adrogué y en su extraordinaria novela “El sueño de los héroes” Adolfo Bioy Casares sitúa a los personajes en una prolongada y fatídica noche de carnaval. Las fiestas del Jockey Club y el Club “El Progreso” eran las preferidas de las clases altas, pero los bailes en Liniers, en San Telmo o en Villa Soldatti no eran menos importantes. A las pistas y salones de baile se sumaban las grandes salas de los teatros, como las del Politeama y el Ópera.

A los bailes del carnaval las mujeres asistían vestidas de punto en blanco y lo que las distinguía, lo que a las jovencitas en particular le otorgaba un singular encanto, un sugestivo misterio, era el clásico antifaz. Por su parte los hombres vestían rigurosos traje y corbata que en los salones de las clases alta adquiría forma de smoking o frac. En ese escenario de fiesta el tango era rey y señor. Sin embargo, sus letras no se sumaron así nomás al jolgorio. El carnaval para el tango es una fiesta, pero en esa fiesta brilla como contraste la soledad, las penas de amor, el engaño y, a veces, la esperanza.

Justamente lo que distingue a la poética del tango es el esfuerzo de sus autores por trabajar el contraste entre la alegría y el dolor, entre la risa y el llanto. El antifaz seduce pero siempre oculta algo; el arlequín, como en el tango de Discépolo, sufre; la risa del payaso no alcanza a disimular su tristeza, como ocurre en el tango de Emilio Falero “Ríe payaso”, cantado por Gardel pero muy bien interpretado por Héctor Mauré.

Hay muchas letras de tango referidas al carnaval -tal vez demasiadas- pero a pesar de sus inevitables variaciones la constante es esa tensión que se expresa, por ejemplo, en el tango “Sus ojos se cerraron” de Alfredo Lepera, que Carlos Gardel grabó con la orquesta de Terig Tucci en marzo de 1935. Dice allí: “Y el carnaval del mundo gozaba y se reía, burlándose el destino se robó mi amor”.

Un tango notable es “Esta noche en Buenos Aires” escrito por Silva Cabrera y musicalizado por Angel D’Agostino y que Angel Vargas interpreta con su habitual encanto. El poema es singular porque el personaje que evoca el carnaval está refugiado en una estancia. Solo, apenas acompañado por una radio, evoca a su amor que esa noche irá a la fiesta y probablemente lo olvide. Lo curioso de estas letra no es tanto su nostalgia, como la incógnita de ese porteño: “Y yo estoy solo aquí en esta estancia, donde todo es triste, donde sufro tanto” ¿Qué hace allí? ¿Está enfermo? ¿O esta perseguido por la ley? En cualquiera de los casos la deliberada ambigüedad del poema es una de las claves de su belleza.

El antifaz, la colombina, la marquesa o la muchacha que llega el baile con mantón de Manila, protegida u oculta por el antifaz, posee un singular encanto. La mujer adquiere la seducción del misterio. Baila, se desliza como un hada, sonríe, se pasea solitaria por los jardines del parque enrtre las flores y las palmeras o suspira bajo la luz de la luna en los balcones de los salones del club.

El tango de Alberto Munilla y Orlando Romanelli escrito en 1930 e interpretado como los dioses por Alberto Vila con guitarras, se llama precisamente “Sacate el antifaz”. Dice en el estribillo: “Sacate el antifaz, marquesa de Trianón, quiero mirar tu faz y darte el corazón, debe de ser un sol tu rostro angelical, te ruego por favor, sacate el antifaz”.

No es muy diferente lo que le pide el hombre en “Siga el corso”, ese bellísimo tango escrito por Francisco García Jiménez y grabado por Gardel. El poema está muy bien escrito, pero su rasgo más notable es el ritmo, el movimiento de las palabras, como si ellas mismas estuvieran en el baile. “Decime quién sos vos, decime dónde vas, alegre mascarita que me gritas al pasar: ¿Qué hacés, me conocés? ¡Adiós... Adiós... Adiós... Yo soy la misteriosa mujercita que buscás”. Y acá llega el pedido del hombre. “¡Sacate el antifaz, te quiero conocer! Tus ojos por el corso van buscando mi ansiedad ¡Tu risa me hace mal! ¡Mostrate como sos! ¡Detrás de tus desvíos todo el año es carnaval!”.

La versión grotesca lo constituye el olvidable tango de Reynaldo Yiso y Abel Aznar “En el corsito del barrio” Conozco la interpretación de Julio Sosa. Se lo puede escuchar, pero no es lo mejor de él. Mucho más interesante es “Cascabelito” de Juan Andrés Caruso, interpretado por Angel Vargas y Florindo Sassone con la voz de Oscar Macri. En este poema se destaca otro rasgo del carnaval: la risa de la mujer, la risa delicada o burlona, pero la risa siempre sonando como un cascabel.

“Serpentina de esperanza” de Afner Gatti y José Canet es un excelente poema carnavalero: “Esta noche estás linda como nunca, mi romántica princesa de papel, y en el brillo de tus ojos va la luna, cuando pasas en tu raro carrousel”. Angel Vargas interpreta este tango con su conmovedora dulzura. “Melenita de oro” de Samuel Linning, “Carnaval” de Francisco García Jiménez, “Carnaval de mi barrio” de Luis Rubistein, cantado por Mercedes Simone, son letras que merecen destacarse porque en todas ellas se observa ese esfuerzo por otorgarle una poética singular al carnaval, una poética que no se resigna a aceptar la alegría por decreto; o que advierte que la fiesta no oculta, ni siquiera disimula, la pena del hombre solitario, la desdicha del hombre engañado. Como dijera un cronista nocturno: Nada hay más triste, más melancólico que esa hora de la madrugada cuando la fiesta del carnaval ha concluido y en la calle o en el salón quedan los despojos, los restos del banquete bañado por la luz pálida e inmisericordiosa del amanecer.

 

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