Figura de la cumbia santafesina

La despedida de un León romántico y rebelde

El santotomesino Leo Mattioli falleció ayer cerca de cumplir los 39 años, cargando casi dos décadas en la música, primero como cantante del Grupo Trinidad y luego como solista. La muerte lo alcanzó finalmente, tras haber sobrevivido a un accidente automovilístico y varias crisis cardiorrespiratorias.

La despedida de un León romántico y rebelde

 

 

Ignacio Andrés Amarillo

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Leonardo Guillermo Mattioli nació el 13 de agosto de 1972 en Santa Fe, pero fue Santo Tomé la ciudad a la que asoció toda su vida; el obvio apodo de Leo le llegaría rápidamente. Con el correr del tiempo pasaría a convertirse en León: “el León romántico”, según el estilo de sus letras, o “el León santafesino”, cuando llevaba con orgullo la bandera de la cumbia santafesina por todo el país: desde Los Palmeras para acá, incluyendo a artistas como Pancho o el propio Leo, la versión santafesina del género colombiano era, además de la más antigua del país, muy respetada entre los cultores del género.

A los 20 años, comenzó a cantar en el Grupo Trinidad, con el que compartió los escenarios y las grabaciones durante siete años. Después, como varios colegas suyos, decidió capitalizar la popularidad ganada y comenzó su carrera solista en noviembre de 1999, editando un disco de título hoy sugestivo: “Un homenaje al cielo”: ese sería el comienzo de una carrera de 16 placas, algunas de ellas en vivo.

Noches de oro

Ahí nomás la Parca le suspiró en la nuca: el 15 de enero de 2000 tuvo un grave accidente automovilístico que lo dejó en estado crítico. En el mismo perdieron la vida Sergio Reyes (tecladista) y Darío Bevegni (acordeonista), dos de los sus compañeros en el Grupo Trinidad.

De esa traumática experiencia le quedó un consumo crónico de medicamentos, que sumó a un tabaquismo pertinaz y a los excesos que conlleva la vida nocturna y frenética. Su figura comenzó a rellenarse, pero nunca perdió su estilo: la sobria combinación de camisa negra, saco sport y jeans o pantalón de vestir se matizaba con un particular gusto por el oro, que usaba en anillos, brazaletes y colgantes.

Mismo estilo que trasladó a su morada, que eligió construir en su Santo Tomé, ornada con leones de mampostería, para que nadie dude quién vivía ahí. Allí gustaba de recibir a sus amigos para comer un asado, celebrar un cumpleaños o planear algún nuevo proyecto, como la carrera musical de su hijo Nico, al frente de “la Banda del León”. El mismo Nico que le escribiría “Leo Mattioli, mi viejo”.

Vida acelerada

La salud volvería a resentírsele: cuando la sociedad comenzaba a saber lo que era la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (Epoc) a partir de la tragedia de Sandro, se anunció que Mattioli tenía un principio de la misma, debido a un cigarrillo que sus médicos nunca pudieron sacarle: lo consideraban “un rebelde”, un paciente difícil de tratar, sumado a un estilo de vida que aumentaba el riesgo (“por ahí se levantaba el lunes a la mañana y dormía ocho horas recién el martes a la noche”, declaró el doctor Martín Maillo, uno de los profesionales que supo atenderlo.).

Así, supo ser inquilino varias veces de la Clínica de Nefrología de Santa Fe y del Sanatorio 7 de Marzo de su ciudad, que tuvieron que organizar conferencias de prensa como los sanatorios porteños cuando alojan a una celebridad.

Sin embargo, fue el hospital municipal Dr. Emilio Ferreyra de Necochea el último efector en recibirlo, ya sin vida. Fuentes médicas declararon que su deceso se produjo a las 12.07, tras un paro cardiorrespiratorio en el hotel Gala de aquella ciudad, tras ser atendido por Nico. Como en la fábula árabe, la muerte lo aguardó lejos de su ciudad: sólo ella pudo domar al León rebelde.

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fotos. archivo el litoral

Amor que duele

Sus seguidores (y él mismo) gustaban de posicionarlo como “el más romántico” de la escena tropical. Pero era un romántico a su manera. Sus letras era desgarradas y sin eufemismos en materia sexual, un poco a la manera de algunos textos de Cacho Castaña o de Ricardo Arjona.

Por ejemplo: “Y aunque te duela, solo eres para él una cualquiera que reemplaza en la cama. (“Aunque te duela”); “Ella es tan bella y tan joven a la vez/el hombre algo sencillo y supo esperar muy bien/el fue todo un caballero y le enseño a ser mujer/ella espera todo el día una llamada de él” (“Amantes desiguales”).

Fascinó a multitudes con historias duras de abandono, de engaño, contada a veces de un lado, a veces del otro, a veces visto desde afuera. Nada hay de platónico en sus letras: sus personajes viven la pasión en estado puro, el objeto amado y deseado se le roba a alguien o es robado por otro: y el que abandona lo hace generalmente arrobado por una nueva infatuación. Así, se forma un triángulo en el que abandonado se jacta de que nadie sabrá tratar a la mujer como él (en la cama, se entiende), “el nuevo” piensa que nadie la trató como él, y la mujer duda y prueba, seduciendo a hermanos y mejores amigos.

“El tiene que saber / que nos revolcáramos en el amor / la noche entera y te gustaba como lo hacía yo, de mil maneras” (“Conmigo te gustó”); Quise tanto evitarlo, no podía pensando que engañaba a mi hermano / que me daba vergüenza tu mujer en mis manos (“Tu mujer en mi cama”);“La mujer de mi amigo mas fiel / está conmigo aquí a solas / La mujer de mi amigo más fiel / dice quererme a mi, ahora” (“La mujer de mi amigo mas fiel”); “Me ha contado una amiga tuya que no la pasas bien / con ese payaso que tienes tratando de querer. / Me confesó que no te hace el amor más de una vez, / ni debe saber besarte donde vos ya sabés. / Me contó que extrañas mis besos y mi forma de amar, / mis juegos al apagar las luces queriéndote encontrar” (“Con él no soportás”).