Revelan enigmas en la lápida de Borges

Natalia Kidd

(EFE)

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Frente de la lápida de Jorge Luis Borges en el cementerio de Ginebra.

La lápida de la tumba de Jorge Luis Borges en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra, esconde varios misterios, desde leyendas en antiguas lenguas hasta grabados sajones y vikingos, de íntima y profunda relación con la vida y la obra del célebre escritor argentino.

Estos enigmáticos elementos han sido rastreados y escudriñados en su significado por el investigador argentino Martín Hadis, quien reflejó su trabajo en el libro “Siete guerreros nortumbrios”, que acaba de editar Emecé en la Argentina.

El título hace referencia a la figura principal que aparece en la pétrea lápida de la tumba de Borges (1899-1986) en el cementerio de Ginebra, esculpida por el argentino Eduardo Longato según un diseño hecho por la viuda del escritor, María Kodama, quien escogió elementos que fueron significativos para el autor de El Aleph.

“Es un monumento con muchos niveles de significado. La selección de los elementos de la lápida, profundamente ligados a la historia personal de Borges y con un amplio valor referencial hacia sus fuentes y sus obras, cumple con creces el objetivo de recordarlo”, asegura Hadis.

Los “siete guerreros” de la tumba de Borges fueron tomados de una lápida del siglo IX hallada en Inglaterra y la imagen conmemora un ataque vikingo a un monasterio en la isla de Lindisfarne (Nortumbria) en 793.

Borges, un apasionado por lo vikingo y lo sajón, menciona a los “siete guerreros” de la lápida en su obra Literaturas germánicas medievales (1966) y asociaba este ataque con la Batalla de Maldon, acaecida en 991 en Essex.

En su anverso, la lápida de Borges también contiene el nombre grabado del escritor y una frase en inglés antiguo, extraída de un poema sajón sobre la Batalla de Maldon, traducida como “y que no temieran”, una alusión al coraje que el escritor tanto admiraba como cualidad en otras personas.

“El combate de Maldon, a Borges le recordaba la íntima discordia entre sus dos linajes, el inglés, culto y erudito, por un lado, y el criollo y marcial, por otro. Y encontrar algo bélico y sajón al mismo tiempo fue como cerrar esa discordia”, explica Hadis.

Borges, que así halló una fusión entre lo bélico y lo anglosajón, empezó a estudiar inglés antiguo cuando se quedó ciego, hacia 1955, cuando es nombrado director de la Biblioteca Nacional argentina y junto con un grupo de estudiantes aprende e investiga profundamente esa lengua y la literatura anglosajona.

“Alguna vez pensé que mi destino de mero lector era pobre. Ahora, a los 70 años, he dado en sospechar que haber leído y releído la Balada de Maldon es quizá una experiencia no menos vívida y valiosa que la de haber batallado en Maldon”, dijo alguna vez Borges.

También en el anverso de la lápida hay una cruz celta, que remite a la cruz de Gosforth, erigida en Inglaterra en el siglo X por descendientes de vikingos y que en su columna, de cuatro metros, contiene grabadas escenas de tradiciones paganas y cristianas.

“Esto remite al cristianismo anglosajón de Borges, que no fue un hombre de fe pero continuó buscando una certeza religiosa hasta el fin de sus días. Era agnóstico pero no ateo y así se convirtió en un peregrino de muchas religiones”, dijo Hadis, quien recordó los antepasados metodistas del autor de Ficciones.

En el reverso de la lápida están grabadas dos frases y un barco vikingo.

Una de las frases está escrita en escandinavo antiguo y, traducida, dice: “Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada”, tomada de la Volsunga Saga, texto islandés de finales del siglo XIII que relata la historia del héroe germánico Sigurd y que Borges menciona en su obra.

“Borges atribuye su amor a lo escandinavo a que su padre le regalara cuando él tenía 10 años un ejemplar de la Volsunga Saga”, explica Hadis, quien señala a esta obra como “inspiradora” del cuento “Ulrica”, de Borges, texto que en su epígrafe contiene la frase grabada posteriormente en la lápida.

El navío vikingo representa el “viaje a la eternidad” y fue tomado de una de las llamadas “piedras ilustradas” de la isla de Gotland, Suecia.

La otra frase es la dedicatoria “De Ulrica a Javier Otárola”, nombres de los personajes del cuento “Ulrica” y que secretamente utilizaban Borges y Kodama para llamarse entre si.

“La lápida, desde el punto de vista estético y de significado, por su simpleza aparente y su complejidad secreta, por el vasto poder referencial de los símbolos y alusiones talladas en la roca, es un monumento realmente extraordinario, afín a muchos cuentos de Borges”, sintetiza Hadis.

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Reverso de la lápida.