Edición del Miércoles 31 de agosto de 2011

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El Partido Socialista Independiente - Opinión Opinión

Crónicas de la historia

El Partido Socialista Independiente

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De Tomaso, Juan B. Justo y Dickman.

Rogelio Alaniz

A los pocos días de las elecciones primarias del 14 de agosto, el legislador del PRO, Federico Pinedo, sugirió que la oposición debería apoyar la candidatura de Hermes Binner. La sugerencia dio lugar a que desde las usinas oficialistas se hablara de la resurrección del Partido Socialista Independiente (PSI), la formación política que en en agosto de 1927 se escindió del viejo tronco socialista bajo el liderazgo de Juan B. Justo.

Los líderes históricos del PSI fueron Antonio De Tomaso y Federico Pinedo, abuelo del actual legislador del PRO. La ironía kirchnerista no fue inocente, porque se trata del partido que apoyó el golpe de Estado de septiembre de 1930 contra Hipólito Yrigoyen, y en las elecciones de noviembre de 1931 integró junto con los conservadores y radicales antipersonalistas la coalición liderada por el general Agustín Justo, conocida con el nombre de Concordancia.

El PSI participó en aquel acuerdo con dos ministros emblemáticos: De Tomaso en Agricultura y Pinedo en Hacienda. El partido como tal fue perdiendo gravitación a lo largo de la década del treinta y sus principales dirigentes se fueron sumando a las filas conservadoras, algunos regresaron al viejo socialismo de Justo y Repetto y un señor llamado Roberto Noble se desempeñó como colaborador de Manuel Fresco, diez años antes de fundar el diario “Clarín”, su principal y trascendente proyecto editorial.

La historia fue muy dura con los llamados “libertinos”, apodo relacionado con el nombre de su periódico oficial “Libertad”. Lo más liviano que se dijo de ellos es que fueron unos tránsfugas. Su pasaje a la derecha y su posterior desaparición política los colocó en el bando de los derrotados y, ya se sabe que la historia no suele ser piadosa con quienes no supieron sobrevivir a sus propios desafíos.

Un escritor tan curioso y amplio como Félix Luna les otorga uno que otro comentario marginal que no excluye el adjetivo duro y descalificador. Para los historiadores de la izquierda nacional, representaron la lógica del viejo Partido Socialista llevada hasta sus últimas consecuencias. Tanto Abelardo Ramos como Hernández Arregui no vacilaron en calificar al socialismo de Justo como un partido vendepatria, motivo por el cual el depósito de adjetivos para el PSI estaba agotado.

A principios de la década del ochenta, Horacio Sanguinetti publicó un libro llamado “Los socialistas independientes”. Es el único documento histórico referido a esa experiencia política. No tengo noticias de que luego se haya escrito algo parecido. Se sabe que hubo un intento de publicar las memorias de De Tomaso, pero el proyecto no prosperó y es posible que los documentos se hayan perdido.

El propio Pinedo, que escribió sobre su protagonismo como político y economista, habla muy poco del PSI, como si le molestara recordar sus años de socialista cuando viajaba a Europa y conversaba con Rosa Luxemburgo, Bernstein, Kautsky y Kerenski. Es que el PSI fue eclipsado por la figura de Federico Pinedo del cual lo que más se sabe a nivel popular es que fue el ministro de Justo que se peleó con Lisandro de la Torre en el célebre debate de las carnes.

El lugar de Pinedo en esa polémica no fue el del héroe sino el del villano. Fue él quien lo empujó a don Lisandro -treinta años más joven que él- y dio lugar con su agresión a la intervención de Enzo Bordabhere, quien fue asesinado a tiros por un matón de los conservadores que respondía al nombre de Valdés Cora.

El crimen en el Senado y el fraude electoral de la década del treinta fueron dos estigmas que marcaron para siempre a los conservadores y, muy en particular, a la imagen de Federico Pinedo. En la vida real, todas estas afirmaciones pueden relativizarse, pero en la memoria popular lo que quedó en limpio fueron aquellos acontecimientos. En ese contexto, se entiende que el PSI haya sido arrojado al basurero de la historia y que se lo recuerde como sinónimo de traición y capitulación política.

Sin embargo, ese partido tuvo su momento de gloria y despertó adhesiones y simpatías amplias y calificadas. La lucidez de De Tomaso era una virtud que le reconocían hasta sus adversarios más enconados. Algo parecido puede decirse de Pinedo. Los dos fueron elegidos legisladores cuando aún no habían cumplido los veinticinco años. De Tomaso en 1914 y Pinedo en 1919. De Tomaso acompañó a Repetto en las elecciones de 1922 y un año antes fue el legislador que promovió una comisión investigadora para determinar las responsabilidades de la masacre obrera en la Patagonia.

A su acerada inteligencia le sumaba una inusual capacidad de negociación y una cultura amplia y consistente que le permitía lucirse en todos los escenarios. Cuando murió tenía 44 años y era el ministro estrella de Justo. Pertenecía al riñón íntimo del socialismo. Las hermanas Chercoff -las esposas de Justo, Repetto y Dickman, el temible clan Cherkoff- lo defendieron hasta el último momento.

De Tomaso fue el ideólogo de la escisión, el hombre que programó un Partido Socialista con voluntad de poder, una socialdemocracia aliada a un conservadorismo liberal no muy diferente del que había conocido en Suecia. No le fallaron la inteligencia ni la voluntad de poder, pero le falló la salud y su muerte fue el principio del fin de aquella singular experiencia política.

Federico Pinedo era un “niño bien”, nieto de un ministro de Juan Manuel de Rosas e hijo de un conservador cuyo estudio jurídico en sociedad con Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña, fue el más prestigioso del Buenos Aires de fin de siglo y -según las malas lenguas- el que mejor defendía los intereses británicos en el Río de la Plata.

Desde adolescente, Pinedo fue ponderado por su genio. Sus exámenes en Derecho convocaban a multitudes de estudiantes. Su pedantería estaba a la altura de su inteligencia. Se dice que él y Justo fueron los únicos socialistas que estudiaron “El Capital” de Marx. Su versatilidad en economía y finanzas lo transformó en el principal cuadro político del socialismo. Carecía de la simpatía de Antonio De Tomaso, pero su inteligencia hacía que su presencia fuera insoslayable. Algo parecido puede decirse del escritor Roberto Giusti y González Iramain, sobrino de Joaquín V. González. O de quien fuera presidente de la FUA en el momento del golpe: Raúl Uranga.

EL PSI gravitó exclusivamente en Capital federal. En 1929 ganó las elecciones legislativas en la ciudad y se constituyó en el principal referente de la oposición a Yrigoyen. Fueron sin duda los animadores del golpe de Estado del 6 de septiembre, los que le dieron letra y fundamento doctrinario a la asonada. Fueron los promotores intelectuales, pero no sus beneficiarios directos porque su acuerdo político era con Justo y no con Uriburu.

Los motivos de la división partidaria fueron diversos. Las diferencia eran visibles desde hacía tiempo, pero se aceleraron a partir de 1924. El casamiento religioso de Pinedo con una señorita de la alta sociedad fue uno de los sucesos que escandalizó la moral del rígido partido de Justo. Por su parte, De Tomaso fue criticado porque su buffet de abogado defendía a empresarios, pero lo que provocó más indignación fue la defensa que hizo del concesionario del Teatro Colón.

Según el dirigente obrero Joaquín Coca -autor de un interesante libro titulado “El contubernio”- las diferencias más importantes se daban entre una burocracia de legisladores integrada por abogados e intelectuales y los nuevos diputados de origen popular y obrero. De todos modos, la gota que rebalsó el vaso se produjo cuando Juan B. Justo acordó con Yrigoyen no apoyar la intervención federal a la provincia de Buenos Aires promovida por los radicales antipersonalistas y los conservadores. No era un tema menor. Ayer como hoy, el que controlaba ese territorio controlaba las elecciones nacionales. La maniobra fracasó gracias al acuerdo entre Yrigoyen y Justo, pero también gracias a la decisión de Alvear de no ceder a las presiones de sus correligionarios antipersonalistas

Por último, hay que decir que los socialistas de Justo habían sido firmes opositores de los gobiernos radicales, pero no estaban dispuestos a sumar el partido en una coalición con los conservadores. Por su parte, los “libertinos” entendían que si realmente lo que se deseaba era un partido de masas, con real vocación de poder, era necesario dejar de lado la rigidez moral y doctrinaria y abrir el partido a otros acuerdos. Ser pragmáticos, como se diría hoy. El desenlace es conocido. En las elecciones de 1931 los pragmáticos del PSI fueron con el general Justo y los principistas del socialismo se aliaron con Lisandro de la Torre. Las diferencias abandonaban el cielo donde moran las almas puras para regresar a la tierra y alinearse en causas perfectamente definidas.



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