Edición del Miércoles 05 de octubre de 2011

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El asesinato de Silvio Frondizi - Opinión Opinión

crónicas de la historia

El asesinato de Silvio Frondizi

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Silvio Frondizi. El 27 de septiembre de 1974, un comando de las Tres A ingresó a su departamento de calle Cangallo, lo sacó a la fuerza, lo trasladó hasta los bosques de Ezeiza y lo fusiló a quemarropa. Foto: Archivo El Litoral

Rogelio Alaniz

Fue un día de sol. Un viernes si no me equivoco. Salía del comedor universitario y casi en la puerta un amigo me avisó que acababan de asesinar a Silvio Frondizi. La información era incompleta, pero la conclusión no dejaba lugar a dudas: un comando de las Tres A había ingresado a su departamento de calle Cangallo y lo habían sacado a la fuerza.

Después nos enteramos de que lo trasladaron hasta los bosques de Ezeiza donde lo fusilaron a quemarropa.

Arturo, su hermano, reconoció el cadáver en el Hospital de Ezeiza. Dijo que estaba desfigurado y tenía los brazos deshechos. Según el informe de los peritos, le dispararon cincuenta y dos tiros. Los sicarios de las Tres A aseguraban su trabajo. Todos los crímenes de los soldados de Isabel y López Rega tenían un componente de terror. Mataban, pero la puesta en escena era aleccionadora.

Lo hacían a la luz del día o en el centro de la ciudad. El mensaje era claro: estamos autorizados a matar y nadie lo puede impedir. A Rodolfo Ortega Peña lo asesinaron en una esquina céntrica; a Julio Troxler lo secuestraron y le hicieron vivir la pesadilla de los basurales de León Suárez, es decir, lo dejaron correr y después hicieron blanco sobre su cuerpo. Esta vez no le erraron. Y el militante que no pudo ser asesinado por la Revolución Libertadora terminó abatido por las balas del gobierno peronista.

Todos eso crímenes tenían ese componente de impunidad que los hacía más estremecedores. Todos. Pero el asesinato de Silvio Frondizi fue el más salvaje. Un viernes a mediodía una multitud circula por calle Cangallo. Buenos Aires a esa hora se desborda de gente, autos y colectivos. Ese fue el momento que eligieron los sicarios para proceder. Cangallo fue declarada zona liberada. Tres autos cerraron la cuadra y dos estacionaron frente a la casa. Cuatro o cinco hombres subieron hasta el departamento donde Frondizi vivía con su esposa, Pura Sánchez Campos. A esa hora los acompañaban sus dos hijos, Isabel y Julio, y su yerno, Luis Alberto Mendiburu, docente universitario y militante de la JUP. El otro testigo fue su nieto de seis meses.

Los asesinos no perdieron el tiempo en delicadezas. Golpearon la puerta y cuando Frondizi intentó abrir, empujaron, lo redujeron y lo bajaron. No les costó mucho trabajo: se trataba de un hombre de casi setenta años. Su yerno salió detrás de ellos y cuando se asomó a la calle le dispararon desde la vereda de enfrente. El joven murió horas después en el Hospital Italiano. El hijo de Frondizi se asomó al balcón con un revólver calibre 22. Disparó y pinchó la goma de un auto que luego fue abandonado a pocas cuadras. La caravana de la muerte enfiló rumbo a los bosques de Ezeiza. Nadie intervino, nadie dijo nada, ningún policía se acercó a ver lo que estaba pasando. Perón había muerto el 1 de julio de ese año, pero sus herederos hacían muy bien su trabajo.

Esto ocurrió el 27 de septiembre de 1974. Sucesos de ese tipo habían empezado a ser habituales. Ese año las Tres A habían asesinado a Rodolfo Ortega Peña, al padre Carlos Mujica y a Cuqui Curutchet. Los Montoneros y el ERP pagaban con la misma moneda. A los que quedábamos en el medio no nos quedaba otra alternativa que agacharnos para esquivar las balas.

A Silvio Frondizi lo conocí en la facultad de Derecho dos años antes, cuando dictó una conferencia en el aula Alberdi que luego continuó en el Paraninfo de la Universidad. Un mes después, con un amigo cuyo nombre no quiero acordarme, lo visité en su departamento de Cangallo, el mismo que luego sería testigo de la tragedia. Nos recibió en su escritorio y lo que más recuerdo es el cuadro de Carlos Marx colgado en la pared.

No importa lo que conversamos esa tarde. Frondizi era un hombre que sabía ejercer con discreción el poder intelectual que ostentaba. El hombre que conversaba con nosotros había conversado de igual a igual con el Che Guevara y se decía que algunas de las declaraciones de Guevara sobre los problemas del socialismo en la URSS provenían de aquella relación.

No era parecido al hermano, pero era un Frondizi: alto, algo desgarbado, los lentes severos, lenguaje estricto y riguroso, con ese inevitable toque de pedantería que distingue a los intelectuales forjados en el mundo académico. No era parecido al hermano, pero el tono de voz, cierta manera de expresarse daban cuenta de un inevitable aire familiar. Para Arturo Frondizi, Silvio era “el loquito lindo de la familia”, calificación un tanto insolente, sobre todo si se tiene en cuenta que durante la adolescencia y la juventud compartieron interesantes afinidades intelectuales.

No exagero si digo que Silvio Frondizi fue uno de los intelectuales de izquierda más prestigiado de su tiempo. Sus libros daban cuenta de un pensador original y creativo. “La integración mundial del capitalismo”, anticipaba temas tales como la globalización. Si el capitalismo analizado por Marx es el de la libre concurrencia y el de Lenín refiere a su etapa imperialista y monopólica, él teoriza acerca de una tercera etapa referida a la integración del mercado mundial.

Frondizi llega al marxismo desde el humanismo liberal. Mientras la clave del pensamiento político clásico de su hermano Arturo fue Maquiavelo, para Silvio el paradigma fue John Locke. Su marxismo intenta compatibilizar el humanismo, con la libertad y la constitución de un nuevo orden social modelado en clave socialista. “El dilema actual consiste en saber si se está o no con la universalización de la libertad”, escribe.

La libertad del hombre y la emancipación del género humano, ese es el desafío que se resuelve a través de la praxis y su clave interpretativa, la totalidad. En síntesis, podría decirse que el pensamiento de Silvio Frondizi articula una teoría de la emancipación humana, una teoría de la política y una teoría del autogobierno. Indaga sobre las claves institucionales de un nuevo orden social y se interesa por la autogestión yugoslava, las comunas chinas y los comités populares cubanos.

Hoy sabemos que cualquiera de esta alternativas conducen al fracaso, a callejones sin salida o no son más que el enmascaramiento de proyectos totalitarios. Hace cuarenta años no era tan fácil arribar a esas conclusiones. De todos modos, no dejan de ser interesante sus especulaciones acerca de los poderes municipales y la democracia local, un tema que lo desvelaba desde sus tiempos de docente en la Universidad Nacional de Tucumán.

Justamente, fue en esa casa de estudios -que en su momento recibió a intelectuales de la talla de Rodolfo Mondolfo y Manuel García Morente- donde Frondizi inició sus investigaciones políticas y sociales. En 1943 fue dejado cesante por los golpistas del 4 de junio, cesantía que se prolongó hasta 1958. En 1956 funda el “Grupo Praxis”, un emprendimiento intelectual destinado a capacitar cuadros teóricos de izquierda. “Praxis” duró cuatro años. No obstante ello, fue una de las experiencias teóricas más interesantes de la izquierda argentina. Hace unos años el escritor Horacio Tarcus publicó un libro titulado “El marxismo olvidado”, para referirse a dos grandes teóricos de la izquierda: Milcíades Peña y Silvio Frondizi, intelectuales de valía que ajenos a los aparatos partidarios y las roscas políticas, se esforzaron por pensar en clave marxista los grandes dilemas de la Nación.

Este intelectual respetado en América latina y en Europa, este empecinado defensor de presos políticos, fue asesinado por las Tres A comandadas por el comisario Villar y los subcomisarios Juan Ramón Morales y Rodofo Eduardo Almirón. Frondizi estaba advertido sobre el fin que le esperaba. Ese año había sufrido dos atentados contra su estudio jurídico y el local de la revista “Nuevo Hombre” de la cual era director.

Cuando decidió defender a los guerrilleros del ERP ejecutados en Catamarca, las Tres A publicó un comunicado donde declaraba que todos ellos serían ejecutados. Frondizi rechazó las sugerencias de irse al exilio. Grueso error.

A las Tres A se la podía despreciar, pero había que tomarlas en serio. Los que lo conocen, aseguran que Frondizi no les tenía miedo. Otro error. También se decía que las Tres A no se iban a animar a matar al hermano de un expresidente. Pues bien: lo hicieron y el expresidente no protestó demasiado. Peor aún, diez años después visitó a Norma López Rega en su domicilio y no tuvo empacho en declarar que perdonaba a los asesinos de su hermano.

A Silvio lo velaron con su yerno y sus restos fueron trasladados al cementerio de la Chacarita. Encabezaba el cortejo su otro hermano, Risieri Frondizi, filósofo y ex rector de la UBA. Risieri acababa de llegar de Estados Unidos donde daba clases, para acompañar a su hermano en el último viaje. Ni el dolor, ni la investidura de los personajes impidió que la policía reprimiera el cortejo y secuestrara los féretros. Todo esto ocurría en 1974 en un país llamado Argentina.

 



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