Edición del Sábado 05 de noviembre de 2011

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El “tano” Francisco Fiorentino - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

El “tano” Francisco Fiorentino

Manuel Adet

Sus años de oro fueron con Aníbal Troilo. Desde 1937 hasta 1943 fue su cantor estrella. Al lado de Pichuco aprendió todo lo que había que saber en materia de canto. Después estuvo con Orlando Goñi, Astor Piazzolla y José Basso, pero nunca alcanzó el nivel y la calidad que adquirió con esa orquesta que todas las noches celebraba su misa tanguera en el mítico cabaret Marabú.

Con Troilo grabó alrededor de sesenta temas, sesenta y dos para ser más preciso. Allí se destacan “Tinta roja”, “Fueye”, “Barrio de tango”, “Los mareados”, “Gricel” y “El bulín de la calle Ayacucho”. Se dice que “Yo soy el tango” de Homero Expósito y Domingo Federico, fue su primer tema con Troilo y el vals “Temblando” fue el último.

Fiorentino no era un recién llegado cuando fue convocado por Troilo. Había nacido en San Telmo, el 23 de septiembre de 1905 y el que lo inició en la música fue su hermano mayor Vicente. Como Rubén Juárez, Fiorentino combinó el bandoneón con el canto. Es más, sus inicios fueron con el fueye y luego llegó el canto. Vicente le regaló el primer bandoneón y su maestro fue Minotto Di Cicco. Después con su hermano en el violín y José Martínez en el piano armaron un conjunto con el que se ganaron la vida en los cafetines, cines y teatros del Buenos Aires de los años veinte.

A sus habilidades con el fueye y la garganta, Fiorentino le suma su maestría como compositor. Temas como “Orquesta de mi ciudad” y “Pa qué seguir” son de su autoría. Sus inicios profesionales se dan en 1924, en el teatro Casino con Francisco Canaro. No lo hace como cantor sino como bandoneonista. Después integra la orquesta de Juan Carlos Cobián. Tiene apenas veinte años, pero comparte la música con los grandes ases del momento. Cobián dirige desde el piano a una línea de fueyes integrada por Petrucelli. Ciriaco Ortiz, Primiani y Fiorentino; en los violines están Elvino Bardaro, Manolo Francia y Fausto Frontera, mientras que el contrabajo está a cargo de Humberto Constanzo. Con Cobián graba para la Víctor temas como “Ladrón”, “Me querés” y “Qué juez aquél”.

Su siguiente orquesta es la de Juan D’Arienzo, cuando todavía no era el rey del compás y se lo consideraba uno de los músicos más creativos del ambiente. Con D’Arienzo actúa en el “Chantecler” y graba nueve tangos en el sello Electra. Después está la temporada con las orquestas de Angel D’Agostino y Pedro Maffia. Allí graba “Taconeando”, mientras que con la Orquesta Típica Víctor graba “Organito callejero”. En 1927 regresa con Canaro y de esa época son “Micifuz”, “Tu secreto”, “Malandrín” y “Che italiano”. En algún momento graba con Roberto Firpo “Tal vez sea mi nena”.

Fiorentino se va a ir revelando como cantor, pero su perfil será el de “estribillista”. Como se sabe, los directores de orquesta de los años veinte e inicios de los treinta estimaban que el cantor no debía interferir a los músicos o distraer a los bailarines. Su participación entonces era breve, la del estribillo. Sin embargo, Fiorentino será el primero en cantar un tema completo. El acontecimiento ocurrió en 1934. Fue con la orquesta de Roberto Zerrillo y en la ocasión Fiorentino cantó “de punta a punta” el tango “Serenata de amor”, compuesto por el propio Zerrillo y escrito por Orlando Cúfaro. A partir de ese momento, los directores de orquesta empezaron a admitir que el cantor sea uno de los protagonistas principales de la formación.

Para la década del treinta, Fiorentino ya es un cantor conocido y prestigiado en el ambiente. Ha actuado en radio Belgrano y Argentina, ha pasado una temporada en Alemania con la agrupación de Fogelman y Gorrese y ha integrado el conjunto Los Poetas del Tango, donde se destacan músicos de la talla de Antonio Rodio, Héctor Artola, Miguel Nijenshon y Miguel Bonano. En algún momento ha tenido un paso fugaz por las orquesta de Angel Rodio y Ricardo Malerba y ha actuado en la película “Viejo barrio”, dirigida por Isidoro Navarro.

El 1º de julio de 1937 se incorpora a la orquesta de Troilo y allí llega su consagración. Si se admite que la década del cuarenta es clave para la historia del tango, en esa década uno de los protagonistas centrales es el dúo de Troilo con Fiorentino. Entonces, una de las grandes satisfacciones de los amantes del tango era llegar al Marabú en el subsuelo de Maipú al 359 después de la medianoche para disfrutar de un whisky, una copa de champagne, la música de Pichuco y la voz de Fiorentino. Si, además, al espectáculo se lo podía presenciar acompañado de una dama, el placer era completo.

Cuando en marzo de 1944 Fiorentino lo deja a Troilo, se inicia su lenta declinación. Es una declinación de lujo porque lo hace acompañado por las orquesta de Orlando Goñi, Astor Piazzolla y José Basso, pero hoy puede apreciarse que ya no era el mismo, no obstante lo cual hay momentos de gloria y, además, cuenta con la lealtad de una platea cada vez más amplia. “Antes de Troilo nada; después de Troilo nada”, escribe con tono amargo Nicolás Lefcovich.

Con Piazzolla graba 22 temas. Tangos como “Si se salva el pibe” o “Corrientes y Esmeralda”, siguen siendo memorables a través de su voz que la vida nocturna y los excesos van desgastando lentamente. Se dice que diez días antes de su muerte le dijo a un amigo: “Gardel se fue en el momento oportuno; yo en cambio perdí el tren”. Se equivocaba, pero no tanto.

Cuando se fue Piazzolla, su orquesta luego es dirigida por Carlos Figari e Ismael Spitalnik. Las cosas no deben de haber ido muy bien porque en 1948 se incorpora a la orquesta de José Basso. De ese pasaje, acompañado por ese otro excelente cantor que fue Ricardo Ruiz, once tangos han quedado grabados para la historia, entre los que se destacan “Gricel”, “Mano brava” y “Tu diagnóstico”. En 1951 viaja a Uruguay para incorporarse al conjunto dirigido por el pianista José Adolfo Puglia y el bandoneonista Edgardo Pedroza. En Montevideo graba tres temas.

A partir de ese momento comienzan sus peregrinaciones por el interior del país, en teatros y clubes donde el público se convoca para escuchar a quien ya es una leyenda del tango. Sus actuaciones son modestas y poco pretenciosas. Algunas veces canta en boliches de mala muerte o entretiene al público en el cine. A fines de 1955 viaja a Mendoza.

El 10 de noviembre de 1955 canta en un baile a beneficio de la escuela Alfonso Bernal en el distrito de Los Arboles en la localidad de Rivadavia ubicada a unos 35 kilómetros de la ciudad de Mendoza. La función termina sin novedades y con unos amigos deciden regresar a la ciudad. No se sabe por qué no lo hicieron por la Ruta Nacional 7, pero ya se sabe que en estas cuestiones es el destino el que escribe el libreto.

El auto se interna por un camino de ripio. Los viajeros llevan algunas copas de más y se proponen continuar la fiesta en Mendoza donde los están esperando. La tragedia se desencadena cuando cruzan el puente Tiburcio Benegas sobre el río Tunuyán. No es ni un puente peligroso ni un río profundo. El auto a muy baja velocidad cae al lecho del río. Nadie se ha hecho nada, salvo Fiorentino que se ha golpeado y ha perdido el conocimiento con tan mala suerte que su cabeza ha quedado hundida boca abajo en un charco de agua.

Cuando la noticia llegó a Buenos Aires sus amigos no lo querían creer. “Una muerte estúpida”, dicen que dijo Troilo. Una muerte estúpida para quien fue uno de los grandes del tango y que, vaya la casualidad, a su regreso de Mendoza estaba invitado a sumarse a la orquesta de Aníbal Troilo y Roberto Grela. No pudo ser.

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