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Opinión
Edición del Miércoles 30 de noviembre de 2011

Opinión / Guillermo O’Donnell

crónicas de la historia

Guillermo O’Donnell

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Guillermo O’Donnell. Como todo intelectual de valía, siempre se resistió a someterse a los encasillamientos previsibles.

Rogelio Alaniz

Fue exactamente la antípoda del académico mediocre, por la sencilla razón de que él no sólo no fue un mediocre, sino que sus objetivos y el rigor de sus estudios no fueron mediocres.

Sus textos contaron con aquella exclusiva virtud que distingue a toda creación intelectual: ayudaron a pensar, ayudaron a ver la realidad desde un lugar original. Sobre temas de dominio publico él dijo cosas nuevas.

Un amigo me dijo que estaba enfermo. Cuando se dicen esas cosas es porque el desenlace es cercano y, en este caso, efectivamente lo fue. Hace unos meses en una entrevista a un diario nacional reconoció que en el 2009 volvió con su mujer a vivir a la Argentina porque después de casi treinta años de divagar por el mundo -en realidad de trabajar e investigar en las universidades más prestigiadas de Occidente- consideró que ya era conveniente regresar a la patria.

Esta decisión suele ser habitual en muchos exiliados: a cierta edad retornan para morir en su tierra. Es lo que dijo exactamente en esa entrevista. Lo dijo sin dramatismos, con el tono coloquial de quien reconoce lo obvio. Fiel a su vocación o a su destino, su retorno no fue el de un jubilado decidido a esperar resignado la visita de “esa señora distinguida”, como dijera Henry James. Por el contrario, siguió publicando, promoviendo iniciativas culturales, participando con altura, rigor y coraje en el debate político de su tiempo.

Guillermo O’Donnell se fue de la Argentina en 1979. Su intinerario no difirió del de tantos intelectuales y militantes políticos. La dictadura militar de Videla lo declaró “desaparecido” de la planta del CONICET y no le quedó otra alternativa que irse, irse antes de que lo declarasen desaparecido de una manera más eficaz y macabra. La dictadura militar “permitió” que un intelectual brillante se fuera de la Argentina y, sin proponérselo, alentó que en las universidades extranjeras desarrollara su capacidad creativa uno de los politólogos más importantes de América latina, por no decir uno de los cientistas sociales más reconocidos en el mundo, un genuino intelectual en clave sartreana, comprometido con su tiempo y obsesionado por indagar desde la teoría las claves de nuestros fracasos como Nación.

Las dictaduras militares argentinas, y las dictaduras en general, han cumplido desde siempre la tarea de alentar la capacitación de nuestros intelectuales en el extranjero. Así ocurrió en 1945, en 1966 y en 1976, los tres grandes momentos históricos en que los intelectuales formados por las universidades argentinas debieron emigrar como consecuencia de las persecuciones políticas e ideológicas. Las consecuencias de estos arbitrios fueron paradojales: el país se empobreció por esta fuga de cerebros, pero el mundo pudo disfrutar de su talento, ingenio y lucidez.

Se dice que Benito Mussolini -el único político que mereció la admiración de Perón- cuando ordenó la detención de Antonio Gramsci le dijo a uno de sus colaboradores: “Hay que impedir que el cerebro más poderoso de Italia siga funcionando”. En los hechos, la cárcel de Gramsci produjo el efecto inverso. Apartado de la rutina de la militancia diaria y del control de los celadores de la Tercera Internacional, Gramsci puso en funcionamiento su cerebro y produjo una de las lecturas más originales del marxismo.

Cada vez que leía un ensayo o un libro de O’Donnell, publicado en Brasil, Estados Unidos o España, me acordaba de esa anécdota de Gramsci, aunque en este caso, el cerebro del autor del “Estado burocrático autoritario” ya funcionaba en la Argentina, con la salvedad de que los únicos que no podíamos disfrutar de sus creaciones éramos los propios argentinos, entonces prisioneros de un régimen político que O’Donnell analizó y puso en evidencia en todos sus matices y perversidades.

Se sabe que los exiliados se alejan físicamente de su país, pero desde la distancia establecen con la patria perdida un vínculo secreto, íntimo, a veces obsesivo. No es casualidad que los grandes textos de nuestra historia hayan sido escritos por exiliados. Hablo del “Facundo”, de “Las Bases”, del “Dogma socialista”. La obra de O’Donnell guarda algunas similitudes con estos ejemplos, porque nunca estuvo más cerca de la Argentina que cuando padeció el exilio, esa “alta condición”, como dijera el cineasta Hugo Santiago.

Tres grandes temas dan cuenta de esa labor creativa: la configuración de un nuevo modelo de dominación política en América latina que O’Donnell califica como “Estado burocrático autoritario”; la evaluación de los procesos de transición de la democracia al autoritarismo y la constitución de una variante de poder denominada “democracias delegativas” que impugna las nuevas modalidades del populismo.

Por supuesto que su curiosidad intelectual y su pasión política excedieron los límites de estos temas. Quienes lo conocieron, lo trataron, fueron sus amigos, ponderan su amplitud de miras, su generosidad intelectual y su pasión por pensar la política desde el rigor del académico y el compromiso del intelectual y el ciudadano, ese ciudadano que en estos últimos años fue también objeto de su reflexión.

No, no fue un académico pedante y rutinario, uno de esos personajes que abundan en este medio, personajes que escriben papers que no le interesan a nadie y no lee nadie, entre otras cosas porque no dicen nada importante. O’Donnell fue exactamente la antípoda del académico mediocre, por la sencilla razón de que él no sólo no fue un mediocre, sino que sus objetivos y el rigor de sus estudios no fueron mediocres.

Los textos de O’Donnell contaron con aquella exclusiva virtud que distingue a toda creación intelectual: ayudaron a pensar, ayudaron a ver la realidad desde un lugar original, diferente. Sobre temas de dominio publico él dijo cosas nuevas. De las dictaduras militares en América latina habíamos sufrido sus horrores, sus arbitrariedades, sus despotismos, pero no disponíamos de un lenguaje preciso para conceptualizarlas. En aquellos años para hablar de Videla, Pinochet, Banzer, balbuceábamos los lugares comunes de siempre: fascistas, oligarcas, déspotas, sirvientes del imperialismo.

El libro de O’Donnell nos afinó la voz y nos educó el pensamiento. El título ya era toda una revelación: “Estado burocrático autoritario”. Tres palabras habituales, pero que reunidas producían un concepto nuevo. Cada palabra de ese titulo está justificada. El libro coteja categorías teóricas con los textos más actualizados de su momento. O’Donnell fue uno de los precursores en el arte de pensar los hechos sociales desde la historia, la política, la sociología y la economía, es decir desde la multidisciplinariedad. No fue el único ni el primero pero en estas tierras fue uno de los más brillantes.

Con su libro aprendí que las nuevas dictaduras respondían a nuevos escenarios históricos, a una fase singular del capitalismo mundial y su articulación con los países periféricos. El concepto de “Estado” se aparta de la tradicional vulgata marxista, pero recupera para las ciencias sociales y la reflexión política las nuevas modalidades de dominación. La economía capitalista y el régimen político que garantizan y organizan su reproducción, los nuevos reacomodamientos de clases, el rol del capital trasnacional y la emergencia y crisis de los sectores populares, están explicitados con rigor y precisión.

Del concepto de democracia delegativa no me voy a extender, porque hace menos de un mes escribí en esta columna sobre este tema tomando como referencia teórica sus reflexiones. Sobre “democracias delegativas” es mucho lo que se puede decir y debatir, pero en principio importa recordar que constituye el marco teórico crítico que mejor explicita al gobierno de los Kirchner.

O’Donnell fue un opositor y un crítico severo del régimen kirchnerista. Fue también uno de los cientistas políticos más respetados por los defensores del populismo en sus variantes decisionistas y “aluvionales”. En los últimos meses había endurecido sus críticas al régimen, sin perder nunca el estilo académico y la independencia de criterio. Como todo intelectual de valía, siempre se resistió a someterse a los encasillamientos previsibles. Muchos lo calificaron de liberal republicano. Algunos lo ponderaban por ello, otros lo criticaban por la misma razón; en cualquiera de los dos casos, él siempre estaba más allá de los moldes.

Del marxismo recuperó todo lo que era posible recuperar. Por ejemplo, se esforzó por pensar la dominación política desde totalidades que a Marx no le hubieran resultado antipáticas porque la economía, la sociedad y la política se anudaban sin perder movilidad o, como se dijera en otros tiempos, sin renunciar a su despliegue dialéctico.

Ahora está muerto. Se sabe que en este caso es un pobre consuelo decir que su obra sigue viva, aunque efectivamente lo esté. Yo no tuve la suerte de tratarlo, pero se me ocurre que hubiera podido ser su amigo, porque -es bueno saberlo- los autores de los grandes libros escriben por muchas razones, pero una de ellas, no menor, es con el objetivo de hacer amigos. Yo, por lo menos, en más de un momento sentí que podía serlo.



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