EL JUEVES

“La canción del camino viejo” despide el año en Loa Proarte

La sala cultural de la Asociación Gremial Médica de Santa Fe cerrará su primer año de vida con la llegada de la celebrada obra teatral rosarina. Habrá también una muestra de pintura y escultura, de Viviana Pozzi y José Restaldi, y un brindis.

“La canción del camino viejo” despide el año en Loa Proarte

La puesta de los rosarinos Línea de Tres se propone como una metáfora sobre los olvidados, sobre la resistencia y sobre lo que dejaron los 90.

Foto: Gentileza producción


De la redacción de El Litoral

Para cerrar su primer año vida, este jueves Loa Espacio Proarte AGM hará su brindis de fin de año. La cita será a las 21, en la sala de 25 de Mayo 1867 ubicada en el tercer piso de la Asociación Gremial Médica de Santa Fe, y para festejar logros indiscutidos a la hora de hablar de propuestas culturales que no pasan desapercibidas.

Antes del brindis, se hará la presentación del cd “Loa en vivo” y se realizará la muestra de pintura y escultura de Viviana Pozzi y José Restaldi. Como es ya tradición, seguramente José María Gatto ofrecerá ese brindis con buenos deseos para la sala que preside y para los artistas que integran la rica programación.

En la noche de su aniversario, la sala propondrá la obra teatral rosarina “La canción del camino viejo”, celebrada por la crítica especializada y el público de esa ciudad. Con actuaciones de Santiago Dejesús y Severo Callaci, la obra cuenta con dirección de Miguel Franchi y dramaturgia y puesta en escena de Línea de Tres.

En escena

“La canción del camino viejo” se propone como una metáfora sobre los olvidados, sobre la resistencia y sobre lo que dejaron los 90.

En su estupenda crítica publicada en El Ciudadano, Miguel Passarini destacó que “los años 90 dejaron huellas indelebles en cierto sector de la sociedad; el ‘menemato’ hizo estragos no sólo a nivel económico sino también a nivel cultural, creando una supuesta cultura de ficción, acompasada por el devenir de una Argentina que, lejos de pertenecer a un apócrifo primer mundo, se hundía más y más en el tercero. Distanciado de las grandes ciudades, el peor retrato de esa modernidad de cartón en la que un ficticio ‘uno a uno’ dejó a tantos en el camino, estuvo (está) en aquellos a los que el sistema echó literalmente a patadas, en su mayoría, esos mismos que sabían de oficios y quehaceres manuales. En parte con esa premisa (aunque en la puesta resuenan otros momentos del país y de su historia), el actor y director teatral Miguel Franchi, junto a los talentosos actores Santiago Dejesús y Severo Callaci, creó Línea de Tres, un iluminado proyecto artístico que junta a los grupos teatrales Katástrofa, Teatro de la Huella y El 45, y que dio como resultado ‘La canción del camino viejo’, una comedia dramática que si bien a primera vista encierra los entretelones de la cotidianeidad de dos hermanos perdidos en una vieja y polvorienta gomería de pueblo, en una segunda mirada, entrega un retrato casi expresionista de lo que dejó la política económica planificada por los cráneos de la última dictadura que luego fue puesta en práctica y ‘fundamentada’ durante el atroz liberalismo de los años 90”.

Hermosos perdedores

En esta creación colectiva, los protagonistas son los hermanos Omar (Cuqui) y Héctor (Titi) Taboloni -a ojos de Passarini, “rara mezcla de talentos artísticos ocultos y gomeros por oficio heredado”- que pasan sus días en medio de la desazón que les provoca la falta de clientes en una vieja gomería que fundó su padre en lo que, se presume, son las cercanías de un pueblo del interior. “A poco de allí, el paso de una autopista y la instalación de una estación de servicios moderna que todo lo tiene, los dejó varados entre los recuerdos de un pasado glorioso (el del primer peronismo, y el de un padre que conoció a los hermanos Gálvez) y el dolor del presente, al que remedan apelando a un supuesto talento que Cuqui tiene para la animación de eventos, con imitaciones y canciones incluidas”, agrega el crítico teatral rosarino.

Clandestinos, tapados de tierra, dolor, recuerdos agridulces y mates fríos, “los Taboloni dejan correr el tiempo entre la ansiedad y el deseo de que suene el teléfono y algo cambie -agrega-. En el fondo, palpita la necesidad de salir de un lugar que, del mismo modo que los remite a una infancia feliz, los parapeta en un presente que está a punto de modificarse y donde, irremediablemente, se huele a tragedia”.

Apelando a la dramaturgia de actores, la puesta se basa “en la construcción de una estructura dramática que utiliza elementos del melodrama con algo del grotesco para pintar a estas dos criaturas, dos ‘antihéroes’ que se apiadan uno del otro o se golpean con palabras de una supina crueldad”, expresó Passarini, quien calificó de “extraordinarios” a Dejesús y Calacci, “que además de actores son directores de sus propios grupos y que indudablemente se posicionan entre los creadores más talentosos de la escena local de su generación, trabajan a partir de la construcción corporal de sus personajes: máscara y cuerpo accionan para dar a luz a Titi y Cuqui, dos estereotipos de los desclasados, esos mismos a los que Buñuel retrató en Los olvidados, y que en ciertos pasajes parecen escapados de un film de Leonardo Favio, en particular de ‘Soñar, soñar’, con esos otros dos perdedores que sueñan desde el interior con hacerse famosos en Buenos Aires (...) Así, los que quedaron en el camino, los ‘hermosos’ perdedores, esos a los que Franchi ha sabido retratar a lo largo de su vasta trayectoria en la que han convivido estoicamente ética y estética como un par dialéctico funcional a un teatro popular y de calidad, se hacen presentes una vez más en ‘La canción del camino viejo’, pero ahora son incandescentes, ponen el cuerpo y resisten. Más allá de sus ropas descoloridas o estridentes compradas en una feria, de la arrogancia de Cuqui para subirse a un escenario o de la supuesta labilidad emocional de Titi para entender lo que pasa, algo del neorrealismo italiano habita en esos cuerpos, algo fellinesco permite a la platea ver a la Twenty, la perra que sólo Titi puede ver (y entender), algo de ese dolor y esa alegría que los extingue, inevitablemente es la clave del teatro de Franchi: la emoción de un cuerpo que narra y la de otro que entiende y (a veces) se hace cargo de lo que pasa en escena”.