Un manto de neblinas
Un manto de neblinas
Imágenes que quedan grabadas en la memoria de un hecho que cambió nuestra historia como país para siempre. Cuando las pasiones se imponen a la razón y causan heridas que no cierran.
Federico Aguer
El 2 de abril del 82 yo estaba en el colegio. Los primeros fríos del otoño, igual que ahora, hacían más llevaderos los comienzos de la mañana al abrigo del aula, el que se transformaba en refugio que albergaba la modorra y los sueños de un grupo de chicos de sexto grado. Por eso nos sobresaltó el súbito llamado a formar en las gastadas baldosas blancas y negras del patio del Colegio La Salle Jobson.
Con la voz quebrada por la emoción, el hermano Jaime, entonces rector del establecimiento, nos relataba que las islas Malvinas habían sido recuperadas. Para nosotros todo era nuevo, desde el nombre de este archipiélago sólo conocido por los profesores de geografía, hasta el fervor nacional que invadió las calles detrás de esta nueva causa nacional.
Con mis amigos todavía teníamos fresco en la memoria el paso de las columnas blindadas rumbo al sur cuatro años antes, para una guerra que no pudo ser. En aquellos momentos, habíamos saludado de manera inocente a sonrientes colimbas en los tanques que se habían estacionado en la costanera de Santa Fe, los que viajaban rumbo al sur, a la guerra. Una providencial tormenta de nieve y la mediación papal habían destrabado algo que parecía no tener otra salida.
En 1982, después de ese día de otoño, el país se vistió para la guerra. La junta militar fogoneaba a través de los medios de comunicación su entusiasmo oficial. Habían logrado una guerra que permitiera unificar a la opinión pública, luego de haber desangrado al país de una manera que la historia no registraba.
Y llegaron las donaciones para los soldados; las tapas de Gente exaltando el coraje de los cuchilleros correntinos que le harían frente a los gurkas nepaleses; las noches tapando las ventanas con sábanas para “oscurecer” las ciudades a los ojos del enemigo; las truncas negociaciones del canciller Costa Méndez.
Hasta que llegaron los ingleses. A partir de ahí, el resto estaba cantado. “Las islas se defienden por mar”, reza un viejo paradigma militar. Y más allá de las incontables muestras de valor, heroísmo, solidaridad y coraje, pese a que “estábamos ganando”, un día habíamos perdido.
Un 14 de junio, el gobernador designado firmaba la rendición y los sobrevivientes regresaban al continente despreciados por los mismos que los habían vitoreado meses atrás.
Estos primeros días del otoño, igual que en 1982, el fresco de las mañanas revive en mí esos momentos dolorosos que, como a muchos, todavía hoy nos nublan los ojos, detrás de un manto de neblinas.