Edición del Sábado 28 de abril de 2012

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Tiempo, género, rebelión y divertimento - Artes y Letras

Nueva novela de Angélica Gorodischer

Tiempo, género, rebelión y divertimento

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Fotografías de portada de Cecilia Lenardón.

Por Graciela Aletta de Sylvas (*)

“Tirabuzón”, de Angélica Gorodischer. Editorial Fundación Ross, Rosario, 2011.

Angélica Gorodischer escribe su reciente novela “Tirabuzón” en Garopaba, Brasil, resguardada del sol y el calor en una casa con un gran ventanal frente al mar. Esa inmensidad de arena y agua salobre incentivan su imaginación, que no es poca, y mientras otros y otras convocan su presencia a gritos desde la playa, ella prefiere teclear en su computadora este entramado de palabras que de a poco se va convirtiendo en una novela en la que la luz del sol, la levedad del clima y un aire de bienestar general la atraviesan de principio al fin. Se trata de una historia que se lee con verdadero deleite, como un divertimento que tiene un final feliz. Un lector ingenuo, ocupado en leer el transcurso de la historia y la ligereza del tono, puede no advertir que esta novela está apoyada en una concepción del tiempo, en un posicionamiento de género y en el constante combate de los prejuicios sociales.

La novela ha sido publicada por la Editorial Ross en la colección Narrativas Contemporáneas dirigida por Gloria Lenardón y Marta Ortiz. El objeto libro ha sido prestigiado por las fotos originales de tapa y contratapa de la fotógrafa Cecilia Lenardón, quien ha seleccionado exquisitos fondos de flores, pequeñas y delicadas muñecas de porcelana, una de frente junto a un reloj taiwanés de los años sesenta y otra de semiperfil saliendo de una vieja y oxidada lata de té La Virginia. La presencia de esta figura femenina no es casual ya que, ahora sí, el texto de la novela retoma los caminos del feminismo que Gorodischer ha transitado con impronta literaria y militancia política.

Helena, la protagonista, es una joven sometida a los designios de un hermano sin escrúpulos quien, sin tener en cuenta los deseos propios de la joven, resuelve su vida obligándola a dejar su trabajo como profesora de francés para cuidar a su madre moribunda en aras de la economía familiar. Pero Helena, como Emi, el personaje femenino de la Fábula de la Virgen y el Bombero, como tantas otras de su producción, se desempeña con soltura a partir de la muerte de su madre, abre puertas y encuentra, a pesar de sus miedos, los caminos de la liberación. No faltan los golpes de suerte que le permiten a nivel económico y bien aconsejada, hacer negocios, viajar y encontrar un amor. Reclama la plata de la herencia, su parte y su nombre. Claro que tiene el apoyo de Max, su asesor financiero, un hombre de 86 años que también debe dar su batalla en la empresa para demostrar que su eficiencia está intacta y que su intuición para los negocios es más certera que la de sus hijos, quienes sólo piensan en jubilarlo como si fuera un objeto descartable. Ambos constituyen un par que se rebela contra las convenciones y lugares comunes que circulan en nuestra sociedad acerca de la edad (una por joven, otro por viejo) y los prejuicios de género.

Helena también cuenta con la ayuda y consejo de escritores de otras épocas quienes se entremezclan con la vida real y con quienes mantiene continuas conversaciones clave. Son sus amigos, compañeros, fantasmas benéficos que la acompañan en la aventura de vivir. El archivo de lectura de Gorodischer se refiere en esta novela a la literatura francesa, como corresponde a la cultura de la protagonista, y se evidencia en las citas y palabras de estos personajes. Ellos impulsan a Helena para actuar prescindiendo de trabas a pesar de los peligros en el camino, le dicen unas cuantas verdades y se constituyen en sus otros yoes. Algunas mujeres como Colette, Olimpe de Gouges, Christine de Pisan, Léonore de Aquitania, y algunos hombres como Balzac, La Rochefoucault, Rimbaud, Michel Ney, Mariscal de Francia, no agotan la lista pero dan una idea de sus posturas ante la vida.

La figura del tirabuzón es la metáfora del tiempo que gira y vuelve: “... que muerde la carne del tiempo; el tiempo por el que volvemos y volvemos a volver, el tiempo que nos recobra, el que antes de soltarnos para que resbalemos hacia otra vuelta, nos permite la mirada culpable de quien engaña, se engaña” (p. 115). Ese tiempo que envuelve a Helena no como sudario, sino como pareo, sarape, tapiz, rodeada de luz y niebla entre vueltas, regresos y adioses en la escala redonda de un tirabuzón de oro que brilla en la noche que gira, pasa por los lugares que ya pasó pero un poco más allá. Desaparecen así las limitaciones geográficas y cronológicas, París es el umbral de su casa, el periplo de viaje termina en el regreso pero de forma diferente, más allá, como apunta la escritora, las voces de otras épocas resuenan con vigencias actuales. El tiempo se recicla y avanza en esa espiral que recrea e inventa el mundo, en ese milagro que posibilita que esta mañana sea la misma “que vivió una multitud herida hace veinticinco siglos a orillas de un río de nombre desconocido” (p. 128). Así lo anticipa el epígrafe de Waqas Ahmad Kwaja, el escritor pakistaní y profesor de literatura inglesa en el Agnes Scott College, que dice así: “On the other side of the morning is morning again”.

No es la primera vez que Angélica proyecta su interés por los ensayos científicos en sus textos narrativos. Ya en “Trafalgar” (1979) incursiona en el tiempo sincrético y en la infinitas variantes de tiempo. Sus lecturas de Mulnö (“Tres ensayos sobre el tiempo”), Woods (“Times Time”) y de L’Ho (“Realité e irrealité du temps”), así como de narraciones de Phillipe Dick y Kurt Vonnegut, cobran vida en el entramado de sus cuentos. La ucronía y los condicionales contrafácticos constituyen el tema de “Los gatos de Roma” y en “El inconfundible aroma de las violetas silvestres” (“Las Repúblicas”) aborda la noción de la teoría de la relatividad del tiempo de Paul Langevin.

No podemos dejar de mencionar el rol que el lenguaje desempeña en esta novela. Con la maestría, creatividad y destreza que es inherente a toda su producción, Gorodischer transita por los caminos de lo coloquial y de lo poético, en una prosa que bajo la apariencia de espontaneidad encubre la dedicación y pasión por las palabras.

(*) Escritora y docente. Dra. en Letras. Universidad Nacional de Rosario.



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