ANOCHE, EN COLÓN
Manía fantástica
Casi tres años después de la última vez, el guatemalteco volvió a Santa Fe en el marco de Metamorfosis World Tour, la gira con que presenta su último disco, “Independiente”. Fotos: Flavio Raina
Veintiún temas en dos horas; catorce mil quinientas personas en un estadio. Las cifras poco cuentan del recital que Ricardo Arjona brindó anoche en el campo de fútbol rojinegro, donde parte del espectáculo estuvo debajo del escenario.
Florencia Arri
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Arjona llegó con seis músicos, dos damas y una puesta escénica que se impuso en el estadio Brigadier López, casi tanto como las catorce mil quinientas almas que acudieron a la cita y cantaron sus temas a pecho abierto y ojos cerrados. Cámaras y celulares en alto bailaron, en el vaivén de los brazos, canciones que exhalaron a gritos. Con el ceño fruncido todas purgaron su desamor, el despecho, la voz dulce de la soledad compartida a uno y otro lado. En boca de Ricardo Arjona, “lo absurdo de abrazarnos sin contacto tú en tu sitio, yo en el mío”, en una extraña complicidad anónima y plena.
Ellas llenaron silencios con gritos, se desvivieron por encontrar sus ojos y hacerle saber de su existencia, de cuánto palpitan al unísono cada palabra que sale de sus labios. Entre gritos y declaraciones de amor, se hizo oír para proponer “hacer lo que ustedes quieran” y agradeció con canciones “esta manía fantástica. Estamos felices de estar de vuelta”.
Casi tres años después de la última vez, el cantautor guatemalteco volvió a Santa Fe en el marco de Metamorfosis World Tour, la gira con que presenta su último disco, “Independiente”. En canciones nuevas y en las de siempre, miles de voces acompañaron la suya en un murmullo que creció al correr de los temas y culminó en un desahogo efusivo, sin pudores.
Razones
“En otra vida debe haber sido mujer porque conoce nuestra forma de enojarnos, del reproche, de pasar factura; esa cosa tan femenina” opinó Adriana Campaño. Es de Rosario y si bien presenció el recital que Arjona brindó en su ciudad -hace menos de un mes- y también viajó a Buenos Aires para verlo en el estadio Vélez Sarsfield, estuvo anoche en las primeras filas del show “porque me encanta. Lo seguí por todos lados, espero que algún día me lo retribuya... hace dos décadas que espero que me haga subir al escenario”. Junto a su hija Carla, esta señora que excedía las cuatro décadas explicó la razón que alimenta su pulsión: “Más allá de que sea buenmosísimo, me conmueve su conocimiento de la mujer, su modo de definirnos”.
Con los mismos motivos y en diferentes modos, las expresiones se multiplicaron desde el ingreso al estadio. Natalia Abasolo, por ejemplo, saltó de felicidad al cruzar el portón de hierro, porque “la otra vez lo escuché desde afuera del estadio, ésta no podía perdérmela. Mi esposo me regaló las entradas para mí y para mi nena; estoy re contenta, sólo quiero verlo”.
Aferrada a un rojo corazón de helio, Vanina Ponce contó que “la otra vez que vino me encantó y esta vez no quería perdérmelo”. Es empleada en una empresa de transporte donde trabajó los fines de semana para lograr un pequeño ahorro que le permitiera una mejor ubicación en el recital. “Más allá de él, es un show espectacular que te llama a volver”, contó. El público también tuvo cara de hombre. Sin peros y con sonrisa en alto, Fernando Loseco reconoció que llevó a su esposa porque “soy fanático de Arjona. Las letras son bárbaras, increíbles. El show vale cada centavo”.
Su señora
La noche transcurrió sin sobresaltos con un Arjona omnipresente que hechizó al público sobre las tablas y en tres pantallas gigantes. Sobre un escenario giratorio -que fue departamento, teatro, bar y hasta circo-, Ricardo comenzó con escenas de su vida e hiló en canciones historias propias que buscaron reflejar las de todos.
Comenzó con “Lo que está bien está mal”, “Animal nocturno” y “Hay amores” hasta dar las buenas noches y agradecer la convocatoria. Prometió hacer de su visita “una mala costumbre” y se sentó al piano para invitar con “Acompáñame a estar solo”. Sentado al borde del escenario cantó “El amor” y arrancó suspiros con una de sus últimas canciones, “Mi novia se me está poniendo vieja”, un homenaje a su mamá.
El guiño llegó después, con “Historia de taxi”, y una seguidilla de clásicos que nacieron del pecho: “Dime que no”, “Cuándo”, “Cómo duele” y “Pingüinos en la cama”.
Gorro, bandera y vincha, el disfraz no fue sólo pertenencia sino también un posible pase a sus brazos. Globos en mano -con estampas y hasta en forma de corazones- y carteles en alto, todas pedían de diferentes modos que hallase en ellas la “señora de las cuatro décadas” que hace subir a escena cada vez que canta el tema, un ritual que recrea en cada show. Una hora después del inicio, el mismo Arjona reconoció entre risas que “me pego unas distraídas bárbaras para leer los carteles” y se dijo agradecido. “Te juro que es verdad esta mentira: tengo 40”, leyó sonriendo para elegir luego la sinceridad de una mujer lejana que expresó en letras: “Soy tu señora de las 5 décadas”. La misma que saltó de alegría al blanco calor del seguidor y se aferró a Arjona en un abrazo al llegar a su lado. No dijo su nombre sino un agradecimiento: “a Graciela ¡gracias por hacérmelo conocer!”.
Al final siempre se va
La energía creció al correr de los minutos y las efusivas expresiones tomaron incluso forma de regalo. Le lanzaron una medalla -que se colgó al cuello-, pañuelos y chalinas “con perfumes riquísimos” según Ricardo, quien agradeció cada uno de los arrojos al levantarlos del suelo.
Sus propias palabras pintaron la esencia latente al cerrar la noche: “El amor es la belleza que se nutre de tristeza, y al final siempre se va”. Si bien la letra de “El amor” antecedió otro bloque de clásicos -con “Reconciliación”, “Sin daños a terceros”, el hit “Fuiste tú” y “Te conozco”-, puso palabras a la sorpresa de los ojos que lo vieron alejarse al girar el escenario.
Sin mayores ademanes, la despedida comenzó a palpitarse con “Te quiero”, “Si el norte fuera el sur” y “El problema”. Tras una falsa despedida -cuyo regreso estalló con “Minutos”-, no hubo bises, sólo un tema más: “Mujeres”. Con la efusividad que antecede a un futuro desencuentro, sobre y debajo de las tablas estalló el homenaje: “No sé quién las inventó, no sé quién nos hizo ese favor (...) qué hubiera escrito Neruda, qué habría pintado Picasso si no existieran musas como ustedes, mujeres”.
Gorro, bandera y vincha, el disfraz no fue sólo pertenencia sino también un posible pase a sus brazos.
En canciones nuevas y en las de siempre, miles de voces acompañaron la suya en un murmullo que creció al correr de los temas y culminó en un desahogo efusivo, sin pudores.