Los mellizos Olivera, del barrio al fútbol grande...

Son iguales hasta en el amor por el fútbol

Son iguales hasta en el amor por el fútbol

“Somos mellizos, nos queremos mucho pero cuando hablamos de fútbol discutimos como todos”, cuenta Luis en medio de la larga charla con El Litoral.

Foto: Mauricio Garín

Arrancaron en Pucará, se fueron a Vélez, uno siguió luego en el sur y llegó a Unión; el otro se fue a Independiente y abandonó muy joven. Mario y Luis, dos reflejos en todo.

Enrique Cruz (h)

“Ni nosotros, que somos hermanos y mellizos nos ponemos de acuerdo cuando hablamos de fútbol”, señalan ocurrentemente Mario y Luis Olivera, quienes no ocultan cierta emoción cuando rememoran aquellos tiempos pasados de una niñez añorada en el popular barrio Sargento Cabral.

“Nuestra niñez fue en Pucará, éramos chicos y jugábamos en un equipo que se llamaba Bristol y Hugo Rivero, que fue el conductor de nuestro equipo y de nuestras vidas, nos llevaba a todos lados. A los 16 años ya debutamos en primera”, cuenta rápidamente y sin perder tiempo Luis, que tomó la “bocha” al principio (es un apasionado del fútbol) pero tuvo que soltarla cuando Mario —el que más tiempo jugó en primera— empezó a contar su propia historia.

—Para que no hable Luis todo el tiempo, Mario, contá quiénes jugaban en esos tiempos...

—En nuestro equipo, estaban el Bambi Aráoz, Pachín Bonaveri, el Negro Gutiérrez, que después se fue con nosotros a Vélez, y en otros equipos estaban Edgar Fernández, la Chiva Di Meola, el Torito Zuviría. En Unión, por ejemplo, jugaban el Negro Toyé, Artucio, Tomasito Rossi, Salas, Quaino, Silguero. Pucará estaba en la Primera B, jugábamos ahí en la Costanera, al lado de donde ahora está la Tecnológica.

—Eran épocas en las que proliferaban los potreros...

Mario: —En 400 metros cuadrados había seis canchas de fútbol, estaban la de Pucará, la de Liverpool, la de la DKW, Armonía... Vivíamos ahí, la cancha de Pucará estaba pegadita a la casa de los Meneghetti que era una institución, y el presidente era Alfredo Yoanna, que murió en un accidente en un viaje de Pucará a San Justo.

—¿La falta de potreros conspira contra la aparición de talentos en el fútbol de hoy?

Mario: —Los potreros daban la posibilidad de esquivar un rival en un terreno desparejo, había cosas insignificantes que hacían a la técnica, como jugar en la calle contra el cordón de la vereda o contra una pared en el potrero, y eso sumaba. Nosotros no teníamos TV, no teníamos espejo para copiar. Hoy se ve mucho fútbol por tele. Lo que aprendíamos, era en los potreros.

Luis: —Los chicos ven la jugada por TV y después tratan de imitarla. ¿por qué lo sorprende Colón al Santos en aquel famoso partido?, porque el Santos no tenía la menor idea de qué era Colón, y Colón tampoco tenía muchas referencias más allá de que todo el mundo decía que era el mejor equipo del mundo. Pero Colón entró a la cancha sin el susto de jugar contra el Santos. Si eso pasara hoy y habría que jugar contra el Barcelona, cualquiera entraría asustado. A mí, me ha tocado entrar a la cancha contra equipos de Primera y me importaba tres pepinos quién estaba enfrente y quizás eran monstruos. Era porque no los veíamos.

Mario: —Yo insisto que por más TV de hoy, no hay voluntad de inculcarle los gestos de la técnica individual desde chico, eso se aprende más tarde o no se aprende. Yo veo muchos partidos de Liga y entrenamientos, nos preocupamos por lo estratégico o lo táctico y no por la técnica. Un chico sabe hoy agarrar de la camiseta, aprende mañas y no aprende lo que verdaderamente debe. ¿Sabés cómo se aprende a cabecear?

—¿Cómo?

Mario: —Es la tabla del 9, es lo último que se aprende. Hay que aprender de sentado... Sí, sí, de sentado, moviendo otras partes del cuerpo antes de la misma cabeza. Otra cosa, le enseñan a patear tres dedos. ¿Cómo le van a enseñar eso?, es como arrancar por la tabla del 9 y después por la del 7, en lugar de empezar por la del 2. Hay que enseñarle a patear con la parte interna para que el chico aprenda rápidamente a dar bien los pases, con precisión.

—Bueno, volvamos al principio, ¿de Pucará a dónde?

Luis: —Vélez, allá por fines de los '60 y hasta lo conocimos a José Amalfitani.

Mario: —Hugo Rivero era el delegado de Pucará y estaba vinculado con Rubén Cardozo, el político de nuestra provincia. Así surgió la posibilidad de ir a Buenos Aires y fue extraño para nuestra familia, porque teníamos 17 años recién cumplidos. Primero fue Luis, después me sumé yo, Juan Carlos Gutiérrez y un muchacho de apellido Ocaño. Después, yo me quedé en Vélez, Luis fue a Independiente y Gutiérrez a San Lorenzo. Vivíamos en la pensión, yo jugaba de “6” y Luis lo hacía de “8” o de “5”.

—¿Así que eras defensor, Mario?

Mario: —No tenía el físico de marcador central, pero en ese momento era como jugar de doble cinco, porque el “6” salía más adelante. En inferiores, jugamos con Lamberti, que luego vino a Colón; Oruezábal, que se fue después a España, y un marplatense de nombre Carlos Montenegro, que luego pasó a Argentinos Juniors y compartió plantel con Marenda, Spilinga, Moreno, Pekerman, Tardivo y otros muchachos. En 1971, debuté en la reserva y luego fui al plantel con Bianchi, el Pulga Ríos, Gallo, Marín, Willington y Wehbe.

—¿De Vélez te fuiste al sur?

Mario: —No. Me dieron a préstamo a Estudiantes de Buenos Aires, el equipo era dirigido por Juan Manuel Guerra, estaba Trezeguet, el papá del actual delantero de River, también Landaburu, Un “10” de apellido Pérez, Toublanc, y así llegamos a la final en Campana contra Unión, en 1974, que perdimos 1 a 0 con gol de Bravi. Era un equipo muy corto, pero hicimos una campaña fenomenal. El presidente estaba asustado y no sabíamos qué iba a hacer si ascendíamos. Ahí vino un ofrecimiento raro, porque teníamos la posibilidad de ir a Johannesburgo. Dije que no. Tenía propuestas de Quilmes, Platense y algún otro equipo, pero me fui a Comodoro Rivadavia.

—¿Compartiste el plantel con el Turco Alí?

Mario: —Nos conocíamos de pelearnos en la cancha, porque él jugó en San Lorenzo, era un tipo aguerrido, bravo. Cacho Cadars armó un buen equipo allá por 1975 ó 1976, nos tocó jugar contra Newell's, Colón, los equipos de Mar del Plata.

—Y Cacho Cadars te trajo a Unión...

Mario: —A fines de 1976 y tuvimos un 1977 conflictivo, con subas y bajas, terminamos bien el Nacional, vino Ignomiriello y me dijo que me quería, hice la pretemporada y decidí rescindir e irme otra vez a Comodoro Rivadavia. Si me hubiese quedado, participaba en el plantel de 1978 que anduvo bien. Y jugué hasta que el Flaco Zuccarelli fue de técnico (risas). Tenía una enorme relación con él y con su familia. Me lastimé la rodilla, tenía 30 años apenas pero en ese entonces no se curaban fácil.

—¿Y vos Luis?

Luis: —No me quedo en Vélez por un problema de papeles y me fui a Independiente, hice una prueba contra Lanús y quedé directamente en reserva, hice dupla con Palomba y con Carlitos Gay en el arco durante tres años, estaban Giuliano, Carrica, Humberto Bravo, Magán, detrás mío venía el Negro Galván. Era una tercera exquisita. En 1972, tuve una conversación Salerno y no me dejaron venir a Colón. Me fui a Quilmes, compartí plantel con Villa, Casarino, Carranza, era un gran equipo y perdimos un par de partidos en el final. Tuve una serie de lesiones en ese año y a finales me propusieron renovar por el mismo dinero. Hice pata ancha porque me venía para Colón y Salerno me dijo que Urriolabeitia había traído un montón de jugadores de La Plata. Yo estaba empecinado en venir a Colón. Y había un señor del mercadito norte que me dijo que me iba a quedar en Unión, estaba el Colorado Castagno y conocía a la Polaca Burtovoy de Independiente. En el medio estaban Fredes, Sacconi, Luque, Ramón Zanabria. En una práctica de fútbol anduve bárbaro pero no me ofrecieron ni contrato. Perdí el tren, me agarró febrero y me fui a Gimnasia de Ciudadela, estaba Luisito Libra de presidente y ahí se terminó mi carrera profesional, cuando apenas tenía 22 años.

—¿Te quedó el resabio de no haber jugado en Santa Fe?

Luis: —Por supuesto. En esa época, mi viejo no podía seguir mi carrera porque era imposible que por algún medio se diera información de la reserva. Y eran tiempos en que la reserva jugaba siempre antes de la primera, salvo que lloviera torrencialmente.

—¿Cuál fue el mejor jugador con el que compartiste plantel?

Mario: —Daniel Willlington era como jugar ahora con Riquelme; y Carlitos Bianchi, como técnico, reflejó lo que era como jugador, un tipo ganador nato, entraba y nos pedía que se la demos que él iba a ganar el partido. No era un tipo prolijo para correr pero nunca le vi errar un penal, por ejemplo.

—¿Te gustó el tema de inferiores?

Mario: —Tuve interinatos en Primera en algunas ocasiones. Por ejemplo, en 1983 estuve de ayudante de campo de Hurtado con Buttice, Pesoa, Chena, Mercado y Cototo Balbuena, entre otros. Cuando se fue Hurtado, quedamos con Poroto Saldaño dos partidos y después llegó Orlando Medina y volví a inferiores. Posteriormente, estuve con Oscar Aguirre en la temporada 87-88, una gran campaña. En esa temporada promocionamos entre 18 y 20 chicos a primera. Siempre fui un obsesivo de la formación y reconozco que mi lugar eran las inferiores.

—¿En tu caso Luis?

Luis: —Veo que hay mucha ansiedad en la búsqueda del resultado personal, por parte de un técnico, que en la docencia. A veces voy a ver un partido y me tengo que tapar los oídos por lo que escucho de los grandes hacia los chicos. Van más rápido de lo que debieran. El chico tiene que aprender la técnica y a los 15 años tiene que haber aprendido el 80 por ciento de lo lúdico del juego. Eso no se hace, aceleran el trámite, le enseñan a saltar y cabecear cuando ni siquiera saben patear.

—¿Y el debut, cuándo debe ser?

Luis: —A los 18 ó 19 años, en Colón o en Unión, si el trabajo está bien hecho tienen que debutar y competir como cualquiera.

Mario: —No hay que ser resultadista con chicos menores, ésa es la premisa. La filosofía de los dirigentes es fijarse en la tabla de posiciones y no es así. Esto no es de ahora, es de toda la vida. Lo veo en chicos de 8 ó 9 años que preguntan si se juega con tres o con cuatro atrás y eso es una barbaridad, porque el chico tiene que pensar en dar buenos pases, hacer gambetas y pegarle bien al balón, no en la táctica o los esquemas.

Luis: —No conozco un solo chico en el mundo que entre a la cancha a perder. Todos quieren ganar, pero de ahí a apretarlo es otra cosa. Hay que inculcarle temperamento, pero nunca presión.

Mario: —Los que más saben tienen que estar con los más chiquitos. El error es que son los que menos cobran, y acá está la falla de los dirigentes.

Luis: —Yo jugaba en Independiente y tenía de técnico a Rubén Marino Navarro, un correntino que siempre me marcaba al número 10, y me decía que me iba a matar. “Es buenísimo, pero tiene una cabeza y dos piernas igual que vos”. Y yo entraba a la cancha y decía: “Este tipo tiene razón, no es un marciano”.


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Son iguales hasta en el amor por el fútbol

Sonrientes, apasionados y con la emoción a flor de piel cuando recuerdan aquellos tiempos de sus comienzos en Pucará. Mario y Luis, los famosos mellizos Olivera.

Foto: Mauricio Garín

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Son iguales hasta en el amor por el fútbol

Una foto con mucho sentimiento. Este equipo es de inferiores de Pucará, en 1965. El técnico es Hugo Rivero y aparecen, arriba, los inconfundibles mellizos Olivera, mientras que el primero de los de abajo, a la izquierda, es el Bambi Aráoz. Foto: Gentileza hermanos Olivera

Son iguales hasta en el amor por el fútbol

Mario con la camiseta de Vélez y Luis con la de Independiente en un partido de reserva a comienzos de la década del ‘70. Foto: Gentileza hermanos Olivera