Edición del Sábado 14 de julio de 2012

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“Naranjo en flor” - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

“Naranjo en flor”

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Manuel Adet

 

Si “Mi noche triste” es el poema inaugural del tango y “Cambalache” es su versión desencantada, “Naranjo en flor” es en la década del cuarenta la expresión más elaborada de la vanguardia poética. El poema fue escrito por Homero Expósito en 1944 y ese mismo año lo estrenó Aníbal Troilo con Floreal Ruiz. Se dice que la letra les dio muchísimo trabajo. La versificación y las imágenes no eran las usuales en el tango y, por lo tanto, dar con el tono justo no era una tarea sencilla. Tres semanas estuvieron Troilo y Ruiz ensayando lo que para muchos era una extravagancia o, lisa y llanamente, no tenía nada que ver con el tango .

La versión de Floreal Ruiz fue la primera pero no la última. Para esa época, hay otra versión interesante a cargo del bandoneonista Pedro Laurenz y el cantor Jorge Linares. De todos modos, hay un amplio consenso en admitir que el poema resucita cuando lo graba Goyeneche con Atilio Stampone en la década del setenta. ¡Curioso itinerario poético! “Naranjo en flor” siempre fue considerado una excelente realización de Expósito, pero van a pasar casi treinta años para que adquiera su lustre genuino, para que se transforme en “popular” y corran a grabarlo personajes tan diferentes como Jairo, Juan Carlos Baglietto, Andrés Calamaro, Susana Rinaldi, María Graña, Leo Masliah, Rubén Juárez, Raúl Lavié, Dyango y Cacho Castaña entre otros.

En los últimos años, la popularidad de “Naranjo en flor” se ha transformado en su punto débil. Ocurre que lo han cantado demasiadas veces y le han introducido demasiadas variaciones, algunas de pésimo gusto. Al igual que “Los mareados”, se ha abusado en las interpretaciones, por lo que no nos queda otra alternativa que refugiarnos en Goyeneche, Ruiz, Linares y “pará de contar”.

Homero Expósito fue desde muy joven un creador de formas y recursos en el tango. “Naranjo en flor” es su obra más lograda, pero no es la única. “Afiches”, “Farol”, “Percal”, “Trenzas” y “Tristeza de la calle Corrientes” pertenecen a su singular repertorio. Por su parte, “Naranjo en flor” se suma a la trilogía “campera” integrada por “Flor de lino” y ese extraordinario poema que se llama “Yuyo verde”, y que Edmundo Rivero interpreta como los dioses.

Expósito sabía de poesía. Frecuentaba las lecturas de Rimbaud, Eluard, Baudelaire, y sabía muy bien que un buen poema se construye provocando belleza con las palabras. También sabía que las palabras se distinguen por sus sonidos y por las imágenes que suscitan. Por último, sabía que un buen tango no tiene por qué estar reñido con la buena poesía. Lo sabía y lo demostró.

“Naranjo en flor” es un tango, pero los elementos constitutivos del universo tanguero parecen estar ausentes. No hay esquina, no hay barrio, no hay compadritos, no hay ciudad, pero sin embargo este poema que habla de los naranjos en flor, del agua, de la arboleda y menciona objetos, olores y colores propios del mundo cultural, es inevitablemente un tango.

¿Cómo es posible que así sea? Hay una sola explicación: la poesía, la riqueza de las imágenes y metáforas. “Naranjo en flor” cuenta una historia de amor, una desolada historial de amor. Allí, hay nostalgia, evocación poética, desconsuelo, una infinita tristeza y fatalidad. Expósito escribe un tango, peor lo hace con otros procedimientos, apelando a otros recursos. En esa innovación, en esa audacia reside su genio poético, ese genio que nos transmite un tango como al descuido, como si necesitara hablar -como al pasar- de otra cosa para decirnos lo que a todo tanguero le importa.

Por supuesto que para disfrutar de este tango hay que aprender a escuchar, leer o abandonarse a las imágenes, percibir que cada palabra, cada metáfora posee una importancia decisiva. Hay que dejarse llevar por las sensaciones, esas sensaciones que Goyeneche transmite como nadie a través de su fraseo singular, sus silencios y sus balbuceos.

Se dice que Expósito en un principio pensó iniciar el poema con “Primero hay que saber sufrir...”. Después lo pensó mejor, advirtió que un poema no se puede empezar por el final y entonces arremetió con “Era más blanda que el agua, que el agua blanda.... Era más fresca que el río, naranjo en flor...”. ¿Cómo explicar con cierta lógica racional estos versos? No hay manera de hacerlo, porque su lógica -que la tiene- es poética. No vienen al caso los rastreos biográficos, si el agua blanda era el agua buena o el agua que él tomaba en algún arroyo de Zárate o cosas por el estilo. Lo que importa en estos versos son los sonidos y las imágenes que se desprenden de esos sonidos.

Conversando con amigos sobre este tango, descubro que cada uno dispone de una imagen o una metáfora preferida. Ricardo Gandini, por ejemplo, decía que lo conmovía el “dolor de vieja arboleda...”. Otro amigo asegura que los poemas más terribles y más bellos son los que se inician con signo de interrogación en la segunda estrofa: “¿Qué le habrán hecho mis manos, qué le habrán hecho, para dejarme en el pecho tanto dolor...?

Después está el estribillo. Ya es casi un lugar común recordar que Emilio Cioran, el filósofo o pensador rumano, quedó conmovido cuando escuchó: “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos...”. Cioran no era concesivo en sus apreciaciones y, mucho menos, sentimental. Sin embargo, ese “andar sin pensamientos” lo sacudió y en algún momento se animó a decir que toda su obra filosófica se condensa en esas tres palabras: “Andar sin pensamientos”.

A viejos tangueros de ley les encanta el “Después, ¿qué importa el después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado; eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado, como un pájaro sin luz”. Presten atención a estos versos. No hay una palabra que esté de más. La juventud debe evocarse como tierna y vieja, y la tristeza se debe parecer a la de un pájaro sin luz.

Sergio Pujol, que escribe y piensa muy bien, dice de este tango algo muy interesante: “De cualquier manera, la anécdota de Cioran escuchando “Naranjo en flor” -¿o sólo la habrá leído?- viene a reafirmar la sospecha de que estamos ante una manifestación vanguardista dentro del campo de la cultura popular, si por vanguardia entendemos no sólo una ruptura con la tradición, sino la paciente construcción de un público futuro”.



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