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Edición del Sábado 08 de diciembre de 2012

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Con el noble privilegio de luchar por la vida

 

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El 3 de diciembre se conmemoró el Día del Médico. En esta nota, la autora rinde un homenaje al médico santafesino Raúl Antonio Mende, por su altruista labor, quien también fuera científico, literato y político.

 

TEXTOS. ZUNILDA CERESOLE DE ESPINACO. FOTO. REVISTA NOSOTROS.

Raúl Antonio Mende nació en Egusquiza, pequeña población rural del departamento Castellanos, el 11 de marzo de 1918. Su padre era maestro rural y su madre, catequista. Del padre heredó el ansia por el conocimiento y de la madre, una honda fe en Dios, convirtiéndose en fervoroso cristiano.

Pasó su niñez en el lugar de nacimiento y en Felicia; el contacto con la naturaleza lo hizo observador, todo lo atraía: las gotas del rocío que temblaban como alas leves y semejaban ya al cristal, ya al diamante; los pájaros construyendo el nido; los sembrados, testimoniando con su presencia el arduo trabajo de los campesinos, también sensible ante un ave herida, el destrozo causado por el furor de una tormenta, el canto del zorzal y la calandria, las rojas alboradas, el misterio que a la noche la luna daba... Como se desliza el agua entre los dedos vio un día deslizar su infancia.

La familia se mudó a Esperanza y allí estudió su bachillerato para luego recibirse de médico en la Facultad de Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, donde se graduó el 8 de enero de 1943.

Regresó a Esperanza, ciudad a la que amó, lo que evidenció en el primer libro que editara en 1944, un poemario titulado “Como mis alas”. Trabajó en su profesión y paralelamente dio inicio a su actividad política, donde logró destacarse en forma meteórica por su inteligencia, tesón y espíritu humanista. Militó en el Partido Peronista.

Fue intendente de esta ciudad con éxito. Su carácter afable, su accionar para resolver los problemas de sus habitantes y su sensibilidad fueron los pilares que apuntaron el mismo.

Cuenta una anécdota que en ocasión de realizarse un acto cívico llamó a su secretario y le pidió que consiguiera un piano. Al indagar éste el motivo por el cual lo quería, le respondió: “Para que toque un muchacho llamado Marianito”. El instrumento musical fue conseguido. ¿Quién era Marianito? ¡Ni más ni menos que Marianito Mores!, el hoy célebre intérprete, músico y autor argentino cuya fama recorre el mundo.

Ejerció los cargos de Ministro de Salud Pública y Bienestar Social de la provincia de Santa Fe, Convencional Constituyete y Ministro de Asuntos Técnicos de la Nación, entre otros.

CURAR EL ALMA

Exiliado en Paraguay, fue Director del Hospital de Ancianos de Asunción. Curó no sólo las enfermedades físicas sino también -en forma conjunta- las del alma.

En su poesía “Ser médico” expresa al inicio de la misma:

“Me concedió el Señor, en su infinita

bondad, que fuese médico

para andar las jornadas de la vida

que acaba en su Reino...

Y acepté, con amor sin reticencias,

el noble privilegio

de luchar por la vida, mientras brille

su resplandor divino, en mis enfermos...”.

En otro tramo de ella, leemos:

“Ser médico es tener entre las manos

el santo privilegio

de dejar en las llagas doloridas

el mágico raudal de los consuelos...

¡Divino menester, sin contemplamos

en el dolor humano en que ponemos

nuestras manos ... al Otro que, sangrando,

crucificado por Amor eterno,

nos abrió para siempre los caminos

divinos de su Reino...!

Comenzó en el país hermano sus estudios de investigación científica dentro de la Medicina, volcándose hacia los estados paralíticos provocados por las hemiplejías. Regresó a la Argentina en 1959 porque concebía la profesión médica como un apostolado; valientemente se inoculó a sí mismo el tratamiento por él ideado. Posteriormente, ante el éxito logrado, favoreció con el mismo a innumerables pacientes.

SU PRODUCCIÓN LITERARIA

Fue un escritor prolífico. Se suman al libro ya citado, entre otros, “Nuestra ciudad futura”, “Romances de la revolución”, “La Herida” y “El Baldío”, obra de teatro que firmó con el seudónimo de Jorge Mar y fue estrenada en 1952.

En toda su producción creativa alterna la prosa y la poesía, ésta última impregnada en un profundo lirismo y pletórica de esencias rebosantes de ternura y plena de pertenencia a la patria que lo vio nacer. Sobre ella, escribe en su poema “Y fue mi Patria”:

(Fragmento)

De la sombra pesada de los siglos

brotó como la luz ...¡y fue mi Patria...!

Era la noche del dolor: los cóndores

arrastraban las alas.

Desde su cresta nívea, el Chimborazo

con un extraño gesto la miraba,

y un temblor de amargura y rebeldía

se alzaba desde el mar al Aconcagua.

El jaguar silencioso como un cisne,

sentía deshacerse en llamaradas

el ansia de rugir que la encendía

en la férrea prisión que le encerraba.

En la historia del mundo

brotó una luz ... ¡y fue mi Patria!

Su vida fue tan intensa como breve. Murió el 3 de diciembre de 1963 a los 45 años. Coincidentemente es el 3 de diciembre la fecha elegida para celebrar el “Día del Médico”.



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