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Edición del Sábado 12 de enero de 2013

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El lado oscuro de las piletas

El lado oscuro de las piletas

Una pileta en verano en Santa Fe y en cualquier parte del mundo es fantástica, si es que sólo sos el usuario feliz que viene en malla y se tira de una. Porque en el medio hay otros pobres seres humanos que tienen que encargarse del mantenimiento. Y que terminan odiando a las piletas, al mantenimiento de las piletas y a los usuarios de piletas. En esta nota, me tiro con todo.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. nfenoglio@ellitoral.com. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. lzewski@yahoo.com.ar.

 

Yo recuerdo al menos dos testimonios conmovedores -el periodismo dicen es la primera versión de la historia; para mí que es la segunda, si aceptamos como primera la charla matutina entre el Tolo y Doña Marcia para darle actualidad a la actualidad del barrio, de la ciudad, del mundo y de la galaxia- sobre el mantenimiento de las piletas. Uno, de mi amigo Ricardo, que sostuvo tanto como pudo, lo siguiente: “como tuve pileta en mi casa paterna, no quiero tener una en mi casa”. Mi amigo lo sostuvo hasta que la familia no le dejó opciones. Este verano queremos tener la pileta andando le dijeron con tiempo. Hoy mi amigo, contra sus más íntimos principios, tiene pileta en casa. Y como lo vaticinara, es el encargado -ad honorem- del mantenimiento, porque todos los entusiastas pileteros que propusieron su construcción, que juraron además que se encargarían personalmente de cuidarla y mantenerla limpia, los mismos que casi le hacen una asonada extorsion a mi amigo, esos, pues, ahora sólo se zambullen. Y mi amigo rema: es injusto, pero es así. Ricardo: que se sepa que te banco, amigo.

El otro caso, era el de una inteligente lectora que contaba la enorme serie de tareas que hacía con su marido, felices jubilados -es una humorada, lo sé-, para mantener limpia y con sus productos al día la pileta de la quinta. Esta lectora, más o menos, decía que se trataba de una verdadera vocación de servicio, porque el encargado de mantener la pileta trabaja literalmente para los demás.

Acá quiero hacer una declaración de principios: todas las piletas requieren mantenimiento, tiempo y dinero, incluso hasta el más modesto piletín de plástico.

Pero conforme crece la dimensión de la pileta, línea de tres directa, aumentan los costos y el tiempo a dedicar para su mantenimiento.

Hay gente que se desliga del problema y contrata a terceros para la cotidiana tarea de mantenimiento: está muy bien, demanda un dinero interesante e implica que alguien entra en tu domicilio todos los días. Y aquí entran a juzgar otros factores, no sólo el más evidente de la seguridad, sino el hecho de ver a doña Marcia en malla; o, peor, ver la malla de doña Marcia colgada -un media sombra apto para tres cocheras; una carpa familiar, una pantalla para el cine del pueblo- e imaginar el cuerpo que en algún momento la rellenará, literalmente.

Todos los días del verano -y en el caso de las climatizadas, todo el año-, hay que lidiar con el limpiafondo, la red, los químicos, las pastillas, el robot, el motor, el filtro, las hojitas que se caen, las tormentas, los colados, los amigos de la nena -esos son peligrosos, espían la mercadería en el propio galpón de acopio, antes de que salga a la venta, ya no los podrán engañar con ningún packaging vistoso posterior; y donde te descuidás hasta te mordisquean el producto, disculpen ustedes la carnalidad de la descripción-, los amigos de los amigos que saben que ahí son piolas y que tienen una pileta en condiciones, todos, todos vienen a la pileta que mi amigo Ricardo y la lectora inteligente y piola y su marido mantienen.

No hay cosas lindas sin sacrificio; y no hay disfrute sin al menos uno que se clava; no hay fiestas sin platos rotos ni platos por lavar: eso es la pileta.

Así es que en este sencillo artículo, vaya nuestro homenaje a los mantenedores de piletas, a los abnegados prestadores del noble servicio de limpieza cotidiana de natatorios, a los responsables protectores de la higiene y la salud de los otros. Ya está, hermano, ya te agradecí, Ricardo, así que no te hagas el otario y correte que me tiro. Tenés muy linda y bien mantenida la pileta. Seguí así y yo veo si te doy o no te doy artículo. Y no me digas nada: ya soy que soy un fresco y que la paso -correte te digo, que son cien kilos en el aire- bomba. Alguien tiene que hacerlo.



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