Crónica política
Crónica política
¿Está agotada la experiencia populista?

Rogelio Alaniz
Faltan tres años para que la presidente concluya su mandato y los indicios económicos y sociales del país son inquietantes. Se puede discutir la gravedad de los síntomas, pero no su existencia. Negarlos seria torpeza política e irresponsabilidad. Los que tenemos algunos años podemos decir ‘a esto ya lo vivimos‘. La Argentina está entre las naciones con tasas inflacionarias más altas del mundo. Más allá de las manifestaciones eufóricas de los oficialistas, el lugar que nos corresponde en este ranking es al lado de Sudán, Bielorrusia y Burundi.
El ‘riesgo país‘ de la Argentina también está entre los más altos del mundo. En América Latina, sin ir mas lejos, casi todos están por debajo de los 150 puntos, pero Argentina supera los mil. ¿Algunos otros problemas? Por supuesto. Importamos alrededor de 9.500 millones de dólares de energía, las tasas de inversión son las más bajas de los últimos años, existe una trama inmanejable de subsidios e impuestos distorsivos que afectan a los más débiles y traban el desarrollo económico y, más allá de la retórica oficial, el Estado hace rato que ha perdido calidad estratégica por varias razones, entre las que merece destacarse la vigencia de un esquema de poder que degrada sus instituciones y succiona recursos para mantener diversas clientelas electorales.
Con este escenario, sólo la voraz vocación de poder del kirchnerismo puede alentar quimeras reeleccionistas, cuando en realidad, si fueran sensatos, deberían preocuparse no por lo que van a hacer después de 2015, si no por lo que tienen que hacer para llegar al fin de su período.
En estas condiciones, el país marcha a una crisis que puede incluir estallidos sociales y desquicios económicos, institucionales y financieros. El pronóstico más que alegrarme me entristece, porque la caída al precipicio nos incluye a todos. El kirchnerismo en términos históricos ha fracasado; el relato oficial no logró cumplir ninguna de las metas propagandizadas y, como dijera Richelieu, ‘el poco bien que hizo lo hizo mal‘. La incógnita abierta hacia el futuro es si el fracaso nos incluirá a todos, es decir, si una vez mas la que terminará fracasando será la Argentina como nación. Hay que decir, además, que paradójicamente los únicos que pueden jactarse de que el fracaso no los alcanzó son los miembros de la claque gobernante, ya que en estos diez años de relato nacional y popular muchos se han hecho multimillonarios.
En la vida pública como en la vida privada los errores, sobre todos los reiterados, se pagan, siempre se terminan pagando. En este sentido, los aprendizajes históricos de las naciones suelen ser duros e impiadosos. Los alemanes pagaron un alto precio por haber apoyado la aventura genocida de Hitler; algo parecido les ocurrió a los españoles, los franceses y los italianos, quienes debieron iniciar la reconstrucción del país con sus ciudades en ruinas, sus economías devastadas y sus recursos humanos mutilados por los horrores de la guerra.
La Argentina está muy lejos de vivir experiencias parecidas, pero ello no nos impedirá pagar los costos de nuestros errores. ‘A una nación como a una mujer -dice Carlos Marx- les cuesta mucho demostrar su inocencia después de haberse dejado seducir por un aventurero‘. Marx, en este caso, se refería al sobrino de Napoleón, pero la reflexión puede hacerse extensiva a todos.
Desde que el populismo se instaló en el Argentina a mediados de la década del cuarenta siempre se dedicó a sostener un estilo de vida superior a sus recursos. Fue su gran acierto coyuntural y su estratégico error. Políticamente la ‘cadena de la felicidad‘ le dio extraordinarios resultados, pero culturalmente sembró vicios y distorsiones cuyas consecuencias las seguimos pagando hasta el día de hoy.
Siempre se dijo que el peronismo es bueno para distribuir pero calamitoso para producir. La afirmación pertenece más al sentido común que la teoría política, pero como toda afirmación de ese tenor tiene una importante cuota de verdad.
La fiesta populista, cuando abundan los recursos, incluye puestas en escena dignas de una comedia, aunque en más de una ocasión los desenlaces sean trágicos. Las multitudes suelen ser convocadas a la plaza para agradecer al líder los beneficios recibidos o, como en la actualidad, ser sometidas al bombardeo publicitario de la cadena nacional. El pueblo, como entidad única e inmutable se identifica con esa conducción, y quienes no comparten esos criterios suelen ser considerados la antipatria o los enemigos de la nación.
Los problemas para el populismo se presentan cuando los recursos escasean o se acaban. En la Argentina, por una conjunción de azares y destinos, el peronismo siempre se las ingenió para eludir esa rendición de cuentas. Veamos. En 1955 el golpe de Estado de alguna manera lo ‘salvó‘ de ese compromiso; en 1974 la ‘salvación‘ provino de la muerte de Perón; y en 1976, de otro golpe de Estado. Por su parte, Menem dejó la bomba de tiempo instalada para que le estallara en las manos al ‘bueno‘ de De la Rúa; y Kirchner se murió en el momento exacto en que debía poner a prueba su liderazgo. Estas muertes, con sus previsibles secuelas de dolor privado, fueron muy útiles para la gesta populista, sobre todo la actual, ya que permitió la victimización de su esposa y la creación de un mito, mito que en el caso que nos ocupa nunca fue tal porque los únicos que lo consumen con un mínimo de sinceridad son los intelectuales oficialistas y los jóvenes K es decir, una minoría, minoría ruidosa y enriquecida pero minoría al fin. Es más, el liderazgo mítico de Kirchner es una fantasía alentada desde el poder pero vacía de contenido.
La reciente película filmada en su homenaje pasó sin pena ni gloria. O sea que la película filmada en su honor y para promover adhesiones con multitudes aglomeradas en las puertas de los cines y lloronas prendiendo velas en improvisados altares, fue acogida con glacial indiferencia, indiferencia que incluyó a muchos que lo votaron por diversas razones, pero que no están dispuestos a levantar altares para adorar a ídolos paganos.
Por lo tanto, los argentinos podemos asistir en esta etapa histórica a la posibilidad de presenciar como testigos el ‘espectáculo‘ de una experiencia populista que deberá hacerse cargo de sus propios disparates. Es una posibilidad real, no deseable pero objetiva. Digo no deseable, porque a los costos los vamos a pagar todos. La historia teje sus tramas y elabora sus propias moralejas.
¿Qué vendrá después del kirchnerismo? No lo sabemos. Una posibilidad es que el peronismo se suceda a si mismo en variantes más moderadas. Al respecto, no se puede descartar la hipótesis de un peronismo que trabaje para negarse a si mismo y siente las bases de una Argentina democrática, republicana y decidida a emprender el camino del desarrollo.
Es una posibilidad que algunos podemos creer con más o menos entusiasmo, entre otras cosas porque el aforismo de Borges acerca del carácter incorregible del peronismo sigue gravitando como prejuicio o creencia, pero sobre todo como dato consistente de la realidad.
Dije que el kirchnerismo fracasó y no se puede descartar la posibilidad de que también fracase la oposición. En todos los casos, lo que nunca se debe perder de vista es que la responsabilidad de este fracaso también hay que atribuírsela a una sociedad decidida a tropezar dos, tres y cuatro veces con al misma piedra. En lo personal, prefiero hablar de las responsabilidades de la clase dirigente, pero de toda la clase dirigente, es decir, políticos, intelectuales, empresarios, dirigentes obreros y religiosos. El populismo no es una planta exótica en estos pagos. Posee su historicidad y es la consecuencia de una suma compleja de errores y aciertos, encuentros y desencuentros.
En América latina, el primer populismo llegó después de la Segunda Guerra Mundial y en algunos casos de la mano del fascismo. Fue la alternativa práctica al comunismo y a la democracia liberal. Al mismo tiempo, fue el sistema de poder capaz de asumir en condiciones desprolijas los desafíos de integración de las masas que los tradicionales regímenes no habían sido capaces de realizar. Y fue también la respuesta al agotamiento de los modelos primarios exportadores.
El otro aterrizaje del populismo se da después de los fracasos de los regímenes militares y sus propuestas neoliberales. Los procesos no son lineales, pero este segundo populismo, que incluye realidades tan diversas como las de Fujimori y Chávez; Bucaram y Correa; Morales y Uribe; Kirchner y Ortega, son la consecuencia de una crisis, pero a diferencia del primer populismo carece de aquella aspiración de estatidad en el sentido más pleno de la palabra. Y al mismo tiempo sigue siendo incapaz de asumir los desafíos del desarrollo y la integración. ¿Hay esperanzas? Siempre las hay. Todo depende de la calidad de la clase dirigente y de las lecciones que puedan extraerse del aprendizaje doloroso de nuestros fracasos.