Sobre “Las olas”

Sobre “Las olas”

Virgina Woolf retratada por Julia Margaret Cameron.

Editorial Losada acaba de publicar dos novelas de Virgina Woolf en nuevas (y necesarias) traducciones: “Las olas” y “Al faro”, obras clave en la bibliografía de la gran escritora inglesa. Estuvieron a cargo del impar traductor argentino Pablo Ingberg, de quien transcribimos aquí el prólogo que acompaña a la edición de “Las olas”.

 

Por Pablo Ingberg

Las olas nacen hinchando el vientre del mar, crecen hasta alcanzar su cumbre, rompen y van a disolverse en la playa, sin cesar, una tras otra. Son metáfora y símbolo de tantas cosas: la vida, la vida humana, la sucesión incesante de las vidas humanas, las etapas y los ciclos individuales y colectivos, los procesos y experiencias de una vida, los procesos de la conciencia. Precisamente en los procesos de la conciencia, entendidos como un flujo, se mueve como pez en el agua la poética prosa narrativa de Las olas, la novela más “experimental” y excelsa de una de las voces literarias más destacadas del siglo XX: la de Virginia Woolf.

Nacida Adeline Virginia Stephen, el 25 de enero de 1882 en Londres, casada en 1911 con Leonard Woolf, de quien tomó el apellido, se suicidaría el 28 de marzo de 1941 arrojándose a las aguas del río Ouse, cerca de su casa de entonces en Sussex. Huérfana de madre desde 1895 y en 1904 de padre, se mudó al barrio londinense de Bloomsbury con sus hermanos, uno de los cuales, Thoby (muerto poco después, en 1907), comenzó a organizar tertulias con amigos todos los jueves. Así nacería el llamado “grupo de Bloomsbury”, más que grupo una camaradería de afinidades, un conjunto de intelectuales, escritores y artistas plásticos muy influyentes en la modernidad inglesa, cuyas reuniones se prolongarían por más de un cuarto de siglo.

Virginia publicó en 1915 Fin de viaje, su primera novela. Luego de una segunda, y de dos libros de cuentos, dio a conocer en 1922, El cuarto de Jacob, primera de sus novelas de corte experimental y apertura de un camino que desembocaría en otras tres, su máximo legado a la posteridad: La señora Dalloway (1925), Al Faro (1927) y Las Olas (1931).

Las Olas está organizada en nueve capítulos, por así llamarlos, no titulados ni numerados sino introducidos por sendos pasajes “líricos”, en cursivas o bastardillas, donde un narrador en tercera persona va describiendo el transcurso de un día entero en un jardín con vista al mar, semejante al de la casa de su novela anterior, Al Faro (aunque ahora no hay en ese panorama seres humanos, sino sólo los movimientos de la naturaleza: el sol, las olas, plantas, pájaros, gusanos, caracoles). De manera que el día, que es también un simbólico ciclo de nacimiento, desarrollo, muerte y recomienzo incesantes, constituye otro principio organizador de esta novela, junto con las olas. En contrapunto, porque mientras que a lo largo de los pasajes introductorios a cada capítulo las olas aparecen siempre en la multiplicidad de su fluir incesantemente renovado, el día narrado y descrito es sólo uno, desde los prolegómenos del alba hasta las primeras consecuencias del crepúsculo. Al final sólo queda una oración para las olas, que siguen y siguen rompiendo, como también romperá, queda en nosotros inferir, una y otra vez el día.

A diferencia de esos pasajes introductorios, los capítulos en sí están narrados en primera persona por seis personajes alternos. Pero de un modo peculiar: el “flujo de conciencia”. Esto es, no aparece cada personaje a su turno narrando como si escribiera (un relato, una carta), ni como si contara en voz alta (a un oyente presencial o a nosotros los lectores), sino que se nos hace asistir a lo que pasa por su cabeza, por su conciencia (lo consciente). Con particularidades. Una es que, cada vez que empieza a tener la palabra uno de los personajes, interviene muy sintéticamente un narrador externo para informarnos de cuál de ellos se trata: “dijo tal”, “dijo cual”; curioso uso del verbo “decir”, el más común en los diálogos narrativos, en este caso en que se no se refiere primordialmente a palabras en efecto dichas. De donde otra particularidad, mucho más relevante: por momentos parecen confundirse o fundirse entre los pensamientos de los personajes algunas frases que parecen estar dichas en voz alta. Se nos hace entrar así en un verosímil peculiar: la idea de que navegamos por un flujo de la conciencia de una serie de personajes diversos en el que se mezclan en un mismo nivel lo que cada uno se “dice” a sí mismo en el proceso de su pensamiento y lo que dice a otros por momentos en voz alta.

La propia Woolf describió Las olas como un playpoem: “poema dramático”, “poedrama”. Esto es, una serie de monólogos con visos dramáticos y tono poético (en unas pocas ocasiones, breves y enlazados con cierta apariencia de diálogo). Monólogos, como se desprende del párrafo anterior, mayormente interiores (“silenciosos”), pero por momentos también exteriores (“dichos”), en un flujo sin líneas divisorias. No importa si algo se dijo en voz alta o no, cuánto se calló o se dijo. Todo se ve desde teatro de la mente.

Los personajes que tienen por turnos la palabra son seis, tres mujeres y tres varones: Jinny, Susan, Rhoda, Louis, Neville y Bernard. En cierto sentido, obviamente, son todos Virginia Woolf, exploran distintas facetas de la personalidad y la imaginación de la autora. Pero es difícil no sucumbir a la tentación de encontrar, al menos en algunos de ellos, rasgos comunes con otras figuras del grupo de Bloomsbury y aledaños, como ha hecho a menudo la crítica. Bernard, que desde niño se imagina narrador de historias y termina siendo el más protagónico de todos los personajes, porque tiene a su exclusivo cargo el capítulo final de inventario y balance, presenta ciertos trazos del novelista E.M. Forster. En Neville, poeta que busca trascendencia en el amor homosexual, hay reminiscencias de Lytton Strachey, autor de un libro de poemas y varios de ensayo y crítica, aunque especialmente recordado por sus biografías breves. Louis, australiano con aspiraciones de ganarse un lugar en la sociedad inglesa, que hace carrera como ejecutivo de una empresa naviera y tiene inclinaciones poéticas, comparte algunos de esos rasgos con el gran poeta estadounidense nacionalizado británico T.S. Eliot. En Susan, con su elección de la vida campestre y la maternidad, hay algo de Vanessa Bell, hermana de Virginia y artista plástica. Jinny (apodo que daba a Virginia su padre), una materialista del cuerpo que se mueve a sus anchas en salones y bailes y lechos, parece deber algo a Kitty Maxse, en quien se inspiraba el personaje protagónico de La Sra. Dalloway. Rhoda, la que no encaja del todo en ninguna parte y termina suicidándose, parece ser la que más tiene en común con la autora.

A los seis personajes con voz se agrega uno “mudo” en torno al cual en cierta forma giran todos los demás, del cual todos hablan: Percival, llamado como uno de los legendarios caballeros de la Mesa Redonda del rey Arturo, célebre por su participación en la búsqueda del Santo Grial (otras variantes del nombre: Perceval, Parsifal). Las olas empieza con la escuela primaria a la que asisten todos los protagonistas. De allí pasa a dos secundarias en que se reparten varones por un lado y mujeres por el otro. Luego viene la universidad. Llega entonces la sección central de la novela con dos encuentros posteriores de todos: los seis se juntan a cenar para despedir a Percival, que parte hacia la India, en esa época colonia británica y, recibida la noticia de su fallecimiento en el centro del centro de la novela, poco más adelante vuelven a juntarse para recordarlo. Percival, el apuesto, el buen deportista, el héroe de todos, prematuramente fallecido en el extranjero, está inspirado en parte en Thoby Stephen, hermano de la autora.

La significación de Las olas en la historia de la literatura narrativa quizá no sea hoy tan evidente como fue en su momento, porque desde entonces sus efectos expansivos han abierto camino a muchas otras experimentaciones que pasaron a formar parte del menú habitual. De manera que, si se pretende calibrarla en su justa perspectiva, conviene retrotraerse a la época de su irrupción en la escena literaria. Había sido James Joyce quien en su Ulises (1922) había patentado (no inventado) el monólogo interior a modo de flujo de conciencia. Pero Joyce, al igual que otros antes y la propia Woolf en novelas anteriores a ésta, había utilizado ese procedimiento en algunos pasajes de su obra, mientras que en Las olas lo abarca casi todo, con la sola excepción de los breves pasajes introductorios a cada capítulo. Y no se trata de una mera proeza técnica, aunque también lo sea. Se trata de que la narración pasaba así a no depender de los acontecimientos o las acciones visibles, sino de cómo los captaban y procesaban las mentes o conciencias de los protagonistas. Y esto no porque un narrador sabelotodo ingresara en la mente de sus personajes y le contara al lector lo que allí sucedía, sino porque se invitaba al lector a entrar personalmente en el teatro de la mente de los personajes.

Desde fines del siglo XX, con el predominio de la producción y circulación de novelas centradas en lo fáctico, Las olas ha vuelto a convertirse en una rara joya, dispuesta a mostrar su exquisito fulgor a todo aquel deseoso de abrir esa caja fuerte de la mente humana para explorar los tesoros más recónditos.


Sobre “Las olas”
Sobre “Las olas”