Entrevista a Carlos Catania

La literatura como tabla de salvación

Guillermo Belcore publicó recientemente una nota en la que no escatima elogios para “Las Varonesas”, la novela de Carlos Catania que se publicó por única vez en 1978, sin distribución en la Argentina. Este artículo, aparecido en La Prensa, resulta una buena ocasión para que acerquemos esta “joya perdida” a los lectores santafesinos a través de una charla con su propio autor.

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“Sin nombre”, de Francis Bacon.

 

Por Enrique Butti

—En la nota periodística que escribió Guillermo Belcore recomienda la reimpresión de tu novela “Las Varonesas”, que analiza y elogia vivamente.

Carlos Catania: —Me parece extremadamente generoso de parte de un crítico tan importante. Seguramente encontró un ejemplar de Las Varonesas en alguna remota biblioteca de Buenos Aires, puesto que, en efecto, a los pocos meses de haberse editado en Barcelona, en Seix-Barral, me anunciaron que la novela había sido prohibida en mi país, junto a La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa. No me sorprendió. Ya sabía que aquí se habían quemado libros, acto que sólo cabe en el delirio de un idiota.

—Los lectores argentinos conocen tus libros de cuentos, tus artículos y tus ensayos, pero no tu incursión en el género de la novela.

—Bueno, en realidad fue mi tercera novela. La primera, Crónica del último día, y la segunda, Fría monja de la luna, aún siguen en mis cajones y no saldrán de allí. Una casa abandonada, en los islotes del Leyes fue la imagen originaria de Las Varonesas. Imagen que muchos años después, impulsada por nuevas imágenes, me llevaron a escribir la novela.

—La historia que cuenta “Las Varonesas”, la de una familia santafesina, particularmente el destino de cuatro hermanos, está signada por un gran dramatismo. ¿Cómo fue el proceso de esta escritura tan intensa y honda? Leyéndola, uno supone que exigió una tensión creativa especial.

—Así es. Durante los tres años que duró de Las Varonesas, me convertí en un solitario. Quien está metido demasiado en el mundo no profundiza en él. Aislarse permite indagar, sin presiones externas, las numerosas realidades que componen la existencia de un ser humano.

—¿Por qué fue prohibida?

—Supongo que por la parte de la novela que contiene el monólogo del guerrillero donde se plantean las luchas contra las dictaduras latinoamericanas.

—Sin embargo la novela no sustenta una teoría política.

—No, no... como político sería un desastre. La política en su sentido menos profundo, rastrero digamos, le ha hecho mucho daño a la literatura. Escribí una nota acerca de esto. Deploro también esos eslóganes de la época de Stalin. La Literatura con mayúscula no es un “reflejo de la realidad”, sino un acto antagónico de la misma. No soy ajeno a los movimientos sociales y tengo muy definido lo que quisiera en política. Pero temo ser un utopista.

Escribo, fundamentalmente, porque soy un inconforme. No estoy de acuerdo con el mundo ni conmigo mismo, ni con los sistemas, ni con casi nada. A menudo, lo que llamamos verdad no es más que el error en que todos coinciden. De ahí la Teoría del Error, que Alfredo pregona en Las Varonesas. Mi odio involucra una gran ansia de regeneración y humanidad, lo que quizás hoy día se asemeja a la locura.

En Las Varonesas, el crimen neurótico del pequeño burgués, el incesto y la existencia nihilista del protagonista, contrasta con el guerrillero que mata por un ideal político. No pretendo demostrar nada. Sólo muestro. Tanto Alfredo, como Julián Brocca son unos traidores. El primero traiciona al pequeño y sensible Aldo, el segundo al Castor, que es algo así como un San Francisco en la guerrilla. Dos universos que, finalmente, se tocan. Bueno, no puedo sintetizar en pocas palabras lo que ocurre en 600 páginas.

—Sí, imposible un resumen. Es una novela que recorre toda Latinoamérica, distintos niveles de lectura y de recursos literarios. Y también múltiples situaciones y filosofías de vida, profundizando en la oscuridad pero sin negarse a una luminosa fuerza vital.

—Es cierto: pese a los terribles hechos que se suceden en Las Varonesas y la cantidad de personajes inmersos en sus contradicciones, finalizo con el personaje más sencillo de todos, Eustaquio, que muere con el mate en la mano, frente al río.

—También has escrito teatro...

—Sí, escribí varias obras. Tengo un método que me es propio; primero hago un borrador, que parece una cosa disparatada, pero llevando ese borrador a una serie de ejercicios en escena, toma cuerpo y sale por fin la obra. Tuve la suerte de que se estrenara El palomar en Nueva York y tuvo una muy buena crítica en el New York Times.

—Acaba de publicarse una antología de entrevistas que te incluye junto a muchos escritores latinoamericanos...

—Sí, se trata de El café de las cuatro, del escritor Carlos Morales, que me honró colocándome junto a Juan Rulfo, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Salvador Garmendia, Isabel Allende, Carlos Fuentes y otros muchos.

En la entrevista que allí se incluye sostengo que la importancia de la literatura no es mensurable, puesto que las revoluciones humanistas suelen actuar a largo plazo. La literatura penetra en las conciencias receptivas, no en las indiferentes, en aquellas que no cambian, signo de estupidez reaccionaria. Es, además, un objeto de conocimiento, rebelde por antonomasia y una de las pocas tablas de salvación que nos quedan para enfrentar a esta sociedad, en su mayoría robotizada e idiotizada, no sólo por el cotidiano e incesante bombardeo de los medios, sino por los jueguitos escapistas del segmento alienante de las técnicas del estruendo en el reino de lo virtual.

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Carlos Catania. Foto: Amancio Alem