Edición del Jueves 27 de junio de 2013

Edición completa del día

Gritos y susurros

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Por Raúl Fedele

“Mi ángel tiene alas negras”, de Elliott Chaze. Traducción de Carlos Gardini. La Bestia Equilátera. Buenos Aires, 2013.

El esquema de Mi ángel tiene alas negras no difiere de uno de los principales motivos que tan efectiva y exitosamente trabajaron los grandes de la novela negra, verbigracia James Cain o James Hadley Chase. La narración en primera persona de un paria con quien el lector se ve obligado a identificarse; una pareja de parias que mutuamente se arrastran al infierno; una conjunción de engranajes que calzan para que la pesadilla sea atroz. En este caso se trata de un fugitivo de la Justicia que se encuentra con el ángel de las alas negras del título, ella también prófuga de alguna desgraciada apuesta existencial. La pasión y la sospecha y la traición los envolverán largamente hasta transformarse demasiado tarde en amor. Un robo, asesinatos y la pesadilla final coronan esta novela que, como en Chase o Cain, tiene la suprema habilidad de agarrar al lector de las solapas (y a las lectoras, de la blusa) y arrastrarlos con no pocas sacudidas hasta el final.

Gran parte de esa magia radica en la verosímil y tensa voz del narrador, el propio convicto. Conviene citar un fragmento para ejemplificar el tono de su voz. Así comienza uno de los capítulos iniciales:

“Pasamos la noche en Pueblo. Me gusta recordar esa noche, sobre todo ahora que tengo los días contados y a veces pienso que no he vivido demasiado, apenas veintisiete años. Cuando pienso en ello, el recuerdo de esa noche en Pueblo es inexplicablemente tonificante. Por mucho que vivas, no hay muchos momentos realmente deliciosos en el camino, ya que pasamos la mayor parte de la vida comiendo, durmiendo y esperando que ocurra algo que nunca ocurre. Puedes calcularlo por tu cuenta, usando tu propia vida como referencia. La mayor parte de la vida consiste en esperar a vivir. Y pasas mucho tiempo preocupándote por cosas sin importancia y gente sin importancia, y todo esto te queda muy claro cuando sabes con precisión el día en que morirás. Mi caso, por ejemplo. Siempre tuve pavor al cáncer y una vez estaba seguro de tener cáncer de pulmón. Y durante un año vacilé en hacerme una emplomadura porque cuando muerdo algo frío esa muela me molesta. Pero no moriré de cáncer de pulmón ni tendré que ver al dentista por esa muela. Ahora lo sé. Ahora sé que gran parte de esos veintisiete años fueron pura chatarra. Así que cuando medito sobre las cosas que hice y las que no hice, en el fondo de mi cabeza tomo esa noche en Pueblo y la examino una y otra vez, como cuando vas a ver una película que te gusta y la miras en dos o tres cines para ver si es tan buena como te pareció la primera vez”.

Ahí está: el juego con los tiempos, anticipándonos desde el inicio al parco y signado futuro; la voz entrañable e íntima; la sentenciosidad; el lúcido pesimismo de quien proclama haber bebido hasta las heces la copa de la vida.

Elliott Chaze nació en Louisiana, en 1932. Fue periodista y participó en la Segunda Guerra. Escribió cuentos para revistas populares y en 1947 publicó su primera novela. Falleció en 1990.

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“Luz mala”, foto de Miguel Grattier.



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Jueves 27 de junio de 2013
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