Edición del Sábado 29 de junio de 2013

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Crónica política

Algunas consideraciones sobre el peronismo

“La gente decía que Dios era peronista. Qué gusto el de Dios, no me extraña”. Jorge Luis Borges

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Rogelio Alaniz

¿A la Argentina sólo la puede gobernar el peronismo? A la pregunta los peronistas la responden afirmativamente. La afirmación podrá ser un prejuicio, un lugar común, un jingle publicitario, pero convengamos que es eficaz y como toda consigna eficaz responde a una lógica atendible o, si se quiere, a una verdad que no será absoluta, pero se impone ante amplios sectores de la opinión pública. Que la consigna convenza a los peronistas no es ninguna novedad, lo novedoso es que va mucho más allá del peronismo, y una de las claves de su eficacia es esa capacidad para extenderse a lo largo del campo social como una verdad de sentido común.

Admitir que sólo el peronismo puede gobernar, es suponer que las otras opciones no son competentes. Dicho con otras palabras, a los problemas reales de la sociedad sólo los podrían afrontar los peronistas, sólo ellos dispondrían de la magnífica e inquietante virtud de enredarse en la espesa trama del poder o de ensuciarse las manos en nombre del interés público.

Si la política es el arte de persuadir a la sociedad acerca de las bondades de un proyecto de poder, convengamos que el peronismo ha sabido cumplir con eficacia este cometido. Que la catástrofe de Isabel y López Rega, o la cleptocracia del menemismo no hayan perturbado estos axiomas, no es más que una prueba de la capacidad del peronismo para sostenerse como alternativa del poder.

Estas consideraciones merecen tenerse en cuenta, porque la conclusión del ciclo político kirchnerista pone en evidencia que, una vez más, el peronismo se prepara para una nueva fase histórica. Sus principales dirigentes, la mayoría de ellos forjadores y beneficiarios de la anterior gestión del poder, se presentan ante la sociedad como la salida necesaria y razonable.

El peronismo hereda al peronismo. En el camino quedan algunos dirigentes, se producen algunos chisporroteos, pero en lo fundamental la continuidad en el poder se mantiene. Con Massa, con Scioli, con De la Sota o con el gaucho Hormiga Negra, que seguramente es peronista. En el trayecto se modificarán algunos ejes discursivos, ocuparán la primera plana algunas caras nuevas, pero en lo fundamental los imaginarios, símbolos, mitos y tradiciones que constituyen la identidad del peronismo se mantendrán vigentes. Un hegeliano diría que el peronismo cambia para seguir siendo el mismo. El cambio es real, pero esa realidad es la de la astucia de la historia, una virtud que el peronismo ha sabido practicar con singular eficacia.

En términos reales, una estructura de poder como el peronismo se nutre de políticos, punteros, funcionarios y militantes. Allí se establecen lazos de pertenencia, intereses y afectos. Su devenir no excluye tensiones y luchas internas a veces feroces. Pero más allá de nombres personales, lo que perdura es la comunidad de intereses alrededor del poder y de los beneficios del poder. Así se explica que el ochenta por ciento de los funcionarios menemistas integren el staff kirchnerista. ¿Qué porcentaje integrará en el futuro el de Massa, Scioli o De la Sota?

El proceso de cambio de piel devora a los más expuestos. Corach, Kohan, por ejemplo, no han tenido lugar en el kirchnerismo, como seguramente De Vido, Fernández o Picchetto, no tendrán lugar en el nuevo formato, pero lo fundamental de su estructura partidaria se traslada de una gestión a la otra sin demasiadas complicaciones. El peronismo cambia, pero para gobernar se nutre del peronismo o, para ser más preciso, de los peronistas. El proceso es de una obviedad casi ramplona, obviedad empañada u oscurecida por el espeso velo ideológico que cubre los diversos relatos que sostienen las ilusiones del peronismo.

Dicho con otras palabras; los dirigentes pasan, pero el peronismo queda. La afirmación puede ser desagradable o injusta, pero es verdadera. Lo interesante es que cada fase nueva del peronismo tiende a negarle legitimidad a la anterior. Aparentemente esa conducta parece operar en contra de la salud del peronismo, pero como la historia de los últimos sesenta años se ha empeñado en demostrar, esa negación lo fortalece. Y lo fortalece en primer lugar internamente, porque los primeros convencidos de que el verdadero peronismo es el último, son los peronistas anunciadores de esta buena nueva. El argumento es paradójico y, en algún punto perverso. En los últimos treinta años el peronismo gobernó con todos sus atributos durante veintitrés años, pero según la impresión de los pregoneros de la buena nueva, el peronismo nunca fue gobierno y el verdadero peronismo es siempre el que está por llegar.

Decía que el peronismo es, además de símbolos y mitos una relación efectiva con el poder. Y es esa manera de concebir el poder lo que lo distingue y establece un hilo de pertenencia entre las diferentes gestiones. Como fuerza política multitudinaria, en el peronismo hay de todo y para todos los gustos. A lo largo de su historia fue de derecha y de izquierda, clerical y anticlerical, estatista y liberal. En su interior militaron torturados y torturadores, verdugos y víctimas, santos y asesinos. Sin embargo, en ese escenario de tensiones aparentemente irreductibles, en ese recorrido histórico sacudido por contradicciones en algunos casos salvajes, hay una trama a veces visible y a veces invisible que lo sostiene y, como en la parábola borgeana, es esa trama la que traza las líneas del verdadero rostro del peronismo.

Hay muchos caminos para acceder a la verdad reveladora del peronismo, pero más allá de sus experiencias hay una identidad no podría no haberla- que se impone y perdura. Esa identidad está presente en todos los partidos políticos. La identidad puede ser más fuerte o más débil, pero sin esa identidad no habría partido político, cultura partidaria. La singularidad del peronismo es que sobrepone esa identidad a la patria misma. Puede que en los últimos años esta afirmación haya perdido su carácter faccioso, pero se mantiene como prejuicio o convicción íntima.

Ser peronista no es una manera más de ser argentino, sino la mejor manera de serlo, la única y más exclusiva.

Así pensado, el peronismo es una emotividad cotidiana, una manera eufórica de vivir las pasiones, una exaltación jubilosa de los valores de la nacionalidad, un desprecio plebeyo por las formalidades de la democracia, una subcultura del despilfarro en nombre de los intereses populares, una relación instrumental y primaria con la cultura y, en sus intelectuales, un tributo sensual a las versiones irracionales del romanticismo.

Sus vicios son evidentes, pero sus fortalezas también lo son. Su existencia arraiga en profundas tradiciones nacionales. El peronismo no es un fenómeno externo o una flor exótica. Oceánico y canalla, plebeyo y jerárquico, popular y cínico, solidario y corrupto, constituye desde el punto de vista sociológico un formidable campo de estudio, aunque muy a pesar de sus seguidores, sus límites son visibles y sus derrotas electorales y callejeras de las últimas décadas así lo confirman.

El peronismo es una vigorosa realidad nacional subordinada a una realidad superior más amplia y trascendente: la Argentina pluralista, la que resiste el pensamiento único, la uniformidad cultural, las soluciones mesiánicas y excluyentes. Esta verdad también tiene sus dificultades para imponerse, pero si la Argentina merece un futuro a la altura de sus aspiraciones más trascendentes, ese futuro deberá modelarse con los tonos nobles y austeros del pluralismo, la libertad, la dignidad humana, la apertura al mundo y la justicia. La realización de estos valores incluye al peronismo, pero excluye su pretensión de ser la única alternativa de gobernabilidad.

El futuro deberá modelarse con los tonos nobles y austeros del pluralismo, la libertad, la dignidad humana... la justicia. La realización de estos valores incluye al peronismo, pero excluye su pretensión de ser la única alternativa de gobernabilidad.



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