Preludio de tango

Eladia Blázquez, el corazón mirando al sur

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Ilustración: Lucas Cejas

 

Manuel Adet

En el otoño de 1971, Eladia Blázquez se presentó en Caño 14 acompañada de Atilio Stamponi y Néstor Marconi. Fue su carta credencial en el tango. Si alguien tenía alguna duda al respecto, esta ceremonia en una de las grandes capillas del tango se encargó de disiparla. Eladia Blázquez para ese entonces ya era reconocida por sus poemas, pero le faltaba este espaldarazo que la instaló definitivamente como una de las grandes revelaciones del tango. Después, Rubén Juárez, Horacio Molina y Susana Rinaldi se encargaron de consagrarla para siempre.

Como pocos protagonistas del tango reunió en su persona las condiciones de compositora, poeta y cantante. Sergio Pujol la calificó de cantautora y en efecto, es lo que fue. Alguien después dijo que se trataba de una versión de Discépolo con faldas, cosa que me parece exagerada, porque se me ocurre que los universos poéticos de ellos son muy diferentes. Una vez más se demuestra en este caso, que las comparaciones ayudan más a confundir que a esclarecer.

Eladia Blázquez nació en Avellaneda, en Gerli para ser más preciso, el 24 de febrero de 1931. Hija de españoles. Su madre era de Granada, su padre de Salamanca. Según sus propias palabras, era socialista, pero por sobre todas las cosas, un hombre decente. “Mi viejo fue una abeja en la colmena, las manos limpias, el alma buena...”. Avellaneda fue su barrio, su musa inspiradora. En 1975 se mudó a Buenos Aires, a un piso catorce desde donde -según declaró- intentaban ver desde el balcón los techos de las casas de su barrio, los patios con glicinas, las chimeneas de las fábricas. No sabemos si sus ojos pudieron descubrir esos detalles, pero sí nos consta que su sensibilidad le permitió recrearlos desde otro lugar. “Nací en un barrio donde el lujo es un albur, por eso tengo el corazón mirando al sur”.

Según ella, una canción se va amasando en el tiempo hasta que de pronto aflora y se impone para convertirse en una pieza de tres minutos. Una buena síntesis para explicar cómo funciona el proceso creativo de una poeta. Algo de ello debe de haber estado presente en uno de sus primeros éxitos, “Sueño de barrilete”, una reflexión sobre la vida y sobre las huellas que en ella deja la niñez. “Desde chico yo tenía en el mirar, esa loca fantasía de volar”. Para luego concluir. “Y he sido igual que un barrilete, al que un mal viento puso fin, no sé si me falló la fe, la voluntad o acaso fue que me faltó piolín”. “Sueño de barrilete” fue estrenado con la orquesta de Leopoldo Federico entre 1959 y 1960. Después la Tana Rinaldi hizo el resto.

Sí, es verdad que Eladia no nació con el tango bajo el brazo. Hasta llegar a él transitó por la música española, el bolero y el folclore. La música y el canto la fascinaron desde pequeña. Según sus biógrafos, a los ocho años actuaba en Radio Argentina. Sus estudios formales no fueron su fuerte. Terminó a los ponchazos la primaria y de allí en más nació una formidable autodidacta. Aprendió rápido a tocar el piano y la guitarra. A los once años escribió su primer bolero “Amor imposible”. El género del bolero siempre le va a gustar. Temas como “Novelera” y “Tu mentira” fueron grabados en su momento por Roberto Yanés. En 1957 registra su primera canción melódica: “Humo y alcohol”.

Las canciones criollas fueron otro de sus gustos. Disfrutaba con las zambas, las chacareras y las cuecas. En algún momento el Grupo Vocal Argentino, dirigido por el Chango Farías Gómez grabó su tema “Ya me voy ya me estoy yendo” Para esos años su condición de poeta ya estaba definida. Algunos de sus escritos así lo demuestran. “Cómo vivir sin verte, si lejos de tu sol no sé vivir”. O cuando dice: “Qué ausencia de pan y miel cuando te fuiste”. O el fragmento de esta canción: “El pan y la casa, los chicos que crecen jugando en las plazas, a pesar de todo, la vida ¡qué hermosa!, siempre y sobre todo de todas las cosas”.

A partir de 1968 el tango pasa a ser su instrumento expresivo dominante. Es un tango que pretende diferenciarse de los poemas de los años treinta y cuarenta, un tango que registra los cambios de la ciudad y sobre todo los cambios en el lenguaje, los nuevos giros expresivos, las renovadas modalidades del lunfardo. Con la precaución del caso, puede decirse que Eladia es a los poemas lo que Piazzolla a la música. Su apertura en ese sentido es significativa. Lo suyo está en sintonía con lo de María Elena Walsh y Chico Novarro. Son poemas para una nueva platea, para una nueva manera de percibir la ciudad. Incluso para nuevos escenarios.

Se equivocan los que la consideran una extraña para el tango y, en más de un caso, una infiltrada. César Tiempo y Julián Centeya la reivindicaron como propia. Cátulo Castillo fue mucho más directo: “Allí está Eladia Blázquez y un asombroso duende se ha asomado a sus ojos rotundos, ojos melancólicos. Ella es el tango mismo. A ver qué pasa”.

En 1970 el tango “Mi ciudad y mi gente” fue premiado en el IV Festival Buenos Aires de la Canción. En 1979, en la cúspide de la fama estrena “Viejo Tortoni”, un poema de Héctor Negro a la que ella musicaliza. Osvaldo Arana lo canta por primera vez. Después lo interpretarán Rubén Juárez y ella misma.

Pertenecen también a su autoría “Mi ciudad y mi gente”, “Honrar la vida”, “Si Buenos Aires no fuera así”, “María de nadie”, “Qué buena fe”. “Contame una historia”. Estos dos últimos, verdaderos éxitos en la voz de Juárez. Otros temas que merecen destacarse es “Si te viera Garay” y “Adiós Nonino”, una versión autorizada por el mismísimo Piazzolla.

Capítulo aparte y particular consideración, merece “Sin piel”. El primer verso ya es toda una declaración de principios: “Ya sé, llegó la hora de archivar el corazón”. Y los últimos versos de la primera estrofa no le hubieran desagradado a Discépolo: “Es hora de matar los sueños, es hora de inventar coraje, para iniciar un largo viaje por un gris paisaje sin amor”. Los versos de la última estrofa son magníficos: “Después de haber sentido hasta el dolor de los demás, de darme sin medir, de amar sin calcular, llegó la indiferencia metiéndose en mi piel, pacientemente cruel, matando mi verdad. Saber que no me importa nada, de alguna vibración pasada y caminar narcotizado por un mundo helado, sin amor”.

Acá el infierno claramente es la ausencia de amor. El dolor se confunde con el fracaso y su versión más demoledora, la indiferencia, la insensibilidad, la conciencia de saber que no le importa nada. No sentir es el infierno tan temido. “Y me entregué sin luchar”, dirá Discépolo. Al poema “Sin piel” lo escuché una vez cantado por ella misma y me pareció una interpretación excelente.

Eladia publicó dos libros: “Mi ciudad y mi gente” y “Buenos Aires cotidiana”. En 1988 fue declarada “Hija dilecta de Avellaneda” y en 1992 “Ciudadana ilustre de Buenos Aires”. Ambos reconocimientos los merecía con creces. Eladia Blázquez falleció en la ciudad de Buenos Aires el 31 de agosto de 2005.

Según ella, una canción se va amasando en el tiempo hasta que de pronto aflora y se impone para convertirse en una pieza de tres minutos. Una buena síntesis para explicar cómo funciona el proceso creativo de una poeta.