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El arte de vivir tras las rejas - Revista Nosotros Nosotros

El arte de vivir tras las rejas

El arte de vivir tras las rejas

Ismael Mastrini es instructor de los cursos avanzados de El Arte de Vivir. ES EL ÚNICO DE LATINOAMÉRICA QUE LOS DICTA en cárceles, donde logra resultados asombrosos. En la Unidad Penal bonaerense Nº 48 de San Martín hay un pabellón que practica sus ejercicios y modo de vida: el arte del cambio.

TEXTOS. FLORENCIA ARRI (FARRI@ELLITORAL.COM). FOTOS. GENTILEZA ISMAEL MASTRINI.

 

“Paz y amor”. Ocho letras, dos palabras que recubren en goma la muñeca de 32 hombres. No pelean. A veces lloran. Viven en comunidad, comparten la mesa y los días en paz. Son los 32 presos del pabellón del Arte de Vivir de la Unidad Penal Nº 48 de San Martín, en la provincia de Buenos Aires. En esta cárcel de máxima seguridad, quienes pasan sus días entre muros dicen que cambiaron al conocer tres herramientas: ejercicios de yoga, respiración y meditación. Los ejercicios de El Arte de Vivir.

En boca de Ismael Mastrini la palabra “cambio” es recurrente. Es abogado y ronda los 65 años, pero dice que comenzó a vivir hace 20. Su especialidad eran los divorcios, hasta que le tocó procesar el propio y casi le cuesta la vida. Cayó en depresión. Dice que este curso de meditación le devolvió la sonrisa.

Ismael pasa muchos de sus días tras las rejas, por decisión propia: es el único instructor avanzado de estas técnicas que dicta cursos en cárceles. Hay una cama, en el penal de San Martín donde a veces duerme cuatro noches. Esos días comienzan a las 6 y terminan a las 22. Son jornadas de meditación, de aprendizaje, de abrazos. Son los días en que enseña un arte que les cambia la vida.

DESDE ADENTRO

La primera cárcel que conoció en su vida fue la de Devoto. Tenía 21 años, estaba por recibirse de abogado y recorría las diferentes instancias que sus clientes podían atravesar. Sus compañeros quedaron impresionados con la morgue, con la etiqueta que los muertos llevan en el dedo gordo. A Ismael le impactó la cárcel: “Me daba mucha vergüenza mirar a los presos a los ojos. Parecía un zoológico de humanos. Sentí que yo también podría estar en su lugar”. La experiencia lo marcó y nunca pudo ejercer en el fuero penal -“me causaba mucha angustia”-, salvo raras excepciones.

Volvió a Devoto 42 años después, como ayudante de un instructor del curso de El Arte de Vivir. Al cruzar el umbral, el tiempo hizo su jugarreta y el cuerpo le devolvió la sensación de aquella primera visita. Pero fue distinto, esta vez sí tenía algo que ofrecerles: las técnicas de meditación y respiración que son fundamento del curso. “Pensé que realmente podíamos ayudar a esas personas -recuerda-. Ahí me decidí: quise ser instructor para dar esos cursos en penales y cambian vidas”.

Lo hizo y, al poco tiempo, notó que un cambio drástico se produjo en la suya: “Me fue atapando. De golpe, un día cerré el estudio y me dediqué exclusivamente a dar los cursos”.

ENJAULADOS

Ismael es claro. Desde su pelo hasta sus ojos. Como su pensamiento, sus palabras y decisiones. Desde que comenzó a hacerlo, dictó el curso avanzado de El Arte de Vivir a unos 10 mil presos, personalmente. Para ello, se contactó con las autoridades de cada penal, donde buscó garantizar continuidad, “que podamos dictar un curso por mes”. Para lograr “el cambio” se debe ser constante: requiere al menos media hora diaria de meditación, una alimentación sana, y el mayor desafío: el abandono de las adicciones, de cualquier tipo de estupefacientes. Y, aunque “tienen caídas”, los cambios “son importantes”.

“Un rasgo fundamental es poder estar presentes esos días, estar con ellos. De nada sirve ir a dar un curso e irte a tu casa”. Mastrini hace carne lo que vive. Es radical, va hasta el hueso: en esos días, él también duerme tras las rejas, junto a los presos.

En la memoria de Ismael, la primera noche que pasó intramuros quedó marcada a fuego. Fue en la Unidad 48, en el pabellón del Arte de Vivir y con el asombrado permiso de las autoridades competentes. Nunca nadie lo había hecho. Él lo planificó y se quedó a dormir las cuatro noches.

“La primera fue fuerte -narra, como si la aclaración fuera necesaria-. Me tiré en la cucheta y vi muy cerca de mi cara la cama de arriba, las palabras escritas en sus tablas. Sentí una opresión en el pecho: se me venía encima todo lo que había pasado en esa celda. Las emociones, las angustias, el miedo. Me faltó el aire. Llegué a preguntarme ‘¿Por qué estoy preso si no hice nada?’. Yo lo había elegido, estaba ahí por mi voluntad pero no podía salir: estaba preso. Esa noche casi no dormí. Después me acostumbré, y a las otras tres noches las dormí con el cansancio de la jornada”.

-¿Cómo se comportó el resto del pabellón?

-Fue maravilloso. Terminamos todos llorando, abrazados, emocionados. Las cosas que ellos decían, lo que habían vivido. Me daban las gracias por haber estado preso con ellos. Los testimonios son muy fuertes. Me sentí fantástico porque el cambio radical que vi en ellos, en sólo 4 días.

Mastrini habla bajo, tranquilo, con naturalidad. Reconoce que “cada vez que entro a un penal siento que me meto en una jaula de leones. Son leones, tipos tan peligrosos que a veces las autoridades tienen miedo de dejarnos trabajar con ellos. Pero sale bárbaro”. Sonríe y devela su secreto. Para lograrlo, apela a una herramienta fundamental: el abrazo.

LOS CHICOS

Para el sistema son “internos” de unidades penales. Para la sociedad son “presos”, privados de libertad. Para Ismael Mastrini son “los chicos”: a él le dicen “Pá”. El sentimiento parece ser recíproco.

Hace seis meses dictó su curso avanzado de El Arte de Vivir en la Colonia Penal Federal Islas Marías, situada en las costas de México. Para hacerlo, impuso una condición: poder tocarlos. “Siempre apelo a lo físico, desde los abrazos, desde el juego”.

No le fue fácil. Uno quiso tomarle el pelo. Él se levantó, se acercó a él “y, en vez de gritarle, le di un gran abrazo”. Minutos después, junto a Ismael unos 60 tipos robustos, supuestamente malos, hicieron una fila espontánea “para que yo les diera un abrazo”. Es que, para este argentino, “no hay nada más fuerte que el contacto de pecho con pecho, el abrazo”.

Al contarlo, sus ojos azules se abren grandes: sabe que genera asombro, y lo alimenta. “Son hombres fuertes, tatuados, marcados. Hombres temibles con la misma necesidad de afecto que cualquier otro. Hasta ahora, nunca recibí una mala reacción”.

Los llantos son lo esperado. Lo inesperado es la propuesta: “Cuando los veo que están muy tensos, muy angustiados -se les nota en la cara-, los acuno como si fueran bebés. Se sientan en mi falda, como si yo fuera su padre. Se los propongo y miran serios, me dicen ‘¿Te parece?’. Les digo que sí y se sientan. Estos ex malvados, que parecen malísimos, se dejan acunar como bebés y se quedan un rato, apoyan la cabeza en mi hombro delante de todos los internos. No tienen vergüenza”.

EL VERDADERO CAMBIO

Puertas adentro de un penal, la fuerza física es la verdadera ley. Pero en los cursos que dicta Mastrini, “tal como se ve en las filmaciones, terminamos todos llorando”. Más allá de la meditación y de las tan mentadas técnicas de respiración que inculca El Arte de Vivir, a la hora de hallar razones para cambios tan radicales, Ismael sólo encuentra una: el amor. “Lo necesitan tanto que, al recibirlo, te lo devuelven a montones. Te das cuenta que lo que faltó en esa casa, en esa familia si es que la tuvieron- fue amor. Estos tipos, que muchos consideran animales, son iguales a cualquier otro. Hay que darles la oportunidad concreta de un cambio, algo cada vez más difícil”.

Lo dice con todas las letras: “Nadie cree en esa posibilidad de cambio. Nadie, ni aun las personas destinadas a eso. Hay instituciones, profesionales, todo un sistema puesto en títulos, rótulos, fotos, carteles, sueldos; todo un sistema montado para lograr una rehabilitación en la que nadie cree. Para lograr resultados, el cambio tiene que ser de todos”.

MASTRINI dictó su curso avanzado de El Arte de Vivir en la Colonia Penal Federal Islas Marías, situada en las costas de México. Para hacerlo, impuso una condición: poder tocarlos. “Siempre apelo a lo físico, desde los abrazos”.

En la web

http://www.artofliving.org/ar-es.

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el Arte de Vivir TIENE SU PROPIO pabellón eN la Unidad Penal Nº 48 de San Martín, en la provincia de Buenos Aires. SUS INTERNOS IMPLEMENTARON SUS TÉCNICAS, Y GENERARON UN CAMBIO EN SUS VIDAS.

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Raíces y fundamentos

El Arte de Vivir se autodefine como “una ONG humanitaria, educativa y sin fines de lucro, fundada en 1981 por Sri Sri Ravi Shankar. Su trabajo, en más de 150 países, está enfocado en el manejo del estrés y en las iniciativas de servicio para el bienestar de la comunidad”.

Los cursos son una de las actividades que realiza la ONG para “eliminar el estrés a través de poderosas técnicas de respiración, meditación y yoga”. Sus técnicas sumaron la adhesión de millones de personas en todo el mundo. Buscan “superar las tensiones, la depresión y las emociones negativas”, según detallan.

La ONG también difunde la paz en distintas comunidades a través de diversos proyectos humanitarios. El curso que dicta Ismael Mastrini en cárceles de Latinoamérica es uno de ellos. Es financiado en su totalidad por la ONG, desde la alimentación hasta los elementos y honorarios.

La entidad también trabaja por el alivio en zonas de desastres naturales, en resolución de conflictos, proyectos de desarrollo sustentable, empoderamiento de la mujer, rehabilitación de personas privadas de su libertad y programas educativos, entre otros.



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