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Enrique Delfino y el tango romanza - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

Enrique Delfino y el tango romanza

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Manuel Adet

Habitualmente se considera que Pascual Contursi fue el creador del tango canción. Sin embargo, no son pocos los que consideran, con muy buenos fundamentos, que ese honor lo merece Enrique Delfino, uno de los pianistas más talentosos y entrañables de su tiempo, un músico cuyos saberes, más allá de los títulos honoríficos, fueron indispensables para forjar el tango canción y otorgarle al género la dignidad de una música excelente.

Es sabido que a partir de la década del diez del siglo pasado el tango empieza a definir su identidad, a estar a la altura de lo que se considera como la música por excelencia del Río de la Plata. En esa tarea cumplen un lugar destacado maestros de formación académica clásica que desde el piano, el violín y el bandoneón hacen del tango algo más que un baile atrevido o una expresión musical improvisada. En esa tarea hay nombres insoslayables como los de Juan Carlos Cobián, Osvaldo Fresedo, Julio de Caro y el propio Enrique Delfino.

Este esfuerzo por componer buena música es lo que explica la perdurabilidad del tango, y su carta de ciudadanía en el mundo. Hacer buena música reclama estudiar, desarrollar una sensibilidad muy especial y una exigente disciplina profesional. Ya mayor, Delfino consideraba que a la hora de una evaluación del tango en el siglo XX, era importante ponderar el esfuerzo de los viejos maestros como Fresedo o Cobián y los logros obtenidos en la misma línea por músicos espléndidos como Salgán y Piazzolla, dejando expresamente en el rincón de los anacronismos y el comercio en sus versiones menos nobles a orquestas como las de D’Arienzo y Biaggi.

En lo personal, fue un pianista delicado, sensible y refinado, y uno de los forjadores de la renovación de las corrientes melódicas del tango. Nunca dejó de componer tangos, pero cuando le preguntaban por los músicos que más admiraba y más lo influenciaron, su repuesta era siempre la misma: Wagner, Verdi y Puccini.

Enrique Pedro Delfino nació en Buenos Aires, el 15 de noviembre de 1895. Sin exageraciones podría decirse que su infancia transcurrió en los pasillos y entre los bastidores del Teatro Politeama, ubicado en la esquina de Corrientes y Paraná y en donde sus padres tenían a cargo la concesión del bar. El dato merece mencionarse porque esto quiere decir que el chico pobló las imágenes de su infancia con músicos, actores, poetas y pintores, el paisaje que lo habrá de acompañar de aquí en más y que influirá sobre su sensibilidad, sus gustos y su visión del mundo.

Será en ese universo de bohemios y buscavidas, de escritores talentosos y actores asediados por el fantasma del fracaso, de poetas cargados de angustias y mujeres ansiosas por conquistar el aplauso de las plateas, de periodistas de pluma inspirada y empresarios de la noche creativos y en más de un caso inescrupulosos, en el que Delfino forjará su temperamento artístico, e incluso le dará una singular mirada sobre el mundo, mirada que él sabrá expresar a través de la música y su otra variante, menos conocida pero no por ello menos popular, que fue el humor, el humor musical del cual fue un pionero.

Se dice que de pibe le gustó la música y demostró que tenía madera de artista. Algo de cierto debe de haber en la leyenda, porque sus padres lo enviaron a estudiar el arte de combinar los sonidos a Italia, a Turín para ser más preciso. La vocación debe de haber sido fuerte, porque desde su adolescencia supo resistir las presiones de su padre que deseaba para el hijo una carrera más previsible y sedentaria que la de músico en un género identificado en sus primeros tiempos con la pornografía, el hampa, la prostitución y el rufianismo.

Una de sus primeras composiciones fue “El apache oriental”, pero el título que le otorgará respetabilidad en el medio será “Bélgica”, una pieza escrita en el clima cultural provocado por el inicio de la Primera Guerra Mundial en Europa. Como para disipar dudas al respecto acerca de sus virtudes, antes de 1920 compone dos celebridades para el tango de todos los tiempos: “Sans Souci” y “Re-Fa- Si”.

Con esos atributos el joven Delfino ingresa en la década del veinte decidido a hacer del tango un acto de creación artística. Es precisamente en 1920 cuando compone “Milonguita”, un poema escrito por Samuel Linnig considerado por más de un crítico como el punto de partida real del tango canción. Al respecto, lo que se dice, por ejemplo, es que Contursi le ponía letra a notas musicales que ya estaban escritas. A partir de Delfino, la letra y la música se desarrollan interactuando entre ellas y Delfino crea a partir de esta experiencia el formato estético del tango canción. El tango “Milonguita”, cantado por María Esther Podestá se estrenó el 12 de mayo de 1920 en el teatro Ópera, en ocasión de la puesta en escena del sainete de Linnig y Alberto Weisbacch, “Delikatessen Hauss”.

Para esa época, Delfino integra a lo que se conoció como el Cuarteto de los Maestros, una formación musical en la que participan Osvaldo Fresedo, Agesilao Ferrazzano y David “Tito” Rocatagliata. A ese tiempo pertenece también La Orquesta Típica Select un sexteto al que suman, además de los miembros del Cuarteto de los Maestros, el violinista Luis Alberto Infantes y el cellista Alfredo Lennartz, un músico de primer nivel cuya presencia en Select da cuenta de la apertura a las exigencias musicales de Delfino. “Soy un compositor de ventanas abiertas”, decía cada vez que le preguntaban por lo que se consideraba sus transgresiones al tango.

A sus giras por Estados Unidos financiadas por la Víctor, le suma luego las giras por Europa en donde estará presente en los escenarios de Madrid, San Sebastián, París y Londres. En una de esas recorridas se encontrará con Carlos Gardel y participará como músico en la película “Luces de Buenos Aires”.

Su presencia en los locales nocturnos de Buenos Aires, se complementa con sus presentaciones en Montevideo, la ciudad en la que vivió en diferentes momentos. Fue allí cuando siendo apenas un jovencito se inició con el humor musical. Cuando años después a Delfino le preguntaban cómo podía compatibilizar las exigencias de sus composiciones con las humoradas que hacía en el escenario con el piano, él contestaba que esos espectáculos le encantaban y que sus grandes satisfacciones como profesional se las debía a aquellos tiempos cuando con el apodo de “Delfy” se dedicaba a hacer reír a la gente.

Delfino obtuvo a lo largo de su carrera las mejores calificaciones profesionales. El hecho de que Gardel le haya grabado alrededor de veintiséis tangos, es una prueba del respeto que el hombre despertaba entre los mejores. A título de ejemplo, pertenecen a su autoría temas como “La copa del olvido”, “Aquel tapado de armiño”, “Palermo”, “Otario que andás penado”, “Estampilla”, “Dicen que dicen”, “Padrino pelao”, “El rey del cabaret”, “Araca la cana”, “Araca corazón”, “Griseta”, Muñequita de lujo”, Ventanita florida”, “Haragán”. Delfino se dio el gusto de ponerle música a tangos escritos por Manuel Romero, Alberto Vaccarezza, César Amadori, Mario Rada, Alberto Ballesteros y Juan Villalba o José González Castillo.

También fue convocado por los mejores directores de cine de su tiempo. Allí están como ejemplo películas como “Los tres berretines”, “La vuelta de Rocha”, “Ronda de estrellas”, “Así es la vida”, “Los martes orquídeas” o “El mejor papá del mundo”.

Enrique Delfnio murió el 10 de enero de 1967.



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