Edición del Miércoles 06 de noviembre de 2013

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La Alianza Libertadora Nacionalista - Opinión Opinión

Crónicas de la historia

La Alianza Libertadora Nacionalista

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Falangistas desfilan en La Plata en 1930. Estos grupos convergieron en la Alianza Nacionalista y signaron varias décadas con su violencia física e ideológica. foto: del libro 100 años de vida platense, de Ricardo Soler.

por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com

Rogelio Alaniz

La Alianza Libertadora Nacionalista (ALN) fue fundada por Juan Queraltó en junio de 1938 sobre la base de la Unión Nacional de Estudiantes Secundarios (Unes), una suerte de rama juvenil de la Legión Cívica, agrupamiento nacionalista de extrema derecha que se constituyó en 1930 para apoyar el proyecto corporativo promovido por el dictador José Félix Uriburu, cuyos militantes se dieron el gusto de desfilar con uniformes y armas por las calles céntricas de Buenos Aires.

La ALN podría haber sido una de las tantas siglas del nacionalismo oligárquico -para algunos, fascistizante, para otros, popular- que brotaron en el clima político de los años treinta y en el contexto de la gran crisis promovida por las guerras mundiales, el crack financiero del capitalismo y la crisis de una modernidad asediada desde los más diversos y contradictorios flancos.

Ya en 1927, el Ateneo Nueva República se transformó en uno de los primeros centros de divulgación intelectual de una causa que consumía con avidez las ideas autoritarias elaboradas en Europa, lo cual dejaba en evidencia la paradoja de que el nacionalismo criollo naciera mirando a la Europa de Maurras, Spengler y D’annunzio.

Los hermanos Irazusta -Julio y Rodolfo-, Ernesto Palacio y Ramón Doll, entre otros, fueron los pioneros más destacados de esta causa. También para esos años, adquirió identidad el nacionalismo católico de la mano del cura Franceschi y la revista Criterio, la tribuna donde los flamantes cruzados expresarán sus ideas a favor de un orden católico hispanista y corporativo.

Durante la década del treinta, estos agrupamientos proliferarán en todas las direcciones, cada uno con sus propios matices, sus pequeños jefes y sus particulares obsesiones, pero el elemento común que los identificará a todos será la impugnación de la democracia representativa, la reivindicación del corporativismo, la crítica a los partidos políticos considerados agentes facciosos y disolutos y la constitución ideal de un ser nacional católico. Algunos serán más o menos antisemitas, más o menos fascistas, más o menos violentos, pero en todos los casos los enemigos declarados serán el capitalismo liberal y el marxismo ateo.

La ALN nació en ese contexto y para varios historiadores era una sigla más del nacionalismo autoritario de entonces. Sin embargo -y a diferencia de otros agrupamientos del mismo signo- las críticas al capitalismo liberal de los aliancistas, ALN descenderá de las nubes de la ideología religiosa o del elitismo aristocrático de quienes encontraban en el nacionalismo una coartada para oponerse a la democracia de masas, para impugnar su sistema de explotación económica.

La ALN será el primer agrupamiento político nacionalista que se propondrá discutirle a la izquierda su influencia política e ideológica en el movimiento obrero y reivindicar en nombre de la nación y la colaboración de clases, la justicia social y la soberanía económica. A su clásico registro antiliberal y anticomunista, la Alianza cuestionará la dependencia colonial con Gran Bretaña, defenderá la propiedad privada, pero reivindicará la regulación estatal y aludirá a una reforma agraria que pudiera terminar con la hegemonía terrateniente.

Seguramente, uno de los libros que más influyó en esos militantes fue “Argentina y el imperialismo británico”, una erudita investigación histórica de los hermanos Irazusta que pone en evidencia la dominación inglesa en nuestro país. Consignas como “Patria si, colonia no”, palabras como “cipayos”’ o “vendepatrias’’ empezaron a circular como novedades en el ambiente político de aquella época.

Pues bien, estudiar a la ALN es importante porque será uno de los nucleamientos políticos que contribuirán desde su espacio a crear las condiciones que darán lugar, a partir de 1943, al nacimiento de una nueva experiencia política que luego será conocida con el nombre de peronismo.

Ya el 1º de mayo de 1938, Queraltó se proponía movilizar con banderas argentinas y eslóganes nacionalistas a los trabajadores habitualmente encuadrados en los sindicatos y partidos de izquierda. La movilización de ese año recorrerá la avenida Santa Fe y a las consignas nacionalistas le sumarán cánticos a favor de Franco y Primo de Rivera, cánticos que en algunos casos se confundirán con vivas a Juan Manuel de Rosas y a quien fuera en esos años el general por excelencia de todos los nacionalistas: Juan Bautista Molina.

Sin embargo, será recién el 1º de mayo de 1943, cuando la ALN logrará una multitudinaria movilización de masas que arrancará en Coronel Díaz y concluirá en plaza San Martín, donde hará uso de la palabra Bonifacio Lastra. Se dice que en esa marcha participaron alrededor de cien mil personas, una evidente exageración porque será el propio Queraltó quien años después admitirá en una entrevista que eran algo más de treinta mil personas; pero en cualquier caso -y admitiendo la cifra de treinta mil- no deja de llamar la atención que dos semanas antes del golpe de Estado del 4 de junio de 1943 los aliancistas hayan movilizado tanta gente.

Usando un giro empleado por los historiadores Macor e Iglesias, podríamos decir que la ALN era una expresión del “peronismo antes del peronismo”, una caracterización diferente de la que habitualmente se le asigna como simple grupo de choque, algo así como cachiporreros oficiales del movimiento liderado por Perón. Por el contrario, en su momento la Alianza movilizará a muchos militantes, pondrá en circulación sus propios periódicos y folletos y extenderá su red de adhesiones a muchas ciudades del interior. El alma mater de todas esas iniciativas era Queraltó, un dirigente a quien sus seguidores reivindican hasta la actualidad, ponderando su capacidad organizativa y su firmeza ideológica.

Lo que llama la atención, en todo caso, es el silencio que el peronismo actual -pero también el de los años setenta- ha hecho respecto de esta fuerza política tan significativa en su momento. Es probable que sus abiertas simpatías con nazis, fascistas y falangistas, o su nunca disimulado antisemitismo, o sus frecuentes rencillas con Perón, hayan inhibido a los más recientes teóricos del nacionalismo popular a reivindicar esta tradición. Es que resulta intelectualmente cómodo adherir al 17 de octubre con el diario del lunes, pero los aliancistas lo hicieron ese mismo día. Y más allá de los escrúpulos ideológicos de los peronistas llamados de izquierda, los militantes de la ALN exhiben el mérito de haber sido los primeros nacionalistas orgánicos en haberse sumado a esta movilización, ocasión en la que luego de concluido el acto en Plaza de Mayo protagonizaron una balacera contra simpatizantes de la Unión Democrática atrincherados en las oficinas del diario Crítica, circunstancia en la que murió Darwin Passaponti. Se trataba de un joven recluta de la ALN que fue la única víctima de esa jornada histórica.

Reconocidos dirigentes peronistas dieron sus primeros pasos en la Alianza. Rodolfo Walsh, Rogelio García Lupo y Jorge Masetti, entre otros, estuvieron allí. Walsh luego se arrepintió de ese pecado juvenil, aunque hubiera sido interesante preguntarle qué diferencias de fondo encontraba entre los postulados de la ALN y el nacionalismo de Montoneros.

Luego de los primeros balbuceos políticos, los militares que tomaron el poder en junio de 1943 definieron en pocas semanas un rumbo nacionalista y católico que logró la adhesión inmediata de los aliancistas. De todos modos, conviene advertir que las relaciones entre éstos y Perón siempre estuvo signada por la controversia y en algunos casos por el conflicto frontal. A la ALN, la seducía el discurso nacionalista, las simpatías por el Eje, nunca disimuladas de los militares golpistas; la neutralidad, a pesar de las presiones de los Aliados, y la participación en el gobierno de personajes como Hugo Wast y Giordano Bruno Genta.

Perón, por su parte, sumaba adhesiones pero no estaba dispuesto a que el libreto se lo escribieran Queralto o Lastra. Fue así que cuando los aliancistas se reunieron con él para darle su apoyo y ofrecerle letra ideológica, Perón les respondió sin vacilaciones y con su impecable sonrisa: “Si yo soy su jefe, como ustedes dicen, es porque sé muy bien lo que hay que hacer”. (Continuará)



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