Cambios de gabinete y anuncios
Cambios de gabinete y anuncios
Extraña pareja
Un peronista clásico y pragmático por excelencia, y un académico pedante y versado en marxismo y keynesianismo, son la apuesta del gobierno para evitar una crisis macroeconómica.

Jorge Capitanich y Axel Kicillof.
Sergio Serrichio
Los cambios de gabinete y los anuncios de las últimas semanas indican que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK) encontró una fórmula para superar el desasosiego político y personal en que la había sumido la derrota oficialista en las elecciones primarias de agosto pasado, confirmada en las legislativas de octubre: ella reinará, y el nuevo jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, gobernará.
Que Capitanich, a quien le restaban sólo dos años de su segundo mandato como gobernador de Chaco, no haya renunciado a la gobernación es una mala señal, por lo que dice de sus expectativas. Basta recordar el antecedente de otro jefe de Gabinete con cargo ejecutivo que tomó licencia de su conchabo previo: Sergio Massa, quien tras su breve paso por el gobierno de CFK volvió a la intendencia de Tigre, plataforma desde la que venció al crisnerismo.
Pero Capitanich tiene un poderoso incentivo, más importante que esa mala señal: una gestión exitosa lo convertiría, casi automáticamente, en el candidato presidencial del oficialismo.
Ahora bien, ¿qué sería una “gestión exitosa”? Por de pronto, evitar una crisis macroeconómica, que llevaría a un desbande del crisnerismo y a un conflicto al interior del peronismo.
Perfil
Capitanich es, por eso, el elegido: en los últimos diez años demostró ser “leal” al kirchnerismo (como antes lo había sido a Menem y a Duhalde, y no hay aquí ironía: el “Coqui” no muerde la mano del que le da de comer, al menos mientras le dan de comer), pero nunca renegó del peronismo a secas y, a diferencia de kirchneristas de paladar negro (Julio de Vido, Carlos Zannini, Carlos Kunkel), y crisneristas advenedizos (como los jóvenes camporistas, como Amado Boudou y, de particular importancia hoy, el ministro de Economía, Axel Kicillof) tiene votos propios, su existencia política no es una graciosa concesión de Cristina.
No se trata de pensar la política en términos de personalidades, sino de incentivos frente a los problemas reales, que siguen siendo los mismos de los últimos años: inflación, inseguridad, estancamiento (e incipiente destrucción) del empleo, pobreza, marginalidad, escasez de inversiones, fuerte deterioro de los servicios y de la infraestructura pública, estrangulamiento energético. Problemas todos que a corto plazo se condensan y hacen eclosión en la escasez de dólares y la dramática caída de las reservas internacionales del Banco Central.
Frente a ello, Capitanich parece haber acelerado el sendero que habían empezado a transitar llaneros como Boudou y Miguel Galuccio (el presidente de la reestatizada YPF) en los últimos meses: negociación con los acreedores externos para evitar un nuevo “default” y reabrir el acceso al financiamiento internacional, y preacuerdo con Repsol para dejar atrás los juicios por la expropiación de YPF y allanar la entrada a la Argentina de grandes petroleras internacionales, para explotar hidrocarburos “no convencionales” en la formación “Vaca Muerta”.
Dólar y precios
Un problema siguen siendo los tiempos. Porque la caída de reservas, de mantenerse a este ritmo unas semanas más, podría desbaratar cualquier expectativa de evitar una maxidevaluación, esto es, un nuevo salto del dólar, como tantas veces ocurrió en la historia argentina.
A su vez, para achicar las expectativas en torno del dólar, el gobierno debe dar muestras convincentes de que reconocerá, atacará y resolverá el problema subyacente: una inflación alta y persistente que no sólo ha hecho añicos el peso argentino (salvo en períodos de hiperinflación, nunca la más alta denominación de la moneda local, como es hoy el billete de cien, tuvo tan bajo poder adquisitivo) sino que corre hace meses el riesgo de volverse estampida. Tal vez para no ofender a la Reina, Capitanich y Kicillof la llamaron “variación de precios”, pero ambos saben que allí anida el mayor riesgo a corto plazo. De ahí la eyección del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, cuya sola permanencia en el equipo económico hacía inverosímil cualquier ataque en serio a la inflación.
Capitanich y Kicillof son una pareja extraña: un peronista clásico y pragmático por excelencia (un corrupto “dulce”, dijo su comprovinciana Elisa Carrió), de un lado, y un académico pedante y versado en marxismo y keynesianismo, del otro. Pero no hay que llevar las etiquetas demasiado lejos. Ambos trabajaron juntos cuando, en la era menemista, había melodías más rentables. Kicillof realizó entonces trabajos para M-Unit, la consultora de Capitanich que asesoró en la privatización de varios bancos provinciales, entre ellos el de Formosa.
Monitoreo
En el siglo XXI, los voltafaccia son más rápidos. Fue apenas en abril de 2012 que Kicillof diseñó y ejecutó la expropiación de Repsol, para estatizar el 51 % de YPF, y dijo en el Congreso que, lejos de pagar indemnización a la empresa española, la Argentina debería cobrarle por el “vaciamiento” de YPF. Ahora, sin embargo, resulta que la Argentina le pagaría unos 5.000 millones de dólares entre bonos y participaciones en la promisoria “Vaca Muerta”, a cuyas ubres el gobierno se aferra para evitar el colapso energético. No por la extracción de hidrocarburos “no convencionales”, que en cualquier caso demandará varios años, sino por los dólares que puedan arrimar las petroleras interesadas, para evitar una crisis cambiaria, ahondada, entre otras cosas, por el déficit de la balanza comercial energética. Igual que con la inflación, habrá que ver si dan los tiempos.
Si esas apuestas no fructifican, la Reina tendrá varios fusibles: Capitanich, Kicillof, Boudou. Desde Roma, donde fue enviado como ministro plenipotenciario y consejero económico (cargo similar al que en 1974 el peronismo le dio a Licio Gelli, el masón y fascista amigo de Perón, Isabelita y López Rega, cuya vida estudia interpretar George Clooney), Guillermo Moreno monitoreará el intento, mientras engrosa su ya grosero recetario. Al fin y al cabo, Moreno era (y tal vez siga siendo) el mejor intérprete de los prejuicios y el mejor traductor de las ignorancias crisneristas, reducidas en su libro gordo a conspiraciones que justicieros como CFK rompen a fuerza de voluntad y de relato.