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“Anclao en París” - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

“Anclao en París”

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Manuel Adet

La letra es de Enrique Cadícamo. Se sabe que la escribió en Barcelona, en un café cercano a la Rambla, y que la inspiración fue tan fuerte que en menos de tres horas el tango estaba escrito. Dicen que Cadícamo cumplió con un pedido personal de Carlos Gardel, quien para esa época estaba atravesando por un período de nostalgia. Es lo que se dice. Otra versión asegura que el poema fue escrito a pedido de Guilllermo Desiderio Barbieri, guitarrista de Gardel y autor de la música de “Anclao en París”.

De Cadícamo ya hablé en otras ocasiones y me parece innecesario insistir en su calidad como poeta. Sí, viene al caso mencionar su amistad con Gardel, curtida en viajes, aventuras y madrugadas, muchas madrugadas. Se cuenta que muchos años después de la muerte del Morocho, un periodista lo entrevistó e intentó con cierta pedantería darle algunas lecciones acerca de cómo se debe escribir un tango. Dicen que sin sacarse el cigarrillo de la boca y con ese tono de voz algo aguardentoso, algo entabacado, le dijo al impertinente: “Mirá pibe, Gardel me grabó más de veinte tangos, ¿no te parece que algo debo saber de tango?”.

Barbieri fue el guitarrista de Gardel y con él compartió escenarios, aplausos y la tragedia de Medellín. Además de tocar la guitarra, fue un compositor discreto y prolijo. Pertenecen a su autoría “Se llama mujer”, “Preparate pa'l domingo”, “La novia ausente”, “Dicha pasada”, “Recordándote”, “Viejo barrio” “Pordioseros”, e “Incurable”, entre otros. No fue lo que se dice un compositor exquisito. Vivía a mil por hora y no disponía de tiempo y posiblemente de ganas para pulir, pero le sobraba oficio.

Gardel grabó “Anclao en París” en mayo de 1931 y mientras vivió fue uno de los clásicos de su repertorio, el tema que el público le pedía con más frecuencia. Posteriormente, a este tango se le animaron Alberto Podestá, Miguel Montero, Alberto Castillo, Adriana Varela y Luis Cardei, acompañado en este caso por el fueye de Antonio Pisano, pero la versión de Gardel es insuperable, algo previsible cuando Dios -al decir de un gardeliano- es el que canta.

Con respecto a Cardei -que, según tengo entendido, nunca viajó a Europa-, recuerdo que en una de sus habituales presentaciones en el Club del Vino, decía que al llegar a París lo primero que haría al bajar del avión sería cantar ese tango. No se pudo dar el gusto porque la muerte lo visitó antes, pero su versión merece escucharse, como también merece lo suyo la del Negro Miguel Montero.

“Anclao en París” puede ser un tango del exilio o simplemente un tango de la nostalgia. No es el único tema inspirado por París, pero es el único en el que se extraña a Buenos Aires. Recordemos que viajar a París fue -y probablemente sea- una de las grandes fantasías de los argentinos. Por lo menos así lo fue durante varias décadas para la mitología tanguera. “Morocho y argentino, rey de París”, es algo más que una frase, es un deseo, una fantasía, un mito y también una feliz compadreada.

Por otra parte, sería imposible pensar en la identidad del tango, sin la presencia de París. Desde Aín a Eduardo Arolas, desde Pizarro a Gardel, desde Pascual Contursi a Canaro, desde Mederos a Mosalini, París está presente en el tango como lo prueban “La que murió en París”, “Araca París”, “Canaro en París”, “Madame Ivonne”, “Claudinette”, “Siempre París”, por mencionar algunos de los más conocidos.

“Anclao en París” marca una diferencia porque en lugar de relacionar a la Ciudad Luz con la fiesta, el jolgorio, la alegría o la bohemia en sus versiones románticas, alude al extrañamiento propio de quien sabe que no puede regresar, que como todo exiliado está condenado a llorar por la patria perdida, que en este caso es la ciudad perdida. El poema escrito posiblemente en 1931, mantiene una conexión con la realidad histórica, porque en ese año como consecuencia del crack financiero de Wall Street los precios de los pasajes se fueron a las nubes y el retorno a Buenos Aires ya no fue posible, sobre todo para quienes vivían al día o, como dice Sosa, “cuando era un estudiante de bolsillos flacos”.

El título del tango es todo un logro. Anclados en el puerto están los barcos cuyo destino es salir al mar, pero por un motivo o por otro no pueden hacerlo. Así se presenta el poema en su primera estrofa: “Tirao por la vida de errante bohemio/ estoy, Buenos Aires anclao en París./ Curtido de males, bandeado de apremios,/ te evoco desde este lejano país”. “Curtido de males bandeado de apremios”, es un verso con diferentes versiones pero que en lo fundamental dicen lo mismo.

El personaje del poema no la está pasando bien y mucho menos en el momento de evocar las razones de su tristeza. “Contemplo la nieve caer blandamente/ desde mi ventana que da al bulevar:/ las luces rojizas, con tonos murientes,/ parecen pupilas de extraño mirar”. La nieve y la soledad, la nieve y el dolor, la nieve y el sentimiento de muerte. Los últimos dos versos son un hallazgo poético: “Las luces rojizas con tonos murientes...”.

En la segunda estrofa, el lamento nostálgico no se disimula. “Lejano Buenos Aires, ¡qué lindo que has de estar!/, ya van para diez años que me viste zarpar.../ Aquí en este Montmartre, fobourg sentimental,/ yo siento que el recuerdo me clava su puñal”. Ardua polémica entre tangueros sobre la palabra fobourg, en realidad faubourg, referido a barrio, aunque yo conozco una versión en la que se dice “rincón sentimental”, y otra en la que fobourg se confunde con fogón.

“¡Cómo habrá cambiado tu calle Corrientes...!,/ ¡Suipacha, Esmeralda, tu mismo arrabal.../, alguien me ha contado que estás floreciente/ y un juego de calles se da en diagonal...”. Acá no hay metáforas, pero la descripción posee un valor poético nacido de la nostalgia. Cadícamo no está haciendo un relevamiento urbanístico al nombrar las calles emblemáticas de su ciudad, está recuperando un paisaje, un paisaje del alma, porque cada una de esas calles están cargada de imágenes y símbolos.

“¡No sabés las ganas que tengo de verte!,/ aquí estoy varado (¿o parado?) sin plata, sin fe.../ ¡Quién sabe una noche me encane la muerte/ y, chau Buenos Aires, no te vuelva a ver!”. La situación se ha revertido. Siempre el personaje del tango extrañó París o la imagen que se supo hacer de esta ciudad, pero ahora desde París extraña a Buenos Aires, extraña sus calles, sus esquinas, sus noches y sus citas, y ese extrañamiento nace de la nostalgia, del dolor por la lejanía de la patria lejana y de la impotencia de saber que el retorno no es posible, que la separación es o puede ser definitiva. Para concluir. “¡Quién sabe mañana me encane la muerte!”, es una formidable imagen, uno de los grandes hallazgos poéticos de este excelente escritor que fue Cadícamo.



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