El llanto del moro

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La Alhambra. Extraordinaria expresión de fineza y sensorialidad, la residencia fortificada de los reyes nazaríes maravilla al visitante. En la imagen, el patio de los Leones, que toma el nombre de la fuente ubicada en el centro del espacio con figuras zoomorfas que constituyen una rareza en el mundo islámico. Foto: Efe

 

Agustín Zapata Gollán (*)

Granada sigue siendo una ciudad árabe. Por lo menos, sigue gloriándose de su pasado moruno. Podrá transformarse en la ciudad más importante del mundo desde el punto de vista económico o edilicio, pero sus vecinos seguirán orgullosos de poseer la Alhambra y el Generalife.

Un escritor mexicano, Francisco de Icaza, visitaba en cierta ocasión la Alhambra, y como su mujer pasara junto a un mendigo sin escuchar su plañidero reclamo, compuso en el instante esta estrofa que ha quedado grabada en los muros: “Dale limosna, mujer,/ Que no hay en el mundo nada,/ Como la pena de ser/ ciego en Granada”.

Y verdaderamente, Granada es una gloria para los ojos.

La visita a la Alhambra y al Generalife, sobre todo para quien viene con el tiempo medido, sólo es posible formando en las caravanas que organizan diariamente las empresas de turismo, que en horas de la mañana y de la tarde, en un solo día, permiten ver y rápidamente, aquel mundo extraño, maravilloso y lleno de sugestiones que es la fortaleza y sus alrededores, de lo que fue el último reducto de los moros en España, terminando con una especie de zambra en el Sacro Monte.

La Alhambra, Al-Qal’a al-Hamrá, que significa el castillo rojo, por el color de la arcilla con que fue construido, es una especie de acrópolis levantada en lo alto del cerro de la Asabica, desde donde los emires de Córdoba, sujetaron a sus dominios toda la región.

A pesar del aspecto que presenta, gracias a las sucesivas restauraciones, la Alhambra está construida en un material deleznable pero recubierto de una maravillosa decoración de “atauriques”, verdadera filigrana de motivos vegetales que semeja a finísimos encajes; de la reproducción de lazos en los “alicatados”, y de dorados mozárabes, esa especie de pequeñas estalactitas suspendidas de bóvedas y arcadas en tal profusión y tan apretadamente que dan las apariencias de un panal de abejas. Y todo esto en medio de una obsesionante multiplicidad y repetición de figuras geométricas en las que predominan estrellas de lazo -distribuidas en salones, pasillos, patios y jardines con albercas, estanques, acequias y fuentes de mármol o alabastro-, mientras los surtidores, a través de arrayanes y tilos, arrojan al aire sus juegos de agua. Todo ello, bajo la luz del esplendoroso cielo granadino, que le da mayor realce a estucos y tallas, mosaicos y azulejos finamente esmaltados.

Dentro del ámbito de la Alhambra, en el centro de una sala llamada de los Ajimeces -uno de los ambientes reservados a la Sultana-, se abre un mirador hacia un jardín que conserva un nombre armonioso y sugestivo, I-aim-dar-Aixa, transformado en “Lindaraja” por la fonética castellana y que vale tanto como “Ojos de la Sultana”. Otro jardín famoso, ubicado fuera del ámbito de la Alhambra, aunque unido a ella, es el Generalife o Jardín del Arquitecto, especie de paraíso terrenal, lugar de esparcimiento y descanso del Sultán y al que se llega a lo largo del Paseo de los Cipreses, embalsamado por el suave perfume de rosas, lirios y adelfas.

Todo este ambiente de leyenda y de ensueño, de palacios y jardines de “Las Mil y una noches”, lleva al visitante, aún al menos romántico, a evocar los últimos y dramáticos días de esta ciudad, sede del último rey moro, Boabdil, a quien, con razón se le conoce por Zogoibi, “el infortunado”.

En época de escaramuzas entre moros y cristianos, un viejo romance imagina el diálogo entre un moro cautivo, frente a Granada y el cristiano que lo cautivara, quien, acuciada su curiosidad ante la maravillosa ciudad que eleva, majestuosos, por encima de los muros de la alcazaba, sus elegantes torres y minaretes bañados por la luz del sol, le pregunta: “Qué castillos son aquellos/ Altos son y relucían”. Y el cautivo al indicar, próximos al Generalife, “Huerta que par no tenía,/ El otro torres bermejas/ Castillos de gran valía”. Y la Alhambra y la Mezquita, cubiertas de esa extraordinaria labor -más de orfebres que de alarifes-, advierte que “El moro que las labraba,/ Cien doblas ganaba al día/ Y el día que no labraba,/ Otras tantas se perdía”.

Pero el asedio que mantuvieron los cristianos durante tanto tiempo y la anarquía en que se debatía el reino moro entre bencerrajes y zegríes hacía inútil el sacrificio de prolongar por más tiempo la resistencia. Ya el rey de Granada presentía el final de su reinado, cuando en cierta ocasión reunió a los altos funcionarios y a los nobles de su corte y poniéndoles frente a una gran bandeja de plata colmada de oro en el centro de una gran alfombra cuadrada, prometió ese tesoro al que lograra tomarlo sin pisar el tapiz sobre el cual se apoyaba. Y como nadie atinara a hacerlo, el rey comenzó a arrollar la alfombra poco a poco hasta que, sin poner los pies en ella, logró apoderarse de la bandeja.

—Las ciudades vecinas, les dijo, son la alfombra, y Granada es la bandeja con el oro. El rey de Castilla va apoderándose de todas las ciudades que la rodean, y a la postre caerá también en sus manos.

Algún tiempo después, para evitar, según algunos autores, la irremediable destrucción de la ciudad sitiada, y que se perdiera para siempre aquella maravilla de palacios ricamente alhajados y aquellos jardines donde cantaban mirlos y ruiseñores, Boabdil se rindió. Y todo corrido y humillado, entregó las llaves de la ciudad a Fernando e Isabel; pero al regresar a la Alhambra, que abandonaría luego, le aguardaba Aixa La Horra, su madre, altiva y dura, quien con el gesto torvo y sombrío le increpó con aquella frase que se ha hecho famosa:

—¡Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre!

Y Boabdil “el infortunado”, lloró. Le cubría un yelmo en forma de granada, que lucía sobre la frente en esmalte de color celeste esta inscripción: Gualá Galila il Alalá Alá, “Sólo Dios es el vencedor”.

Van a cumplirse cinco siglos de la rendición de Granada y del amargo llanto del moro que la entregó a los cristianos para evitar su destrucción.

La Alhambra y el Generalife, conservados y aún remozados por sucesivas restauraciones, parecieran aguardar la vuelta de los sultanes, con sus emires armados de alfanjes y cimitarras, tocados de turbantes empenachados y enjoyados de diamantes, zafiros, perlas y esmeraldas. Con cadíes y ulemas, doctos y expertos en las sutilezas y socaliñas de la ley; los inexorables almojarifes, recaudadores de rentas y alcabalas; los muslimes halconeros, posados en el guantelete, gerifaltes y neblíes, sacres y alcotanes de distintas especies, para el noble ejercicio de la cetrería de los grandes señores del diván supremo. También, con los santones, imanes, derviches y almuédanos, devotos recitadores del Corán en el nombre de Alá “clemente y misericordioso”; y cubiertas y recatadas por el velo, las esclavas favoritas, hermosas como las huríes del paraíso musulmán, bajo la mirada vigilante de los eunucos lampiños y de voz atiplada mientras flamean en adarves y barbacanas, flámulas, gallardetes y grímpolas enarboladas en astas rematadas por medialunas de plata.

Mientras a lo lejos, como presidiendo esta apoteosis, se yergue Sierra Nevada con su turbante de nieve. Todo está pronto para este espectacular recibimiento. Los jardines de un verde jugoso, fresco y flamante; y el agua fresca, cantando en los surtidores de las fuentes de alabastro, deslizándose mansamente en las acequias o reflejando el cielo cerúleo en las albercas. Sólo faltaría amueblar las estancias y decorarlas con telas y tapices del Oriente, y traer cojines y almohadones para el ocio de las alcobas y de los baños. Sin embargo, si volviera Boabdil, lloraría de nuevo, y lloraría otra vez amargamente al ver que los turistas se llevan como el mejor recuerdo de su visita a la Alhambra y al Generalife, una fotografía con colores muy a lo vivo, disfrazados de beduinos junto a un camello embalsamado.

(*) Nota inédita del distinguido historiador y arqueólogo, enviada a este diario a mediados de la década del 60.

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Boabdil, último rey nazarí de Granada.