Edición del Jueves 09 de abril de 2015

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Volver a la vida que no se repite

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Irma Verolín. Foto: Archivo El Litoral

Por Raúl Fedele

“De madrugada”, de Irma Verolín. Ediciones del Dock. Buenos Aires, 2015.

Reconocida por sus libros de cuentos y novelas, Irma Verolín sorprende ahora con la aparición de un libro de poesía. En el prólogo la autora cuenta las circunstancias que la llevaron a regresar a un género que había practicado muchos años atrás y que después había abandonado (no sin rituales y con cierta cuota de resignación, aclara) para entregarse a la narrativa. Comenzó a despertarse “antes de tiempo”, en esos momentos que se instala “la hora del lobo” en la película de Bergman (entre nosotros hay quienes las sitúan al atardecer), cuando un escalofrío recorre la tierra y el cielo, y más personas nacen y mueren. Verolín cuenta que se despertaba sólo para escribir “en la neblina, en el claroscuro, en la línea divisoria; escribir en el silencio expectante es casi como escribir en la superficie de la luna, huella diáfana pero voluble”.

Pensó al principio titular Tango a este conjunto de poemas en los que recurre una desolada nostalgia, una “pena incesante y obsesiva”, pero prefirió desde el portal señalar la imposición de ese momento en que se escribieron los versos, en que se dictó esta rara “respiración en el fluir de las palabras”.

Dividido en cinco secciones, De madrugada nos presenta de inmediato a los dos personajes principales (¿sería más atinente hablar de presencias?) que habitan el libro: en primer lugar, desde luego, la narradora, la que escribe “de madrugada” (¿cómo llamarla sin caer en la carga peyorativa que arrastra el “yo poético” lírico?) y, en el lugar deslumbrante, la madre (el cuerpo vivaz, el cuerpo agonizante, el cadáver, el fantasma). La narradora lleva el mismo nombre que la madre evocada y ya en ese mismo nombre quedó establecida una identificación y un reflejo (“Cuando mi madre me llama / se está llamando a ella / y al final nadie sabe quién es quién en esta casa”). Después están: el padre (un hombre “de armas”, que sabe, presenta, explica y señala, un hombre de acción que se verá desarmado cuando el médico le que diga que no se puede hacer nada por su mujer), una hermana, dos hermanos, unos abuelos, unas tías.

Con textos de tensa conmoción que por momentos se desbordan en la prosa, con poemas narrativos en el mejor y más alto sentido, este libro se suma a la mejor corriente de la poesía actual, que en una ecléctica tradición (que podría rastrearse en la poesía oriental, en Pavese y en gran parte de la poesía estadounidense moderna) accede a la iluminación lírica, merced a la instalación de personajes y situaciones concretas. Una instalación concreta que en algún momento es descubierta y a la que el lector tendrá acceso gracias a la visión y revisión, gracias a un “volver a ver, volver a escribir en un mismo acto que devela lo oculto, mientras despliega el recorrido de su propia historia, con el convencimiento absoluto de que la vida no se repite”.



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