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Ben Molar - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

Ben Molar

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Manuel Adet

Su nombre verdadero fue Moisés Molarchik Brenner, pero la historia y la historia de la música popular en particular, lo recordará como Ben Molar, fallecido el pasado 25 de abril casi al filo de los cien años. A decir verdad, primero lo conocí como letrista de boleros y traductor de hits de la música europea y norteamericana, antes de conocer su relación, su estrecha e íntima relación con el tango.

Según sus palabras, su primera amistad fue con el bolero, amistad iniciada a principios de los años cuarenta a partir de su relación con el pianista francés Paúl Misraki, quien llegó a estos pagos en 1942 para ser más preciso. A ese período pertenece el poema “Final”. Después de los boleros llegó la música de la llamada nueva ola. Tangueros de la guardia le perdonaron ese desliz, pero nunca dejaron de pasarle alguna que otra factura por lo que consideraban un pecado casi mortal.

Él se divertía con las críticas y de una manera elegante daba a entender que de algo había que vivir en aquellos años. De algo había que vivir y vivir bien, correspondería agregar, porque Molar en lo suyo llegó a ser una estrella, un formidable descubridor de talentos, un empresario con el oído atento acerca de las preferencias musicales del gran público y en particular la juventud.

Temas de Maurice Chevalier, Los Beatles, Neil Sedaka, Elvis Presley o Paúl Anka, entre otros, fueron conocidos en castellano gracias a sus traducciones. Fue el inventor de las Trillizas de Oro y en algún momento el representante artístico de Mercedes Sosa y Lito Nebbia. Como autor de comedias se destacó en obras como “Paren el mundo... quiero bajar” y “Dos Virginias para un Pablo”.

A lo largo de los años sesenta y setenta su nombre fue sinónimo de éxito, éxito de la farándula se entiende. Interpelado por los críticos, nunca se arrepintió de haberse ganado la vida en ese oficio. Siempre decía que la Nueva Ola nació a principios de los cincuenta con Elder Barber, siguió en una versión más digna con Los Cinco Latinos, y remató con el Club del Clan y Billy Cafaro, ese gran amigo y pariente de dos próceres del tango: Homero y Virgilio Expósito.

Según su punto de vista -algo irónico- es que la Nueva Ola no le iba a pedir permiso a él y a los tangueros para llegar. Para luego agregar a modo de consuelo: “El tiempo a la larga decanta lo que es bueno de lo que no sirve, porque lo único que perdura es la calidad”. Su último hallazgo en materia de música no tanguera fue Miguel Peralta, más conocido luego como Miguel Abuelo y su grupo musical Los Abuelos de la Nada, un giro arrancado de una de las novelas de Leopoldo Marechal.

Sin embargo, y más allá de los guiños de la fama, lo de Ben Molar siempre fue el tango. Es lo que le gustó, a lo que le dedicó sus mejores horas y sus iniciativas más trascendentes. Todos sabemos que el 11 de diciembre es el Día del Tango en homenaje a Carlos Gardel y Julio de Caro. Se sabe menos que la iniciativa fue de Ben Molar. Su militancia persistente en el tango le valió ser incorporado a la Academia Nacional del Tango y la Academia Porteña de Lunfardo, dos sitios de honor a los que no accede cualquiera.

Su parada habitual era la Confitería Real de Corrientes y Talcahuano. En otra entrevista contará cuando compartiendo unas copas con los amigos lo vio a César Tiempo cruzar la calle, entrar al hall del teatro Blanca Podestá y saludar a Carlos Gardel. No terminó allí la sesión que los muchachos contemplaban desde la vereda de enfrente. Después del apretón de manos, Tiempo le presentó a Gardel al poeta Federico García Lorca. ¡Gardel y Lorca! Espectáculos gratuitos que brindaba calle Corrientes cuando todavía era angosta.

De todos modos, su hallazgo estético decisivo y trascendente, la demostración cabal de su exquisita sensibilidad tanguera, la demostró en noviembre de 1966 cuando “crea” el larga duración “14 para el Tango”. Una iniciativa que juntó lo mejor de la literatura nacional, con los mejores músicos tangueros y los mejores artistas plásticos. Por primera vez, y creo que por última, participaron en un emprendimientos artístico Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Lainez, Alberto Girri, Carlos Mastronardi, Leopoldo Marechal, Florencio Escardó, León Benarós, Nicolás Cócaro, Córdoba Iturburu, Conrado Nalé Roxlo, César Tiempo, Ulyses Petit de Murat, Ernesto Sábato y Baldomero Fernández Moreno.

Los músicos eran de lujo: Julio de Caro, Sebastián Piana, Mariano Mores, Juan D’Arienzo, Astor Piazzolla, José Basso, Osvaldo Manzi, Héctor Stamponi, Miguel Caló, Aníbal Troilo, Alfredo de Angelis, Armando Pontier, Lucio Demare y Enrique Delfino. Lo mismo puede decirse de los artistas plásticos: Carlos Alonso, Raquel Forner, Raúl Soldi, Héctor Basaldúa, Carlos Cañás, Santiago Cogorno, Zradvko Duckelic, Vicente Forte, Mario Darío Grandi, Onofrio Piacenza, Julio Martínez Howard, Luis Seoane, Carlos Torrallardona y Leopoldo Fresas

La carátula del disco era una obra de arte. Los poemas de los autores con su firma y su opinión sobre el tango: “Alejandra”, “Bailate un tango Ricardo (por Güiraldes)”, “Como nadie”, “Elegía”, “La mariposa de la muerte”, “Marisol”, “Milonga de Albornoz”, “Oro y gris”, “Setenta balcones y ninguna flor”, “Tango para Juan Soldado”, “En qué esquina te encuentro Buenos Aires”, “Un silbido en el bolsillo”, “Sabor de Buenos Aires” y “Nadie puede”. También estaban los nombres y trayectoria de músicos y cantores y catorce escenas elaboradas por los plásticos.

El propio Ben Molar se ocupó de que esas pinturas se exhibiesen en catorce distinguidos locales comerciales de avenida Santa Fe. Después llegaron los reconocimientos en el resto del país y en el mundo. “14 para el Tango” anduvieron por España, Grecia, Israel, Italia, Japón, Estados Unidos y países de América Latina. Esa hazaña consistente en compatibilizar poesía, pintura y música en clave tanguera también se la debemos a Ben Molar.

El monumento a Carlos Gardel en el barrio del Abasto es otra de sus grandes iniciativas. Ben Molar no podía entender que a un virtuoso como Gardel, un orgullo nacional, se lo recordara solamente con un monumento en la Chacarita. “En cada ciudad, en cada pueblo de la Argentina, debería estar presente”, decía. Grandes discusiones con las autoridades municipales para preservar algunas esquinas históricas: Corrientes y Esmeralda, por ejemplo, honrada con uno de los mejores tango de la historia por su amigo Celedonio Flores. Su otra “batalla” contra la insensible burocracia porteña fue la de colocar cuarenta placas de bronce con los nombres de los grandes artistas del tango en las esquinas de avenida Corrientes.

Ben Molar vivió mucho y bien. Casado con Pola Neuman tuvo tres hijos, pero para lo que a nosotros nos importa, su relación “amorosa” fue con el tango. Seguramente ese “detalle” fue lo que tuvieron en cuenta las autoridades de la ciudad cuando decidieron designarlo, con toda justicia, ciudadano ilustre de Buenos Aires.



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