Un suceso que cambió el curso de la historia: la batalla de Lepanto

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“La batalla de Lepanto”, de Andrea Vicentino.

 

Algunos acontecimientos suelen sobrevolar nuestra mente en una suerte de balumba de historias y leyendas vinculadas con lecturas de los primeros años, emociones y torbellinos que atan y recomponen los fragmentos deshechos. Unos toman formas visionarias y cada vestigio del pasado que evocamos tiene referencia en el presente.

El recuerdo, frente a la sola mención de la batalla de Lepanto, es de la célebre víctima: Miguel de Cervantes Saavedra. Pero el acontecimiento, un escudo de piedra desportillada, tiene otra significación en la historia de la humanidad.

Algunos antecedentes

El Imperio Romano había dominado durante varios siglos toda Europa. En el año 476, más precisamente el 4 de septiembre -fecha que marca el inicio de la Edad Media- cuando cae Roma en poder de los hérulos al mando de Odoacro que hace abdicar al último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, es una referencia. En verdad, el poder estaba desde más de un siglo antes en Constantinopla, lugar de residencia de la autoridad y su entorno.

Esta ciudad, de estratégica ubicación, es escenario de hechos de tanta significación, como la de Roma, y le permitió una continuidad en el ejercicio del dominio, por lo menos hasta la muerte de Justiniano en el 565.

A finales del siglo XIV, asistimos a un asedio constante de la urbe por parte de los otomanos, hasta que se escuchó el estruendo del primer cañonazo, el 7 de abril de 1453, que provoca una fisura en las murallas y en la moral de los habitantes. Todo concluye el 29 de mayo de ese año, día que los astrólogos predecían como nefasto para los católicos, cuando Mehmed II entra por la tarde triunfante en la metrópoli y se proclama como Kayzer-i-Run, que en turco antiguo es emperador.

El fin del cristianismo, antes un anuncio baladrón y temerario, era una realidad factible. Pero, más preocupante era el dominio del Bósforo y por lo tanto el control del comercio entre Europa y Asia. Los historiadores entienden que este hecho fue la causa del descubrimiento de América.

En la ola triunfante, las naos turcas asediaban los puertos del Mediterráneo, en particular los italianos y españoles. Malta fue la primera presa que apenas pudo rechazar la embestida en 1565, pero ya se había concretado un asentamiento en Túnez y en 1570 se apoderan de Chipre y expulsan a los venecianos.

La Liga Santa

Con este panorama infausto, el Papa Pío V, hombre de experiencia por su paso como comisario de la Inquisición romana, toma la iniciativa de formar una alianza, al modo de las Cruzadas, para terminar con el enemigo común. La gran potencia europea era España, pero Felipe II en sus cabildeos demora la definición, que recién será tomada por la caída de Chipre, hecho que marca una voluntad indeclinable del adversario que ya campeaba por territorio propio.

La alianza estará formada por los Estados pontificios, el reino de España, las repúblicas de Venecia y de Génova, el ducado de Saboya y la Orden de Malta. En total, la más grande flota jamás vista, se componía de 204 galeras, 26 fragatas, 6 galeazas y 50.000 infantes, 4.500 jinetes y 9.000 marinos. Cada aliado puso sus hombres: España a Juan Andrea Doria; Venecia a Sebastiano Veniero y el Papado a Marco Antonio Colonna, reservándose el socio mayoritario, Felipe II, la comandancia general. Para ello, unge a Juan de Austria, su medio hermano -hijo de Bárbara Blomber, al que en 1568 había nombrado como “general de la mar”- con la consigna firmada en Aranjuez que debía tener “ante sí la devoción y el temor de Dios, de cuya mano ha de proceder todo bien y buenos y prósperos sucesos de vuestras navegaciones”.

La flota se concentra en Messina, estratégico puerto de Sicilia, para los primeros días de septiembre de 1571, al tiempo que llega la noticia de que los turcos incursionan en el Adriático, como clara provocación a los venecianos, amos de esas aguas que separan dos mundos.

La batalla

Previo controlar los preparativos y ajustar detalles de la estrategia, el 16 de septiembre zarpa la flota con la proa hacia el golfo de Lepanto. La nave insignia, con su estandarte desplegado al viento, era impulsada por 360 remeros dispuestos en 30 hileras y 400 soldados solícitos a librar el combate cuando su ilustre tripulante, don Juan, lo ordene. Cervantes navegaba en La Marquesa al mando de Francisco Molín.

A las 7 de la mañana del 7 de octubre de 1571, la escuadra cristiana tenía a la vista a sus adversarios que habían levado anclas momentos antes del puerto de Patrás al mando de Alí Pachá, que proponía como estrategia envolver las naves de la Liga y atacarlas por el costado y la retaguardia. Siguiendo el ritual, don Juan se ahínca para orar y pedir al Señor la victoria de la fe. Lo mismo hacen los lugartenientes en todas las naves.

Al mediodía, estaban frente a frente, y Juan de Austria ordenó a las temerarias galeazas, que tenían gran poder de fuego por su pesada artillería, abrir una brecha por el centro. Las naves de la escuadra veneciana, favorecidas por el viento, arremetieron a las turcas en la punta de Scorfa y las aniquilaron.

Por el centro, los navíos otomanos rompieron filas y buscaron el bajel insignia para llegar a don Juan, pero la maniobra terminó en un fracaso y fueron diezmados por el fuego cristiano.

En determinado momento, donde reinaba el desorden y el humo impedía la visión, quedan enfrentadas las dos embarcaciones capitanas; el futuro del mundo occidental estaba por definirse; la cruz contra la media luna, la espada contra el alfanje. La caótica situación dejaba a la nave real sólo asistida por la veneciana que recibe el embate de la sultana con su enorme espolón y rápidamente los turcos lanzan sus garfios que conectaron ambos barcos.

Advertido esto, Álvaro de Bazán, encargado de la retaguardia, ordena avanzar con tercios de refresco y se puede interrumpir la asistencia otomana.

Cuando todo era una verdadera barahúnda en el escenario principal, el certero disparo de un arcabucero sella la suerte del mundo; Alí Pachá se derrumbó con una herida mortal en el cráneo. Apenas si pasaron algunos minutos para que la cabeza del comandante otomano sea puesta en una pica y elevada como pendón de triunfo. Esto generó zozobra entre los súbditos que desalentados perdieron la llama emotiva que empuja a la lucha.

Para asegurar el resultado, interviene Andrea Doria y algunas otras galeras de la Orden de Malta. A las 4 de la tarde sólo había algunas escaramuzas.

El curso de la historia

Antes de que se terminen las últimas refriegas, ya había disputas por el botín en la Liga. Unos iban por las naves, otros por los prisioneros para hacerlos esclavos, otros por el comercio.

En algunos meses la alianza se disolvió y Felipe pronto selló un acuerdo con su par otomano que le aseguraba tranquilidad a sus espaldas para administrar la fabulosa riqueza del descubrimiento colombino. El Vaticano había frenado el avance de los turcos otomanos y se garantizaba la influencia de la fe cristiana y su poder terrenal. Los vénetos lo vieron como una victoria pírrica, pero como su interés era comercial, se consolidaban las rutas. El Mediterráneo, todavía centro del mundo, se pacificaba.

Cervantes anotará luego: “La más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.

Por Ricardo Miguel Fessia