Edición del Miércoles 16 de diciembre de 2015

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La Corte Suprema de Justicia y el juez Antonio Bermejo - Opinión Opinión

Crónicas de la historia

La Corte Suprema de Justicia y el juez Antonio Bermejo

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Dr. Antonio Bermejo integró la Corte Suprema de Justicia desde 1903 y fue su presidente a partir de 1905 hasta su muerte.

Foto: Archivo El Litoral

 

Hoy que se discute los nombramientos de los jueces, conviene tener presente que en ocasión del debate abierto se recordó que fue Bartolomé Mitre quien recurrió al mismo procedimiento al que ahora recurre Macri. La Corte Suprema como la conocemos fue creada durante la presidencia de Mitre, es decir, después de Caseros y después de Cepeda y Pavón. En la resolución se incluyen los nombres de los cinco primeros titulares. No está de más recordar aquellos apellidos. Valentín Alsina, Francisco de las Carreras, Salvador María del Carril, Francisco Delgado y José Barros Pazos. Como Procurador General, fue designado Francisco Pico. Alsina no va a aceptar el cargo y en su lugar se incorporará el santiagueño José Benjamín Gorostiaga.

Un dato merece tenerse en cuenta. Los jueces nombrados por Mitre no son mitristas, por lo menos no lo son los principales. El criterio de selección hoy lo llamaríamos pluralista, pero a decir verdad lo que predominó fueron las exigencias de la sabiduría, el conocimiento y la responsabilidad. Todos eran hombres que llegaban a la Justicia sacudidos por los retiembles impiadosos de las guerras civiles y el exilio. Sus ropas estaban polvorientas y en sus cuerpos aún estaban frescas las heridas. Sin embargo, asumieron la responsabilidad de ser los guardianes jurídicos de la Nación, objetivo que cumplieron con creces.

La Corte Suprema de Justicia fue una de las creaciones institucionales más sabias y perdurables de la segunda mitad del siglo diecinueve. Funcionó durante sus primeros años en un viejo y modesto caserón de la calle San Martín. Las crónicas hablan de un edificio con escasas comodidades, de un piso al que se accedía a través de una ruidosa escalera y un salón donde cinco hombres se reunían para ejercer sus responsabilidades. Entonces no había calefacción ni aire acondicionado y, según se cuenta, los inviernos eran impiadosos, motivo por el cual sesionaban protegidos por sus sobretodos y bufandas y al calor de algún mísero brasero.

Eran tiempos de patria. Los recursos eran escasos, pero había una admirable voluntad de grandeza y una empecinada pasión republicana. Había, en definitiva, una clase dirigente consciente de su misión histórica. En esa elite de poder, los jueces de la Corte fueron los más discretos, pero también los más respetados. Fueron ellos los que le dieron prestigio y entidad institucional a la Corte. Fueron ellos los que instalaron con su conducta impecable la certeza de que más allá de las refriegas de la política y los excesos de una expansión económica a veces desordenada, existía un límite, un control y una garantía. “De aquí no se pasa”, era la consigna que cada ciudadano y cada grupo de poder sabía que debía respetar. Los jueces entonces eran algo así como sacerdotes laicos, encargados de velar por la salud espiritual y práctica de las instituciones.

Mitre lo dijo con su habitual claridad a los gobernadores: “Estaremos bajo el abrigo de un poder moderador”. De eso se trataba, de un poder que equilibre, que controle y limite las pasiones de los hombres y que asegure el ejercicio pleno de las libertades. Se trataba de darle entidad a la cabeza de uno de los poderes decisivos del Estado, custodio de las garantías y derechos constitucionales, guardián del proceso político e intérprete final y definitivo de la Constitución Nacional, de la constitucionalidad de las normas y de los actos emanados de los otros poderes.

Fácil decirlo pero no tan fácil hacerlo. Pues bien, lo hicieron y lo hicieron tan bien que esta hazaña institucional pasó desapercibida muchas veces por historiadores y políticos, más afines a los perfiles altos, a los estruendos de la lucha civil. Acá se trataba de hacer todo lo contrario: moderar las pasiones, impartir justicia, proteger derechos, equilibrar donde hubiera desequilibrios, ordenar donde campeara el desorden, instalar la previsibilidad en el campo abierto de lo imprevisible. Y sostener en todas las circunstancias un perfil bajo, ser casi invisible, estar más allá y más acá de las luchas por el poder o el privilegio. ¿Como si fueran sacerdotes? Como si fueran sacerdotes.

Por supuesto que fueron hombres de su tiempo, con sus virtudes y sus defectos. Pero tuvieron la grandeza de predicar con el ejemplo. Quienes estaban llamados por la ley a poner límites empezaron por limitarse ellos mismos. Algunos llegaron a ser casi anónimos. El juez Carrasco fue la excepción, porque cuando la fiebre amarilla se abatió sobre Buenos Aires se sumó a la solidaridad y murió atacado por la peste.

Si hay un juez que expresa con toda intensidad las virtudes de aquellos años, ese juez es el doctor Antonio Bermejo. Nació el 2 de febrero de 1852, en Chivilcoy. En 1903, Julio Roca lo propuso para integrar la Corte y durante la gestión de Quintana, es decir, en 1905, se hizo cargo de la presidencia, cargo que habrá de desempeñar hasta su muerte en octubre de 1929, por lo que es el hombre que durante más tiempo ejerció esa máxima responsabilidad institucional.

Por supuesto que no venía de un repollo. Durante su juventud participó en todas y cada una de las refriegas políticas de su tiempo. En 1880 se opuso a la capitalización de Buenos Aires y combatió al lado de Carlos Tejedor. En algún momento fue senador, ministro e incluso candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Como funcionario se destacó por sus iniciativas educativas. La Escuela Industrial, la Escuela de Comercio para Mujeres, el Museo de Bellas Artes y la facultad de Filosofía y Letras de la UBA pertenecen a su autoría.

La política no era su destino. Como escribe Octavio Amadeo, no era amigo de los apretones de manos indiscriminados, las sonrisas fáciles o las promesas ligeras. Carecía de carisma y era un orador profundo pero sin brillo. Las intrigas y las maniobras políticas lo fastidiaban, porque no las entendía ni las compartía. Con orgullo se jactaba de su condición de discípulo de Amadeo Jacques. Sus aficiones intelectuales eran las matemáticas y la filosofía, pero el derecho era su vocación, no así el ejercicio de la abogacía. Sarmiento dijo de él: “Es la mejor plata labrada del partido mitrista”. Y lo era.

Su destino fue el de juez, el de guardián de la Constitución. En su hermosa semblanza Amadeo dice de él: “Tenía oído para juez, oído y sabiduría, natura y Salamanca”. Agrega luego: “Era un señor cualquiera de regular estatura que iba en tranvía vestido de gris”. Sus virtudes eran simples, cotidianas, las virtudes de un hombre confiable que inspira respeto pero no temor. Su presencia tranquilizaba la conciencia de la Nación. Cuidaba los detalles de la justicia. Un día le dice a su secretario: “Este asunto en que es vencido el gobierno de tal provincia lo firmaremos después de las elecciones para que no se explote con fines políticos”.

Sin armas, sin uniformes, sin custodios, fue el guardián silencioso, comedido y eficaz de las instituciones. Ese culto laico a las instituciones le otorgó a la Argentina sus horas más gloriosas. Bermejo fue juez desde los tiempos de Roca hasta la segunda presidencia de Yrigoyen. Fueron años difíciles, complicados, pero a la hora de valorarlos sospechamos que allí residieron virtudes que hoy hemos perdido o no sabemos reencontrar.

El doctor Alfredo Colmo lo despidió a Bermejo en el cementerio con estas palabras que merecen leerse: “Fue un ejemplo; lo fue como profesional en el dominio del derecho, de sus principios, de su técnica y de su aplicación; lo fue como profesor, cuya enseñanza enaltece el espíritu del alumno; lo fue como ciudadano, mediante su acendrada integridad de carácter y su indiscutida elevación moral; lo fue como representante del país en congresos internacionales en que se discutieron intereses públicos superiores y delicados y donde se destacó por su cultura, su ponderación, su tacto exquisito y su hondo patriotismo; lo fue como legislador, con sus proyectos que son hoy todavía una lección; y lo fue como ministro, planeando regímenes, creando escuelas y facultades, disciplinando la tierra pública y marcando orientaciones que perduran por su solidez y previsión admirables”.

por Rogelio Alaniz

ralanizl@ellitoral.com

La Corte Suprema de Justicia fue una de las creaciones institucionales más sabias y perdurables de la segunda mitad del siglo diecinueve.

Sin armas, sin uniformes, sin custodios, Bermejo fue el guardián silencioso, comedido y eficaz de las instituciones. Ese culto laico a las instituciones le otorgó a la Argentina sus horas más gloriosas.



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