Nuevas tecnologías y educación
Nuevas tecnologías y educación
Cuesta dejar la tiza y el pizarrón
Por Gonzalo Andrés (*)
Los dispositivos conectados a internet forman parte de la vida cotidiana de la mayoría de las personas.
En la actualidad existe consenso social y político sobre la necesidad de que las escuelas enseñen a los jóvenes a aprovechar las potencialidades educativas de las computadoras y celulares. Con sus matices y diferencias, tanto los funcionarios, como los publicistas y los académicos, sostienen la importancia del acceso y disponibilidad de tecnologías digitales.
Desde hace unos años en América Latina se mostró interés en avanzar con la alfabetización digital en las instituciones educativas, con el propósito de atenuar la llamada “brecha digital” y brindar nuevos recursos a docentes y alumnos. Para ello, se implementaron programas basados en el modelo “un alumno-una computadora”, como ser: “Plan Enlaces” en Chile, “Plan Ceibal” en Uruguay, “Una laptop por alumno” en Perú o “Habilidades digitales para todos” en México.
En Argentina se creó en 2010 el Programa “Conectar Igualdad”, que otorgó más de cinco millones de netbooks a docentes y alumnos de escuelas secundarias, de educación especial e institutos de formación docente. Este hecho tuvo un alto impacto a nivel nacional, a la par que se complementó con planes similares de los gobiernos provinciales. Con el correr de los años, se logró que muchos docentes y estudiantes utilicen las computadoras en su vida cotidiana, laboral y educativa.
Sin embargo, la incorporación tecnológica no modificó las prácticas pedagógicas del esquema tradicional de enseñanza. Recientemente, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) publicó los resultados de su Encuesta Nacional sobre integración de tecnologías en la Educación Básica Argentina. Este estudio analizó los procesos de implementación de políticas y de organización pedagógica que se dan en torno al uso de estos dispositivos en el ámbito escolar. Uno de los hallazgos indica que sólo el 47% de los docentes entrevistados trabaja con computadoras en clase, un 33% utiliza internet y un 11% encuentra fines educativos en el teléfono celular. Asimismo, hay un 18% de establecimientos que aún no tienen acceso a este tipo de tecnologías, lo cual genera mayor desigualdad.
La encuesta no sólo da cuenta del uso de netbooks y celulares en las clases sino también de una subutilización de los recursos: las actividades no han variado tanto en términos cualitativos, sino más bien en su frecuencia y variedad. Se incrementaron las actividades vinculadas a herramientas web, aunque en algunos casos se trata de usos iniciales en los que los docentes todavía exploran sus posibilidades.
A pesar de que se han logrado ampliar los tiempos y lugares para enseñar y aprender, trascendiendo el espacio áulico o institucional, el uso personal de computadoras no devino en un uso pedagógico. Por eso, los especialistas indican que, en general, la implementación de este tipo de programas no ha tenido buena aceptación o perdieron continuidad en el tiempo.
Tal vez esta problemática escape a la efectividad de una política o de la buena predisposición de los docentes para incorporar nuevos dispositivos a sus clases. De hecho, siempre fue dificultoso incorporar tecnologías a los establecimientos educativos. Algo similar sucedió con la radio y el televisor.
En efecto, quizás pueda pensarse que el problema es mucho más estructural, debido a que la escuela -tal como la conocemos hoy- es un sistema socio-técnico surgido en la Modernidad y basado principalmente en una tecnología: pizarrón-tiza. Entonces, cuando a esa institución se le introduce una tecnología de otras características, se generan dificultades y rechazos en todo el sistema. Cada vez que un artefacto que no forma parte del paradigma socio-técnico ilustrado moderno es incorporado a la escuela, se ponen en tensión las lógicas pedagógicas vigentes y las relaciones de saber y poder que las sostiene.
Dado que el acceso a los recursos informáticos es un derecho, es fundamental que estas políticas se profundicen. No obstante, no alcanza únicamente con otorgar una computadora a un estudiante. Es importante superar ese enfoque instrumental, y tener en cuenta también los vínculos docente-alumno, los contenidos, la currícula y las dinámicas institucionales. Un enfoque integral de la problemática puede evitar que la incorporación tecnológica quede librada al esfuerzo individual de los docentes. Solamente un rediseño del sistema educativo en su conjunto puede garantizar que las netbooks otorgadas no sean subutilizadas, tal como sucede actualmente.
(*) Lic. en Comunicación Social (Uner). Becario doctoral de Conicet. En Twitter: gonza_andres